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LA LITURGIA DEL MIEDO SE IMPONE EN NUESTRAS IGLESIAS 

Juan Suárez Falcó 

Los católicos fieles estamos asistiendo estupefactos y llenos de tristeza, desde marzo del año pasado, al espectáculo lamentable de una Iglesia que se ha plegado obedientemente a las consignas de los poderes civiles, que juegan al cesaropapismo sin el menor recato, para la perdición de la fe, en ataque a la liturgia, a los sacramentales, a los sacramentos y especialmente, a la Eucaristía. Ellos saben que quitando la fe en Cristo sacramentado preparan adecuadamente el terreno para, dentro de poco, poder dar el golpe definitivo y abolir la hostia y el sacrificio perpetuo (Daniel, 12).

El cabecilla de este sometimiento sumiso a los designios del Nuevo Orden Mundial es Jorge Mario Bergoglio, quien no dudó en cerrar las Iglesias en Italia antes de que al Gobierno italiano se le pasara siquiera por la cabeza, lanzando a los cuatro vientos el poderosísimo mensaje de que Dios no tenía nada que hace en tiempos de epidemia. El mismo Bergoglio que criticó a los sacerdotes valientes que celebraron misas clandestinas (por no dejar abandonados a los fieles) tachándoles de adolescentes inconscientes, y que finalmente implantó una paraliturgia sacrílega en demérito de la dignidad de Cristo, para profanar la Casa de Dios.

Esa liturgia no es nada inocente y, con la excusa de evitar “contagios” ha sido astutamente diseñada por la masonería eclesiástica (en cuya cima sede Bergoglio) para ir quitando progresivamente la fe en lo sagrado y para desacralizar la Eucaristía, corazón, culmen y cima de la Iglesia. Así:

