EL PECADO DE JUDAS — Como Vara de Almendro
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EL PECADO DE JUDAS

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Juan Suárez Falcó

 

Hoy Jueves Santo comienzan los días señalados de la Semana Santa. Esta noche rememoramos la Cena Pascual de Cristo con sus apóstoles, la institución del sacerdocio y de la Eucaristía y el comienzo de las horas de su Pasión.

Pero todo comenzó con la traición de Judas. Una noche como ésta hace casi dos mil años uno de los apóstoles de Cristo consumó su prevaricación contra el Hijo de Dios y le entregó a la Sinagoga, quien acabó asesinándole, por mano de los romanos.

El misterio de Judas Iscariote es el misterio de la apostasía, del rechazo completo y consciente del Amor de los Amores. El enorme pecado de alguien que, habiendo conocido íntimamente a Cristo decide expulsarle de su corazón y abocarle a una previsible vorágine de torturas y a una muerte infame y dolorosa como ninguna. La traición de Judas desencadena todo el horror del Infierno sobre la víctima más inocente, sobre el Cordero inmaculado de Dios… Un escalofrío recorre nuestra espalda solo de pensarlo, hasta el punto de que Cristo mismo, sabiendo lo que le esperaba, sudó sangre y se contristó hasta casi morir de pena en el huerto de los olivos.

Cristo sabía a quién elegía

Como Dios que era, Cristo sabía perfectamente a quién elegía cuando designó a Judas Iscariote como uno de los doce. Ana Catalina Emmerick nos cuenta que Cristo, conocedor como era del destino final del Iscariote (no por predestinación sino por conocimiento de todas las cosas pasadas, presentes y futuras) miró a Judas “con indecible tristeza” cuando le fue presentado por Bartolomé y Simón el Zelote. La beata alemana vio la escena completa, de la que traemos aquí este trozo:

“En este camino Judas alcanzó a los demás discípulos. Cuando Jesús se juntó de nuevo a ellos, Bartolomé y Simón Zelotes lo presentaron a Jesús con estas palabras: “Maestro: aquí está Judas, de quien Te hemos hablado”. Jesús lo miró muy amigablemente, pero con indecible tristeza. Judas, inclinándose, dijo: “Maestro, Te pido que me dejes tomar parte en tu enseñanza”. Jesús respondió mansa y proféticamente: “Esto lo puedes tener si no se lo quisieras dejar a otro”. Así, más o menos, dijo Él. Yo entendí que, en ese momento, profetizaba sobre Matías, que había de tomar su parte entre los doce (tras el suicidio de Judas), y también a la entrega que Judas haría de Jesús. La expresión no era clara, pero yo entendí que eso quería decir”.

Cristo es plenamente consciente de su misión redentora y de que tenía que ser entregado a los ancianos y sacerdotes como víctima propiciatoria, en pago por nuestro pecado. Recordemos que al mismo Pedro le ordenó, cuando éste quiso evitar que fuera Jerusalén a buscar su muerte “Apártate de mí, Satanás” (Mt. 16,23):

“He aquí, subimos a Jerusalén, y el Hijo del Hombre será entregado a los principales sacerdotes y a los escribas, y le condenarán a muerte y le entregarán a los gentiles. Y se burlarán de Él y le escupirán, le azotarán y le matarán, y tres días después resucitará.” (Mc. 10,33-34).

Cristo sabe perfectamente que Judas era un diablo y a pesar de eso le escoge, para que se cumplieran así las Escrituras:

“Jesús les dijo: “¿No fui Yo acaso quien os elegí a vosotros los doce? ¡Y uno de vosotros es diablo” (Jn. 6,70).

