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NUESTRO ROL EN LA GRAN TRIBULACIÓN

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Written by Mauricio Ozaeta

La gran tribulación es el período de tiempo más difícil de toda la historia de la humanidad, “cual no la hubo desde el principio del mundo hasta el presente, ni volverá a haberla”, en palabras del mismo Jesús (Mt 24,21). Bíblicamente corresponde a la última semana de la profecía de las setenta semanas de Daniel (Dn 9,24-27), pero principalmente a la segunda mitad de esa semana, desde que el Anticristo hace “cesar el sacrificio y la oblación”; detenida y prohibida la Santa Misa como la conocemos hoy, reemplazada por un rito protestantizado que es “abominación” a los ojos de Dios, una parodia del Santo Sacrificio de su Hijo (Dn 9,27). Se suele llamar tribulación a la semana 70 de Daniel, y gran tribulación a su segunda mitad.

Como una semana de años son siete tiempos bíblicos (Lv 25,8), y un tiempo equivale a un año profético de 360 días (Dn 7,25; Dn 12,7; Ap 11,1-4; Ap 12,6; Ap 12,14), esto significa que la semana 70 de Daniel dura exactamente 2520 días (7×360).

Es exactamente la misma duración que la sentencia dada a Nabucodonosor II rey de Babilonia, a través de Daniel, quien le interpretó el sueño de ese gran árbol que cubría toda la tierra y alimentaba a todos, y que fue cortado quedando un tocón: “Pero dejad en tierra tocón y raíces con ataduras de hierro y bronce, entre la hierba del campo. Sea bañado del rocío del cielo y comparta con las bestias la hierba de la tierra. Deje de ser su corazón de hombre, désele un corazón de bestia y pasen por él SIETE TIEMPOS” (Dn 4,12-13). Siete tiempos vivió humillado este famoso rey caldeo, es decir, 7×360=2520 días, para que pudiera reconocer “que el Altísimo domina sobre el reino de los hombres” (Dn 4,14). Pues no es casualidad que la tribulación venidera dure también exactamente siete tiempos, pues la lección de Nabucodonosor es para todos, y la sentencia es universal: “Es la sentencia dictada por los Vigilantes, la cuestión decidida por los Santos, PARA QUE SEPA TODO SER VIVIENTE que el Altísimo domina sobre el reino de los hombres” (Dn 4,14).

Esta tribulación, o siete tiempos que debemos sufrir para ser purificados como Nabucodonosor, está compuesta por dos mitades de 1260 días cada una. Cada mitad es media semana bíblica o 3.5 tiempos (tres tiempos y medio). Esto se puede ver tanto en el libro de Daniel como en el Apocalipsis, que son las principales profecías sobre el final de los últimos tiempos que fijan plazos claros y específicos. “Proferirá palabras contra el Altísimo y pondrá a prueba a los santos del Altísimo. Tratará de cambiar los tiempos y la ley, y los santos serán entregados en sus manos por un tiempo, dos tiempos y medio tiempo” (Dn 7,25). El Anticristo religioso, llamado en la Biblia el “Falso Profeta” (Ap 16,13; Ap 19,20; Ap 20,10), someterá a los santos por “un tiempo, dos tiempos y medio tiempo”, que no es otra cosa que 3.5 tiempos o media semana de años (Lv 25,8). Esto es la gran tribulación, segunda mitad de la semana 70 de Daniel, que corresponde a los 42 meses en que los gentiles “pisotearán la Ciudad Santa” (Ap 11,2), y a los 1260 días durante los cuales los dos testigos profetizarán (Ap 11,3).

Derecho a conservar la vida y rol pasivo

Conservar la vida y luchar por mantenerla es un derecho que tenemos, explicado en el Catecismo de la Iglesia Católica (sección “Legítima defensa”, #2263 a #2267). Es un derecho civil, pero sobre todo es un derecho que nos otorga Dios. Por eso el catecismo explica que “el que defiende su vida no es culpable de homicidio, incluso cuando se ve obligado a asestar a su agresor un golpe mortal”. Lo mismo aplica para el caso de la guerra, según explica el mismo Catecismo (sección “Evitar la guerra”, #2307 a #2317). El país amenazado tiene derecho a ir a la guerra en respuesta al invasor: “una vez agotados todos los medios de acuerdo pacífico, no se podrá negar a los gobiernos el derecho a la legítima defensa”.

Luchar por conservar la vida incluye sembrar, tener vacas, aprender a conservar alimentos para que duren años almacenados, y todo lo que sea necesario para sobrevivir a la tiranía del Anticristo y su control mundial absoluto. Tenemos derecho a todo eso, y todo es bueno.