  • Se ha quitado el agua bendita de la puerta de las Iglesias: con esto se le quiere hacer ver al fiel que el agua bendita contagia, como si la bendición del sacerdote sobre la misma fuera indiferente a los efectos de eliminar los virus. Como si se tratara de un agua cualquiera. Por no hablar de que muchos fieles no saben que la señal de la Cruz con ella quita los pecados veniales, algo que se pierden ahora si no rezan un acto de contrición o no los confiesan. Además, en lugar del agua bendita todas las iglesias han colocado un bote de gel hidroalcohólico en la puerta, de forma que el sacrilegio es patente: se cambia lo sagrado por lo profano, instando a los fieles a “ungirse” con el pestífero elemento, trocando la que debiera ser la preocupación del fiel (la salud del alma) por la salud del cuerpo, y como si la Casa del Señor fuera un lugar de contagio y no de salvación.
  • Se omite el contacto humano en el saludo a los hermanos en el momento de la paz: la masonería, que ha pensado concienzudamente esta paraliturgia en oscuros conciliábulos, sabe que para remplazar lo sagrado por lo profano debe romper la Cruz por completo. Es decir, las relaciones sociales (el palo horizontal de la cruz o patíbulo) y la relación de los fieles con Dios (el palo vertical o stipex). Al omitir el saludo a los hermanos o al reemplazarlo por una mera inclinación de cabeza se está instilando en las conciencias de los fieles el sutil mensaje de que el otro es un elemento de contagio (el Infierno, los otros – decía Sartre -) y que es mejor no tocarle. Y esta sospecha se prolonga fuera de las Iglesias: nadie abraza ni le da la mano al otro. El otro, que siempre en la fe católica es un alter ego de Cristo mismo, que debe ser ayudado y aceptado. Ahora nos rechazamos unos a otros, para gozo del demonio.
  • El sacerdote se pone mascarillas para decir Misa. Se trata de una imagen impactante, con la que se proyecta una idea peligrosísima: me puedo contagiar con los objetos sagrados. Como si esos objetos sacratísimos fueran cosas profanas, a las que se les niega su carácter especial y salutífero. Así, lo que se muestra de manera manifiesta a los fieles es que liturgia celestial se realiza con miedo y con precaución: ya no es Dios el centro de la misa sino el “virus”, al que se le concede una importancia desmedida y al que se hace presente en todo momento a los ojos de todos cuando ven al sacerdote celebrando con mascarillas. Esto les recuerda en todo momento que en la Iglesia y diciendo misa se corre un alto riesgo de contagiarse.
  • El sacerdote o el lector se pone la mascarilla para leer la Palabra de Dios, impidiendo una buena pronunciación, como sofocándola. La masonería es muy sutil en este tipo de gestos y disfruta cuando ve que los fieles o el presbítero no son conscientes de la profanación que se busca con estas cosas: se quiere con ello hacerle ver a los fieles que las gotículas de saliva cuando caen sobre la Biblia (que es la Palabra de Dios) pueden contagiar al sacerdote o a otros fieles, como si ese libro que se lee sobre el ambón fuera un libro cualquiera.
  • El sacerdote se echa gel hidroalcohólico en las manos antes de consagrar, como si sus manos no estuvieran consagradas y como si no se hubieran lavado espiritualmente sus manos y sus pecados en el lavabo y la pronunciación del versículo 2 del Salmo 50 (“Lava me Domine, ab iniquitate mea et a peccato meo munda me”), como si se fueran a contagiar en contacto con los sacratísimos elementos de la consagración, como el copón, la hostia magna, el cáliz, o, ¡ay, enorme sacrilegio!, con el Cuerpo o la Sangre del Señor. La consigna que la masonería pretende mostrarle aquí a los fieles es que los curas hacen bien precaviéndose y teniendo miedo de Aquél al que van a hacer descender desde el Cielo, al que se le recibe con precauciones y con sustancias malolientes propias de un hospital, matando la fe en el más alto Sacramento, sacramento de salud y ahora de contagio.
  • Los fieles, antes de comulgar, se echan igualmente esa crema horrenda en las manos, la mayoría de ellas con una superficialidad y alegría ofensivas, llenándolo todo de olor a quirófano e incluso compartiendo con devoción sus respectivos botes con el vecino. ¡Ay, si se dieran cuenta de lo que están haciendo y del mensaje profundo que está calando en sus conciencias!: que el Señor, una vez depositado en sus manos es un sospechoso objeto de contagio. Calumnia ominosa, blasfemia suprema: Aquél a quien los leprosos, ciegos, cojos, mudos o poseídos tocaban para sanarse de alma y cuerpo es ahora una cosa profana que contiene virus deletéreos… Y comulgan al Señor de los Señores con las manos pringadas de gel, al que irremisiblemente quedan pegadas las partículas que se desprenden de la hostia, en las que está presente real y sustancialmente su Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad, para mayor ofensa, escarnio de su persona y risa de los masones eclesiásticos y civiles. ¿Cabe una ofensa mayor al que es el Salud-dador, Jesús, salud y salvación de los hombres? ¡Señor, perdónales porque no saben lo que hacen, porque si alguno realmente es consciente de lo que está haciendo e insinuando estaría cometiendo un abominable sacrilegio!
  • ¿Y qué decir de la forma de comulgar, casi unánimemente en la mano? ¡Cuánto nos ha costado a los fieles, sacerdotes, obispos y catequistas que la gente volviera a comulgar en la boca y de rodillas! Muchos ya lo hacían en gran número después de muchos esfuerzos en estos últimos años por ganarle el terreno a la comunión en la mano, introducida por la masonería eclesiástica desde los años 60, arrancada al pobre Pablo VI para blasfemar al Señor, presente en la Eucaristía, tratándole como una vulgar comida. Ahora Bergoglio y los obispos imponen la comunión en la mano, como si Cristo contagiara, o como si las manos consagradas del sacerdote fueran las manos sucias y llenas de muerte de un cualquiera y no el velo o la orla del manto del Señor, que curó a la hemorroísa con solo tocarlo…
  • Finalmente, hemos visto a sacerdotes besar el altar con mascarilla antes de bajar del presbiterio. El lugar más santo de la Iglesia después del Sagrario, el lugar donde se ha inmolado minutos antes al cordero inmaculado, que ha derramado místicamente su sangre sobre ese altar… ahora visto con recelo como una mesa sucia.
  • Y muchos sacerdotes no se sientan a confesar porque creen que se van a contagiar de los fieles. Omiten así un sacramento esencial para la salvación de las almas, olvidando que en esos momentos ellos son “persona Christi” y dejando vacío el lugar donde habita su Divina Misericordia, como nos decía Santa Faustina Kowalska…
  • Muchos predican sobre la necesidad de vacunarse, como si ésta fuera materia de moral o de fe: nos han llegado testimonios de sacerdotes que se niegan a confesar o incluso a dar la absolución sacramental a los fieles no vacunados. No se dan cuenta de que el COVID es el plan maestro del NOM para implantar la dictadura del Anticristo. No es casual que el mismo Bergoglio haya insistido varias veces en que no es buen cristiano el que no se vacune. Vacuna que ocasionará daños gravísimos e incluso la muerte en quien se la ponga, y que está realizada con células de niños abortados. No me extrañaría que, dentro de poco, Jorge Mario Bergoglio impidiese celebrar misa o administrar sacramentos a los curas no vacunados o que les impida a los fieles no vacunados entrar en la Iglesia o recibir dichos sacramentos. Al tiempo…