Posiblemente Judas fue el único apóstol de origen judío, no galileo. Su nombre deriva de “Judá” y de Judea, la región al Sur de Israel, al Sur de Galilea. Y fue el traidor, no ninguno de los galileos. Quizás con ello, Dios quería hacer ver cómo la corrupción de lo mejor es lo peor (Salustio), cómo la tribu elegida para ser la depositaria de la promesa mesiánica, la más noble, la que habitaba en los anillos interiores de la fortaleza de Jerusalén,  se corrompería en gran parte (la otra parte fue llevada a España por Nabucodonosor siglos antes, como nos dice Abdías 20) y mataría al mismo Hijo de David, a Cristo, también Él judío (la salvación viene de los judíos, Jn. 4, 22).

El pecado de materialismo: el amor al dinero, el impostado y falso amor a los pobres, la apariencia de piedad… la hipocresía

El Nuevo Testamento nos presenta a Judas Iscariote como ladrón, alguien en quien Cristo había depositado la confianza de guardar las limosnas que iba recibiendo de sus discípulos y devotos, confianza que traicionaba (la traición es un pecado transversal, pues quien no es fiel en lo poco tampoco lo es en lo mucho, y viceversa) sustrayendo de ella dinero para sí mismo:

“¿Por qué no se vendió este ungüento en trescientos denarios, y se dio para los pobres?” No dijo esto porque se cuidase de los pobres, sino porque era ladrón; y como él tenía la bolsa, sustraía lo que se echaba en ella. Mas Jesús dijo: “Déjala, que para el día de mi sepultura lo guardaba. Porque a los pobres los tenéis siempre con vosotros, mas a Mí no siempre me tenéis”.” (Jn. 12, 5-8).

Cristo impugna aquí el materialismo religioso, tan en boga en nuestros días por puro contagio del marxismo, el querer hacer de la religión una mera ideología profana basada en lo material, en la búsqueda de dinero y de las riquezas bajo una supuesta predilección por los pobres. Cristo mismo rechazó esta interpretación de su Evangelio. El mismo Demonio tentó a Cristo para que convirtiera una piedra en pan, a lo que Cristo contestó que no solo de pan vive el hombre sino de toda palabra que sale de la boca del Señor. Todo un mentís, por ejemplo, de la Teología de la Liberación o de la Teología del Pueblo. Porque Cristo venía a salvar almas, a curar enfermos y a expulsar demonios. Él es el salud-dador, Jeoshua, el Salvador, no un político dedicado a sacar de  la pobreza a los pobres o a aumentar los ingresos de las clases medias o de los pueblos en general. Su reinado es espiritual, no carnal, no mundano. Y la construcción del Reino de Dios en este mundo implica la lucha contra el pecado, la conversión personal y la predicación de esa buena nueva, para liberar al hombre del mundo, la carne y el pecado, en suma, del Demonio. Evidentemente, la doctrina social de la Iglesia anima a conseguir unas condiciones adecuadas de vida para todos, pero como consecuencia necesaria de la infinita dignidad del hombre, creado a imagen y semejanza de Dios, no como un fin en sí mismo, y siempre en orden a la salus animarum.

La falsa Iglesia del fin de los tiempos y su falso pontífice tendrán esa apariencia de piedad: tendrá cuernos como el cordero, aparentando mansedumbre y santidad) pero hablará como el Dragón, es decir, con claras simpatías por el comunismo, esa ideología intrínsecamente perversa (Divini Redemptoris, 1937) salida de las profundidades de Satanás. El falso profeta, como buen fariseo, como el mismo Judas,  querrá aparecer en las televisiones de manera muy afectada haciendo actos de caridad… pero todo será impostado y falso, pues nada le han de importar los pobres sino cultivar su apariencia de piedad para ser alabados, pero no siendo caritativos en realidad, sino que, como Epulón, en su vida cotidiana, cuando nadie les vea, dejarán morir de hambre a Lázaro en el portal de su casa. La religión, usada como ascensor social entonces y ahora, como demagogia ante el pueblo, que les suele tener por muy misericordiosos porque desconocen la doblez de su corazón (al contrario, un buen judío es aquél en quien no hay doblez, como Natanael (Jn. 1, 47). Una falsa Iglesia que se dedicará a aquello que el mundo tolera de ella, la solidaridad humana, pero que evitará aquello que le molesta al mundo: la predicación sobre la necesidad de conversión, el pecado, las postrimerías y los novísimos.