Ahora bien, si nos quedamos solamente en la preocupación de conservar la vida, no estamos cumpliendo nuestro deber como cristianos, y tenemos además pocas probabilidades de lograr el propósito de sobrevivir. En Zc 13,8 vemos claramente que dos tercios de la humanidad perecerán, y solo un tercio sobrevivirá. De modo que, de cada tres personas ahora sobre la Tierra, solo una llegará viva hasta el final. Por más que nos escondamos, que nos esforcemos para conservar la vida frente a tanto peligro, y por más previsivos que seamos en cuanto a provisión de agua y alimentos, no podemos asegurar nuestra supervivencia. El que solo se preocupe por salvarse jugará un rol pasivo, viendo transcurrir todo el drama de la tribulación, tomando decisiones basadas en el miedo, y sin si quiera saber si tanto esfuerzo lo llevará a su objetivo.

Jesús nos dijo en el Evangelio: “Quien quiera salvar su vida, la perderá, pero quien pierda su vida por mí, la encontrará” (Mt 16,25). Si solo nos preocupa salvar nuestra vida la perderemos; esto lo dijo Cristo a los hombres de todos los tiempos, pero especialmente a los que vivirán la gran tribulación.

El rol activo, soldado de Cristo

¿Cómo podemos entonces afrontar la dura prueba que viene en Cristo Jesús y según sus enseñanzas? ¿podemos hacer algo para aportar en este drama, en favor del Reino de Dios?

Jesús y María nos invitan a tomar un rol activo enlistándonos en sus filas: el ejército que le hará frente a todos los enemigos de Jesús y de la Santa Iglesia Católica. Comprendiendo que las almas son el botín en la batalla final, las decisiones no se deben tomar basadas en el temor, sino en el amor a Dios y al prójimo. En el amor a Dios defendiéndole, dando la cara por Él ante los hombres, luchando por la Verdad, el Evangelio, la Iglesia Católica, el Papa verdadero. En el amor al prójimo salvando tantas almas como nos sea posible, ayudándoles a comprender el misterio del Reino de Dios en la Tierra y como ser dignos de tal herencia (Mt 5,4; Ga 5,19-20).

Lo primero necesario para ser soldados de Cristo es decidirse a vivir en permanente estado de gracia santificante. El punto de partida es rechazar a Satanás, a sus invitaciones malévolas, a todo pecado, y negarse a sí mismo, tomando la propia cruz en seguimiento de Cristo. “Entonces dijo Jesús a sus discípulos: «Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame»” (Mt 16,24).

Lo siguiente es comprender que no hay nada más valioso para Dios que sus hijos en Cristo. “Porque tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único, para que todo el que crea en Él no perezca, sino que tenga vida eterna. Porque Dios no ha enviado a su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por Él” (Jn 3,16-17). Jesús pagó un precio infinito por cada uno de nosotros: el precio de su Preciosísima Sangre derramada por la humanidad. No hay por tanto mayor obra que podamos hacer, que ayudar a Dios en su maravilloso plan de salvación. El Código de Derecho Canónico, establece que “la salvación de las almas que debe ser siempre la ley suprema en la Iglesia” (c. 1430, c. 1678, c. 1752).

El Apóstol San Pedro, nuestro primer Papa, nos dice que la meta de nuestra fe es la salvación de las almas: “Por lo cual rebosáis de alegría, aunque sea preciso que todavía por algún tiempo seáis afligidos con diversas pruebas, a fin de que la calidad probada de vuestra fe, más preciosa que el oro perecedero que es probado por el fuego, se convierta en motivo de alabanza, de gloria y de honor, en la Revelación de Jesucristo. A quien amáis sin haberle visto; en quien creéis, aunque de momento no le veáis, rebosando de alegría inefable y gloriosa; y alcanzáis la meta de vuestra fe, la salvación de las almas” (1 Pe 1,6-9).

El siguiente aspecto a resaltar para quien se decida por el rol activo, es considerar que durante la dura prueba, Dios sufre con el hombre. La crucifixión en el Calvario es figura de la gran tribulación, en la cual el hombre está pagando por sus pecados, estando Cristo en medio y sufriendo la misma condena, “sin haber falta alguna en Él” (Dn 9,26). La humanidad estará dividida en las dos actitudes que vemos en los condenados a su lado. El buen ladrón, aceptando el suplicio merecido por sus malas obras e implorando la salvación humillándose ante Dios, representa a todos los que se convertirán y clamarán al Cielo. El mal ladrón, renegando y pidiendo a Dios que le libre de la muerte temporal y del sufrimiento en su carne, es figura de todos los que exigirán a Dios que acabe con todas los males y plagas para demostrar su existencia. Pero el punto a destacar es que Cristo también está crucificado con su pueblo sufriente. ¿Quién se pone a pensar que durante la tribulación, el Sacratísimo Corazón de Jesús es el que está soportando más dolor?