Así las cosas… Creo sinceramente que ante tantos ultrajes, sacrilegios, profanaciones e indiferencias cometidos por sacerdotes y fieles, impulsados por muchos obispos como colaboradores necesarios de toda esta parafernalia, de esta orgía del miedo y de la falta de fe, Dios Padre no va a tolerar que se ultraje más a Cristo y va a permitir que los Enemigos de la Iglesia, la Sinagoga de Satanás, cese el sacrificio perpetuo, como Daniel profetizó.

¡Ah, escándalo a los ojos de Dios, de los ángeles, de los santos y de las almas del Purgatorio que se hacen presentes en las Misas, que asisten desolados a este espectáculo bochornoso en las Iglesias de toda la catolicidad! Muchos no se acuerdan ya de cómo la Iglesia reaccionaba siempre ante las enfermedades, recurriendo a Cristo con el Santísimo en ristre, con más misas, adoraciones, comuniones, rosarios y no huyendo del rebaño, al que dejan solo y a merced de los lobos. Muchos sacerdotes estaban encantados con las misas por Internet, olvidando que lo sacramentos no son sustituibles ni virtualizables, condenando a los fieles a ser adoradores de pantallas.

Queridos sacerdotes, vivan lo que Cristo les dijo. Imiten a San Juan Bosco, a San Damián de Molokai, a San Carlos Borromeo y a tantos otros. No huyan, no cierren Iglesias, no impidan los sacramentos, dejen de lado su miedo y tengan fe, dejen de usar mascarillas y gel en el altar, no cesen de darle gloria a Dios con el valor que su Infinita dignidad merece. Den ejemplo de virtud y no de cobardía: protejan la vida espiritual de sus ovejas. Nosotros rezaremos por ustedes, para que su fe no vacile.

Dijo Jesús: «Yo soy el buen pastor. El buen pastor sacrifica su vida por sus ovejas. Pero el mercenario, el que no es propio pastor, como no son suyas las ovejas, viendo venir al lobo, desampara las ovejas y huye, y el lobo las arrebata y dispersa el rebaño; el mercenario huye, porque es asalariado y no tiene interés en las ovejas. Yo soy el buen pastor, y conozco mis ovejas, y las ovejas me conocen a Mí. Así como el Padre me conoce a Mí, así conozco Yo al Padre, y doy mi vida por mis ovejas.» (Jn. 10, 11-15).

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