Nótese cómo Judas se arregla con la Sinagoga por 30 monedas de plata, que es el precio de un esclavo herido o muerto, según nos cuentan el Éxodo 21, 32 y el injusto precio que pagaron a Zacarías por su trabajo:

“Y les dije: “Si os parece justo, pagad mi salario; y si no, dejadlo.” Y ellos pesaron mi salario; treinta (monedas) de plata. Entonces Yahvé me dijo: “¡Tira al alfarero ese lindo precio en que me estimaron!” Tomé las treinta (monedas) de plata, y las tiré al alfarero en la Casa de Yahvé. (Zc. 11,12-13).

Vemos aquí cómo cumplió Judas Iscariote la profecía de Zacarías (y, probablemente, la de Jeremías 18, 2 s. y 32, 6 ss.), viniendo a cobrar bien poco por la vida del Hijo de Dios. Un desprecio más. Pero en ello iba otra profecía implícita: que Cristo es el Mesías, el Siervo de Yahvé, herido por las maldades de su pueblo (Isaías, 53).

Es digno de mencionarse que el Sanedrín pagó a Judas con dinero del tesoro del Templo (solo aceptaba siclos de plata en él), con lo que se hace doblemente culpable de un pecado religioso, en un signo que viene a ser el culmen de la desviación espiritual y religiosa de la Iglesia en tiempos de Cristo. Porque pensaban que era necesario que Uno muriera para salvar al pueblo, para salvarles a ellos (Jn., 11, 50). Igualmente, la parte de la Iglesia católica que defeccione en el fin de los tiempos creerá que al matar a los auténticos católicos, al resto fiel, estarán honrando a Dios (Jn. 16, 2) y salvando la Iglesia.

El pecado de envidia. El rechazo del Mesías espiritual: el pecado contra el Espíritu Santo

Mi queridísimo padre Leonardo Castellani describe en “Los papeles de Benjamín Benavides” cómo el pecado de apostasía es mucho más grave que el de idolatría pues, al fin y al cabo, el idólatra nunca conoció a Cristo y el apóstata sí. Éste es como una cerda lavada que vuelve a ensuciarse de lodo después de estar limpia, como un perro que vuelve a su vómito después de haber comido de manera suculenta. Supone el rechazo consciente de Cristo por parte de alguien que es católico, que le rechaza voluntariamente para asociarse a Satanás, el Demonio, el padre de la mentira.

Pues bien, en ese pecado cayó la Sinagoga y todos los fariseos que odiaban a Cristo. Los fariseos fueron los autores intelectuales de la muerte del Salvador. Judas fue el colaborador necesario. Los romanos fueron los autores materiales. Y todos nosotros, los hombres de entonces y de ahora (también yo, ay) los autores sociales pues fueron nuestros pecados los que le asesinaron.

Judas esperaba un Mesías terrenal, que liberase a los israelitas y judíos del yugo romano. Un Rey de Israel que liderase a las tropas para derrotar al Imperio (a los gentiles) y así dominar el mundo, al que creen tener derecho por elección de Dios. Se trata de una corrupción terrible de la promesa mesiánica, ya que todos los profetas hablan de un Mesías doliente, el varón de Dolores (Isaías, proverbialmente), de un hombre que sería molido por nuestros pecados, por nuestras faltas:

“Mas Él fue herido por nuestras rebeliones, molido por nuestros pecados; el castigo de nuestra paz fue sobre él, y por su llaga fuimos nosotros curados” (Isaías 53, 5).

Lo mismo cabe decir cuando leemos los Salmos, a Ezequiel, a Jeremías…., todo el Antiguo Testamento. Recordemos la serpiente levantada por Moisés en el desierto, que evitaba la muerte de quien la mirase. Todo el correcto entendimiento de la promesa mesiánica tenía en el Mesías al Hijo de Dios hecho hombre, pero para liberar al pueblo elegido de sus pecados, del Demonio, de sus esclavitudes y luego, por extensión a todo género humano, herido por el pecado.