Comprender el sufrimiento de Cristo en la prueba final no es un tema menor. Se trata de conocer su dolor y ofrecernos a padecer junto a Él. Si compartimos con Él su agonía, también gozaremos con Él su resurrección y su gloria. El soldado de Jesús debe ofrecerse como alma víctima por su Señor, para aminorar su pesar y su angustia, y para colaborar con Él en su proyecto magno: la salvación de tantas almas como sea posible. Cada uno de los convertidos tiene un grupo de personas a su cargo que debe salvar: nuestro prójimo no convertido, las personas a nuestro alrededor desinteresadas de su salvación y de la herencia de la Tierra Prometida. En cada Santa Misa, el Unigénito de Dios se entrega a nosotros por nuestra salvación, pues el Don de Sí es nuestra vida (Eucaristía); en agradecimiento y respuesta debemos entregarnos a Él como sacrificio vivo, por la salvación de su pueblo, que vive en pecado y sin esforzarse por ser dignos de su Reino (Lc 20,35; 2 Ts 1,5).

El rol pasivo versus el rol activo

En resumen, el rol activo consiste en que, te hayas o no preparado en la parte material, tu corazón esté movido por el amor a Dios y al prójimo, y no por el temor a perder la vida.

Como tu fuerza motora es el amor a Dios, lo que quieres es darle consuelo, salvando almas, y darle gloria, defendiéndole con el celo de Elías (1 R 19,10-14). Ya la comida no es tu preocupación, sino de Dios. Si se acaba la comida, Dios puede hacer muchos milagros: puede hacer llover pan o morir codornices sobre tu casa o tu campo (Ex 16,11-16), que crezca una planta alimenticia en pocas horas (Jon 4,6), o que no se acabe tu harina (1 R 17,16). Dicho en otras palabras: si te haces soldado de Cristo, el alimento lo proporciona el Capitán, como en la guerra. El soldado lucha, la comida se la proporcionan para que pelee contra el enemigo.

En el rol pasivo, tu vida puede terminar cualquier día, por guerra, hambre, meteorito, tsunami, invasión, terremoto, y por muchas cosas más, de manera fortuita. En el rol activo, como soldado de Cristo, tu vida no puede terminar de forma inesperada. Se puede morir en el martirio, y habrá de hecho muchos mártires. Pero solo será mártir aquel soldado que Dios disponga para tal fin. Y su martirio no será fortuito, inesperado, ni por un hecho natural o cósmico. El mártir da la vida testificando a Dios, defendiéndole, y solo cuando Él lo permite.

Se puede tomar el rol pasivo habiéndose o no preparado en la parte material. Lo mismo aplica para el rol activo, pues no depende de haberse preparado físicamente, sino de decidirse a ser soldado de Cristo, a servirle durante la gran tribulación. En el rol pasivo vemos pasar la película y el sufrimiento será la constante. En el rol activo somos protagonistas, como lo fueron Josué, Caleb, Gedeón, Matatías y sus hijos Judas, Jonatán y Simón. En el rol pasivo se trata de aguantar. El rol activo es sobre escribir la historia, con Dios y en Dios.

El libro de los Macabeos es particularmente relevante para comprender este misterio, pues lo sucedido en su tiempo es figura de la gran tribulación. De hecho, el cruel Antíoco Epífanes, esa “raíz perversa” o “renuevo pecador” (1 M 1,10-11), es figura del Anticristo escatológico del final de los últimos tiempos. El pueblo entero sufrió el sometimiento por parte de esta fuerza extranjera, que obligó a los israelitas a suspender todo culto a Yahveh y a violar la alianza de sus padres (1 M 1,45-54). Los invadidos se dividieron en los dos roles que acá explicamos. Los que tomaron la actitud pasiva sufrieron la cruel tiranía y decidieron conservar la vida por encima de todo. Los que tomaron el rol activo se negaron a obedecer las órdenes del rey sirio, que obligaba al pueblo a dar culto a los falsos dioses griegos. Para demostrar que Dios escribe la historia de todos con base a unos pocos, los hermanos Macabeos lograron muchas victorias, recuperaron la Ciudad Santa y el Templo (1 M 4,55-59).

