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LOS SANTOS INOCENTES DE ENTONCES…. Y LOS NIÑOS ABORTADOS DE AHORA

Antonio José Sánchez Sáez

La Iglesia celebra hoy a los Santos Inocentes, los niños asesinados por Herodes hace más de 2000 años con la intención de matar, entre ellos, a Jesús.

Como sabemos, el cap. 2º del Evangelio de San Mateo narra cómo los Reyes Magos habían visto la estrella que anunciaba el nacimiento del Rey de los judíos (el Mesías) y cómo le preguntaron inocentemente al monarca Herodes dónde se encontraba. Herodes, consultando a los sumos sacerdotes y a los escribas, fingió que le interesaba esa información porque quería ir también él a adorarle y lo encontrarían probablemente en Belén, la ciudad del Rey David, donde según la profecía de Miqueas 5, 2 nacería el Mesías. En realidad, celoso del poder como era, tenía intención de eliminar a ese adversario, a ese Rey de los judíos profetizado.

Sabemos que Herodes I “El Grande”, idumeo, Rey de Judea, Galilea, Samaria e Idumea era un rey extraordinariamente sanguinario como nos cuenta Flavio Josefo, describiendo la tiranía de su reinado en sus “Antigüedades de los judíos”. El pueblo israelita de entonces le odiaba, primero, por ser idumeo (falso judío) y segundo, por aliarse con los romanos contra el pueblo, al que tenía sometido de manera brutal. Como botón, baste decir que asesinó a su propia mujer y a dos de sus hijos.

Pues bien, la matanza de los santos inocentes no fue un cuento, ni una metáfora sino una realidad truculenta. José fue avisado en sueños por un ángel (Mt., 2, 13 y ss.) para que tomase a María y al Niño y huyeran a Egipto porque Herodes buscaba a Jesús para matarlo.

Vemos aquí, por cierto, el paralelismo entre San José, el esposo de la Virgen María, con el patriarca José, hijo de Jacob, vendido por celos por sus hermanos a los ismaelitas, que acabó en Egipto para prepararle, en los planes misteriosos de Dios, una morada a la casa de Israel, para cuando llegaran los años de hambre. El patriarca José salvó a Egipto y a Israel y fue llamado por los egipcios con el nombre de “Zafnat Panea”, es decir, “Salvador del mundo”. Toda una prefiguración de Cristo, Jesús (Jeoshua, que significa literalmente, “Salvador”). También José, padre adoptivo de Jesús y esposo de María huyó al mismo país, Egipto, para salvar a Jesús y a María.

Observemos también cómo esa salvación in extremis de Cristo, huyendo a Egipto, está prefigurada en la milagrosa salvación de Moisés de la muerte: recordemos que el Faraón había ordenado a las comadronas que mataran a todos los niños varones de las israelitas, pues eran muy fértiles y el número de la casa de Israel en Egipto aumentaba cada día, lo que amenazaba la estabilidad del reinado del Faraón. Y Moisés, hijo de una pareja israelita de la tribu de Leví, fue puesto por su madre en el río, en una cesta calafateada (Ex. 1, 22; y 2) que acabaría recogiendo finalmente aguas abajo la hija del Faraón, la cual, después de devolvérselo a su madre para que lo amamantara, fue criado en la Corte como hijo suyo.

Ana Catalina Emmerick, la beata agustina alemana beatificada por JPII, que tantas visiones maravillosas tuvo sobre el Antiguo y el Nuevo Testamento y sobre el fin de los tiempos, vio con todo detalle cómo fue la matanza de los inocentes a manos de Herodes. Y fue mucho peor de lo que todos hubiéramos podido imaginar.

Aquí pueden leer esas visiones: https://www.religionenlibertad.com/blog/12950/la-matanza-de-los-santos-inocentes-no-fue-ninguna-broma.html