Ana Catalina Emmerick nos cuenta cómo Judas esperaba ese tipo de Mesías mundano:

“(Judas) siempre había esperado de Jesús que estableciera un reino temporal en el que él creía que iba a tener un empleo brillante y lucrativo. Pero, al ir viéndose defraudado en sus expectativas, se dedicó a atesorar dinero. Veía que las penalidades y las persecuciones de los seguidores de Jesús iban en aumento y él quería ponerse a bien con los poderosos enemigos de Nuestro Señor antes de que llegase el peligro. Judas veía que Jesús no llegaría a ser rey, y que, por otra parte, la auténtica dignidad y poder era detentado por el Sumo Sacerdote, y por todos aquellos que estaban a su servicio. Todo esto lo impresionó vivamente”.

Desgraciadamente, éste era el sentir general de todos los apóstoles, que incluso antes de la Ascensión esperaban que Cristo derrotase a los romanos con sus ejércitos y se proclamara rey, restaurando el Reino de Israel. Los mismos Juan y Santiago el Mayor esperaban poder ser ministros de Cristo en su Reino, como lo pidió su propia madre.

Todos los apóstoles pecaron de fariseísmo, instruidos como estaban por los sanedritas del Templo y por los saduceos. Sin embargo, la convivencia con Cristo, la visión de sus milagros, la escucha de su Evangelio…, fue suavizando esa aspiración terrenal de los apóstoles, mientras que en Judas solo sirvió para aumentar su envidia y frustración. La envidia por las gracias ajenas es uno de los pecados contra el Espíritu Santo, como dice el Catecismo de San Pío X. Y también rechazar la Verdad revelada y recibida. A pesar de conocer a Cristo y de estar presente en la confesión de su mesianidad y divinidad en multitud de ocasiones, Judas endurece su corazón y rechaza ese Reino espiritual. Esto es propio, a golpe de vista,  de alguien codicioso por lo material, como dijimos antes pero la causa profunda es la vieja herejía del naturalismo, de pretender un Reino en este mundo, de amar el mundo y sus concupiscencias, de desechar la vida espiritual para acogerse a ésta. Esta misma perversión espiritual es la que surgió en la herejía de algunos cristianos judíos mal convertidos (Kerintos) que seguían cojeando de judaísmo: la del milenarismo craso o carnal o kiliasmo, según el cual Cristo volvería en su Parusía para restaurar el Reino de Israel, quien gobernaría sobre el resto del mundo entre banquetes y orgías. No así del milenarismo espiritual, doctrina de la Iglesia, de San Juan XX y de los padres de la Iglesia por unanimidad durante los primeros cuatro siglos.

Es por ello por lo que Judas y la Sinagoga entran en entente cordial, pues ambas esperaban y deseaban un Mesías que premiara en esta vida su “religiosidad”, siendo ambos hijos del mismo espíritu: por amar lo mundano, acaban odiando a los santos (los apóstoles, a Lázaro, a Esteban, a todos los cristianos, en suma, y a Cristo sobre todas las cosas, por echarles en cara su falsedad y por ser Él santo santísimo). El Nuevo Testamento nos cuenta incluso que los sanedritas asesinaron a Cristo por envidia (Mc. 15, 10).

La apostasía de la Sinagoga y de Judas Iscariote es un pecado religioso, el peor de todos: la perversión de la auténtica religión, su vaciamiento de verdad, dejando su cáscara, su mezcla con la política y la demagogia social. En suma, la unión de la religión con el mundo, con lo mundano, con el siglo y sus ofrecimientos. La relajación de los mandamientos de Dios, por causas humanas.