El rol activo se basa en ser fieles a la alianza de Dios con los hombres, como lo dijo Matatías:

“Ahora reina la insolencia y la reprobación, es tiempo de ruina y de violenta Cólera. Ahora, hijos, mostrad vuestro celo por la Ley; dad vuestra vida por la alianza de nuestros padres. Recordad las gestas que en su tiempo nuestros padres realizaron; alcanzaréis inmensa gloria, inmortal nombre” (1 Mc 2,49-51).

El rol activo se trata de tomar la actitud de Judas Macabeo:

“Preparaos, revestíos de valor y estad dispuestos mañana temprano para entrar en batalla con estos gentiles que se han coligado contra nosotros para destruirnos y destruir nuestro Lugar Santo. Porque es mejor morir combatiendo que estarnos mirando las desdichas de nuestra nación y del Lugar Santo. Lo que el Cielo tenga dispuesto, lo cumplirá” (1 Mc 3,59-60).

Esta será la súplica común del hombre durante la gran tribulación: “Dios Santo, libranos de tanto mal”. En cambio, el que tome el rol activo orará a Dios diciendo: “Señor Jesucristo, Hijo del Padre, durante la gran tribulación, ¿para qué me necesitas?, ¿qué puedo hacer por ti?”

El ejército de Cristo, protagonistas de la gran tribulación, está conformado por “las almas que destinó para la batalla”, en palabras de Santa Juana de Arco; Dios desprecia su miedo y su tranquilidad, pues es con ellas y a través de ellas que quiere traer la libertad a su pueblo.

Esta es la clave de este misterio: para heredar el Reino de Cristo en la Tierra, ese que pedimos a diario en el Padrenuestro, no es necesario haber sobrevivido a la gran tribulación. Hace falta vivir en santidad, permanecer en la Palabra, y estar dispuesto a todo por Cristo y por el Evangelio: el Evangelio inalterado. Incluso debemos estar dispuesto a dar la vida. Si morimos mártires resucitaremos el día de la Parusía (Ez 37,4-14; Ap 11,15; Ap 20,4). Si permanecemos vivos nuestro cuerpo será transformado (1 Co 15,51-53 y 1 Ts 4,15-17) y alcanzaremos el Reino sin haber pasado por la muerte. En definitiva: para heredar el Reino, solo hace falta ser “declarado digno” de él (Lc 20,35; 2 Ts 1,5; Ga 5,19-20).

Será declarado digno del Reino quien haga vida y ponga en obra las palabras de Matatías:

“Matatías contestó con fuerte voz: «Aunque todas las naciones que forman el imperio del rey le obedezcan hasta abandonar cada uno el culto de sus padres y acaten sus órdenes, yo, mis hijos y mis hermanos nos mantendremos en la alianza de nuestros padres. El Cielo nos guarde de abandonar la Ley y los preceptos»” (1 Mc 2,19-21).

Hoy en día se ha perdido la fe, cunda la apostasía. Por eso todos claman (incluso sacerdotes y obispos) diciendo: “Dios nos guarde de morir y nos libre de la pandemia”. Aprendamos de los santos, que nos enseñan a pedir al Cielo el coraje y la fuerza para no abandonar la ley y los preceptos. Pidamos a Dios el valor de permanecer firmes a la Alianza Nueva y Eterna, mucho mayor que la de Moisés por la cual los Macabeos dieron la vida, pues la Alianza en Cristo está sellada con su Preciosísima Sangre, el precio de nuestra redención. Así heredaremos el Reino de Dios en la Tierra, hayamos o no sobrevivido a la gran tribulación.

Mauricio Ozaeta

About the author

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Mauricio Ozaeta

Nacido en Caracas en 1970, de padre español y madre colombiana. Ingeniero de Sistemas, con maestría en Telecomunicaciones. Trabajó siempre en el sector de tecnología. En 2016 dejó de trabajar para el mundo por inspiración divina, y llevado por la mano de María Santísima se entregó por completo al servicio de Dios, con tres principales misiones dadas por el cielo: alertar la proximidad de la Parusía, anunciar el Reino de Dios en la Tierra, y difundir la devoción a la Preciosísima Sangre de Nuestro Señor Jesucristo (nacida en Nigeria). Es autor del libro “Quinto Reino – Un Mensaje de Esperanza Renovada”, y su página web es www.yalleganuestraliberacion.com (mismo nombre de su canal YouTube: YA LLEGA NUESTRA LIBERACIÓN).
mauricio.ozaeta@comovaradealmendro.es
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