Como apostató Judas Iscariote y apostató la Sinagoga de tiempos de Jesús, también la Iglesia del fin de los tiempos apostatará (para apostatar es necesario ser católico), como nos indica San Pablo en 2 Tes. 2,3-5, justo antes de que el Anticristo someta al mundo. Y lo hará para unirse el mundo, a quien “comprenderá” hasta amarlo. Porque el amor a Dios implica odio al mundo, como el santo es odiado por el mundo, y supone aceptar la justa retribución en la vida de cada hombre: el castigo de los malos y el premio a los buenos. Y la religión del hombre, la que traerá al Anticristo y la que predicará la falsa Iglesia apóstata, pretenderá que nadie está condenado, que todos se salvan porque todos son buenos y no hablará siquiera de salvación-condenación sino que solo valorará y tendrá por única finalidad la mejora de las condiciones de vida de los hombres en este mundo. Una Iglesia dedicada a la filantropía y a una aparente caridad, pero que  dejará a los hombres en su pecado, sin llamarles a la conversión. Una Iglesia que buscará una unión de los hombres de todo el mundo sin Cristo. La religión del hombre, una religión universal sin dogmas y sin Cristo, porque quien rechaza la divinidad de Cristo es el Anticristo (1 Jn., 2, 22).

El rechazo de Cristo es propio de Satanás

El Demonio inspiró la traición en el corazón de Judas, quien, desde hacía tiempo buscaba cómo entregar al Señor, como nos indica Jn. 13, 2, desde después de la cena en casa de Simón el leproso. Y no solo eso, sino que Judas fue poseído por el Demonio mismo cuando, en la misma cena pascual Cristo le dio un bocado de su propia mano (Jn. 13, 27). Es el mismo rechazo satánico de Caín matando a Abel, de los israelitas que desecharon a Yahvé para construirse un becerro de oro, el de la apostasía de los israelitas y judíos con los Baales, Astarté y Moloch… Preferir lo mundano, lo falso, a lo auténtico, a la Verdad.

El rechazo de la auténtica misericordia. La falsa misericordia y el beso de Judas

Judas se condena no por su enorme pecado cometido, sino por no haberse arrepentido de él. Mateo 27, 3 nos describe cómo Judas, tras entregar a Cristo, sufre “remordimientos”, devuelve el dinero, pero no se arrepiente. El remordimiento lleva a la desesperación y al suicidio. Al contrario, el arrepentimiento lleva al dolor del pecado, a la humildad, a confesar la culpa y la liberación espiritual respecto del pecado. El modelo de esto último es Pedro, quien tras negar a Cristo se arrepiente verdaderamente y es perdonado por Él tras su Resurrección. El contraste entre Judas y Pedro no puede ser más claro, de modo que Pedro es icono de ello para nosotros, como Judas lo es para los réprobos. Judas se ahorcó y tras caerse de cabeza, se rompió por la mitad y sus vísceras quedaron esparcidas por ese campo, campo de Sangre o Hacéldama (Hechos 1, 18-20).

¿Y qué decir del beso de Judas, enlazando con esto (Mc.14, 43-45)?. El Talmud prescribía que a los Rabinos se les diera un beso en la mano. Judas, por considerarse amigo de Cristo va más allá y, para jactarse de su familiaridad con Jesús, decide darles a los esbirros de la Sinagoga la señal de que detuvieran a aquél a quien él le diera un beso en la mejilla.

Es la quintaesencia de la traición: entregar a alguien con un signo de amor y de cariño, propio de personas que se tratan con intimidad y se quieren. ¿No estamos también ahora viendo cómo se entrega a Cristo con un supuesto gesto de amor, con una falsa misericordia que deja al pecador en adulterio en su pecado mortal sin llamarle a la conversión? ¿No es verdad que se está entregando el Cuerpo de Cristo, la Eucaristía,  con la excusa del amor de Dios, de una supuesta piedad? A los ojos del mundo, quien besa a otro aparentemente le ama. Pero quien come el Cuerpo de Cristo indignamente se traga su propia condenación. Cristo y Judas sabían que ese beso no era de amor, sino de traición de la amistad entre ambos. Judas entrega a Cristo a la Sinagoga, como el falso profeta, el Judas del fin de los tiempos, al falso papa, entregará el Cuerpo de Cristo a la Sinagoga de Satanás, es decir, a la masonería.

El juicio de Dios y de la Iglesia sobre Judas

Los católicos sabemos que no debemos juzgar. Solo Dios puede hacerlo. Por eso podemos hablar con seguridad sobre el destino de Judas, ya que fue el mismo Cristo quien sentenció a Judas, conociendo que le iba a traicionar. Porque Judas rechazó la gracia de Dios de manera plena. El  Iscariote, así llamado por Keriot, ciudad del sur de Judea, con su traición dolosa ya planeada desde antes de la última cena, dio inicio a comienzo a los padecimientos y a la muerte de Cristo, Dios y hombre verdadero. Su concurso fue condición necesaria para el Deicidio.

Cristo mismo entonó un lúgubre Vae victis cuando se refirió a él, advirtiendo de su terrible juicio:

“El Hijo del Hombre se va, según está escrito de Él; pero ¡ay de aquel hombre por quien el Hijo del Hombre es entregado! Mejor le fuera a ese hombre no haber nacido. Y respondiendo Judas, el que le iba a entregar, dijo: ¿Acaso soy yo, Rabí? Y Él le dijo: Tú lo has dicho.”(Mt 26, 24-25).

No por casualidad Dante coloca a Judas Iscariote en la cuarta zona del último círculo del Infierno, el noveno, llamada Judeca en su honor. Allí están los traidores del bien y de los bienhechores, junto a Satanás, el primer traidor. Es un hecho espantoso que uno de los doce, un privilegiado que había presenciado lo que los patriarcas, los profetas y santos habían suspirado por ver desde la creación de Adán le vendiera por treinta monedas de plata a la Sinagoga.

Mucho se ha escrito sobre Judas Iscariote. La tradición de la Iglesia es unánime al condenar su enorme delito, sin excepciones. Por el  contrario, como el mundo ama lo suyo desde el s. XIX hasta hoy ha surgido una bibliografía revisionista de matriz protestante, judaica y marxista que, como enemiga acerba de Cristo, alaba y exculpa a Judas por su traición, haciéndole víctima de su ignorancia, de sus circunstancias e incluso cómplice del mismo Jesús, quien, según sus calenturientas mentes, le habría supuestamente pedido que le entregase para poder así cumplir su misión. Puras blasfemias. Porque quien defiende a Judas y le justifica la causa del Demonio defiende y justifica: a fin de cuentas quien comprende a Judas comprende al mundo y sus razones, lo exculpar y bendice en lugar de exorcizarlo.

En este breve artículo he querido meditar las causas de la traición de Judas, que son exactamente las mismas que llevaron a la Sinagoga a pedir su crucifixión: el fariseísmo. Y contemplar cómo aquélla traición de Judas, el pecado contra el Espíritu Santo, a fin de cuentas la apostasía, es el mismo pecado que cometerá aquella enorme parte de la Iglesia católica que ya está defeccionando en este fin de los últimos tiempos, cayendo, como ahora, en la gran apostasía final hasta entregar a Cristo, quien ejecutará y perseguirá al resto fiel por medio de los paganos. La imagen de la Gran prostituta de Apocalipsis 17, de la que San Juan se asombraba sobremanera, que se embriaga con la sangre de los mártires, es terrible y fiel. Porque por donde pasó Cristo ha de pasar su Iglesia (el resto fiel) y si la Sinagoga apóstata fue la causa de la muerte de Cristo la Iglesia católica que apostate lo será del resto fiel.

Santa Catalina de Siena, Doctora de la Iglesia, nos dice:

“Éste es el pecado que nunca se perdona, ni ahora ni nunca: el rechazo, el desprecio de mi misericordia. Pues me ofende más que todos los demás pecados que han cometido. Por eso la desesperación de Judas me desagradó más y era un mayor insulto a mi Hijo que su traición. De ahí que los que obran así son reprobados por este falso juicio de considerar su pecado mayor que mi misericordia”.

Y el venerable Miguel de Mañara, en su formidable “Discurso de la Verdad” explica:

“Quien vio lo que Judas hizo después que vendió á Jesucristo, ¿no dijera que era un verdadero penitente? Porque él confesó su pecado á voces, restituyó la honra en público á quien se la había quitado, volvió á su dueño el dinero mal ganado. ¿Quién, viendo estas demostraciones, no dijera había enteramente satisfecho su pecado? Y con todas estas circunstancias se condenó, porque el corazón estaba de diferente color que las obras exteriores. ¿Qué importa que la boca diga ¡pequé! si el corazón no dice nada? Que desprecie las riquezas con la lengua cuando las guarda el corazón, ¿qué importa?”

Conclusión

Gran parte de la Iglesia, su mayor parte, defeccionará como la Sinagoga en tiempos de Cristo, y tendrá un Judas Iscariote, que le traicionará,  un apóstol de Cristo, un cardenal de la Iglesia, que ejercerá como falso papa.

Oremos para que nosotros no le traicionemos nunca, pidiéndole al E.S. la gracia de la perseverancia y a María Santísima la contrición de nuestros pecados.

Bendito sea el Señor.

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Juan Suárez Falcó

"Un cántico nuevo (Apoc. 14, 3)"
juan.suarez@comovaradealmendro.es

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  • Yo he visto en mi vida, además por haber pertenecido a un sindicato, ese falso amor a los pobres que tienen muchas personas tanto clérigos como políticos de izquierdas o grupos de ONGs, una envidia quizás resentimiento más bien por las personas que por nacimiento tienen bienes o por su propio esfuerzo lo han conseguido y ellos no hubieran nunca sido capaces de obtener porque todos no tenemos esas capacidades. Hay muchas falsas revoluciones en el mundo que en realidad lo que se pretende de verdad es invertir la riqueza, es decir no repartirla sino más bien apropiársela. No sé si estoy equivocada.

  • En estos Ultimos Tiempos tenemos a otro Judas a otro traidor a la causa Divina. Este nuevo traidor, es quien gobierna a la Iglesia y la crucifica con sus herejías y estrategias para engañar a todos los que se quieren condenar por haber rechazado a Cristo que los habría salvado (2ª Tes 2). Y rechazar a Cristo no es sólamente decir No creo en Dios, declarándose ateo. También es vivir plácidamente un cristianismo a la carta bergogliana, donde la Virtud se ha convertido en pecado y el pecado en virtud, como nos refiere el profeta Isaías. Estos falsos cristianos por ser modernistas, no acataron las leyes divinas tal como nos fueron transmitidas por Dios. Son mas culpables que los que se declararon ateos, porque tienen conocimiento de Dios y lo ocultan bajo la alfombra, son como las vírgenes necias, que dejaron para el último momento la compra del aceite para sus lámparas. Y es que de Dios nadie se mofa. Algunos piensan que siguiendo las enseñanzas de Francisco están obedeciendo a Dios, porque Francisco es su vicario en la tierra. Pero censuran la doctrina de la Iglesia al no querer entender que “DEBEMOS OBEDECER A DIOS ANTES QUE A LOS HOMBRES” (Hechos 5,29). Y a los consagrados que se están tragando el sapo herético bergogliano les recuerdo la cita de S. Mateo 15,14: “Dejadlos, son ciegos, y si un ciego guia a otro ciego los dos caerán en el hoyo”. Por ello vuestras predicaciones, al ser imitaciones de las homilías de vuestro falso profeta, no pueden despertar las conciencias, porque habéis tergiversado la Palabra de Dios. Sabéis de sobra que está escrito: se salvarán los que cumplan mis Mandamientos. Por lo tanto si seguís la doctrina de Bergoglio, no estáis cumpliendo los Mandamientos.
    NON NOBIS.

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