Herodes ordenó matar a todos los niños de menos de 2 años de Belén y de otros seis pueblos de alrededor. Fueron unos 700 niños, nos cuenta la beata alemana. Las madres fueron atraídas a Jerusalén con la promesa de darles un premio por su fertilidad, e iban felices, con sus hijos en brazos o caminando, adornados con trajecitos de colores. Cuando llegaron a la fortaleza, los maridos fueron apartados y degollados, y enterrados en fosas comunes. Y a las mujeres se las confinó toda la noche en el edificio, hasta que por la mañana fueron llamadas una a una (Herodes había encargado a un grupo de soldados 9 meses antes un censo de los niños que habían nacido en la zona), les arrebataban a sus hijos de los brazos, que eran llevados dentro del patio donde unos 20 soldados les cortaban la garganta o les alanceaban en el corazón.  Los gritos de las madres eran desgarradores, inconsolables (Jer. 31, 15). Las madres luego fueron llevadas a rastras a sus casas, atadas… Por cierto, Ana Catalina Emmerick nos cuenta luego que María fue avisada por un ángel de que se había producido una matanza, y Ella y el pequeño Jesús lloraron durante varios días.

De estos terribles hechos podemos extraer algunas conclusiones.

El Demonio se venga siempre en el hombre de su fallida rebelión contra Dios, por la que fue justamente condenado al Infierno, por toda la eternidad.

Se vengó de Dios en el hombre cuando indujo a Eva a pecar, y, desde entonces, los hombres cargamos con nuestro pecado original de nacimiento, que nos quita el bautismo, permaneciendo no obstante en nosotros la concupiscencia o tendencia al pecado (amartia)…

También se vengó del hombre en los hijos varones de Israel que vivían en Egipto, a los que el Faraón dio la orden de matar, salvándose Moisés, que, a su vez, sería usado por Dios para salvar a Israel y, por tanto, a la estirpe del Salvador.

Tampoco pudo matar a Jesús recién nacido, el Hombre con mayúsculas, Dios y hombre verdadero, por lo que, usando como instrumento a Herodes, se cebó con los niños de Belén y alrededores. Esos niños eran inocentes, como inocente, el cordero de Dios, era Cristo.

E igualmente se venga hoy a través del aborto. Porque inocentes son hoy también los cientos de miles de niños abortados cada año en todo el mundo, pequeños hermanos nuestros que no tienen la culpa de haber sido concebidos y no deseados por sus padres, y que son asesinados, en masa, por una sociedad que considera esa matanza un derecho y un bien, en aras de la “liberación” de la mujer.

Y esto lo hacen “médicos”, “enfermeras” y “cirujanos” que aprendieron en las Facultades de Medicina de todo el mundo a salvar vidas, faltando a su Juramento hipocrático… dedicándose, por el contrario, a eliminar a niños indefensos de las maneras más crueles y violentas que se puedan imaginar y con un sufrimiento indescriptible para esas criaturas, que son despedazadas, aspiradas o quemadas con sal.

Los abortorios (bien que lo conozco) son lugares satánicos, donde la sociedad mata a sus hijos, como los cananeos mataban a sus vástagos en el horno de fuego del dios Moloch. En ambos casos, se trata de una ofrenda a Satanás, al que la sociedad, así le abre la puerta por la que, finalmente, toma posesión de nuestro mundo, que le tributa semejantes holocaustos, generando mayores pecados y males de los que nunca antes hubo en la humanidad.

En España se mataron el año pasado a 94.000 niños… Y llevamos más de 2,2 millones desde la legalización del aborto en nuestro país. Imaginemos la cantidad de hombres y mujeres de bien que hoy en día serían, a su vez, padres y madres de otros muchos hombres… médicos, abogados, sacerdotes, ingenieros, fontaneros, profesores, carpinteros, comerciales, campesinos…. Compatriotas y vecinos nuestros a los que alguien decidió matar en lugar de darles en adopción. ¡Y ahora nos rasgamos las vestiduras porque cada vez tenemos menos niños y nuestro estado del bienestar es insostenible…!

Pero lo peor de todo no es eso, pues, finalmente, esos niños irán a una parte especial del Cielo donde serán cuidados por la Virgen y los ángeles. Lo peor es que esas madres y padres que han consentido en el aborto, esos abuelos que, sabiéndolo de antemano no hicieron nada para evitarlo (o que incluso animaron a ello), esos amigos, esos familiares que indujeron el aborto sabiendo las gravísimas consecuencias espirituales de apartamiento de la Iglesia que acarreaba su culpa están excomulgados latae sententiae y se condenarán eternamente si antes no media un arrepentimiento sincero y no piden perdón de la manera debida en confesión.

https://www.ewtn.com/spanish/preguntas/aborto_excomunion.htm

Oremos, pues, hermanos, por su conversión, por la nuestra y por la de una sociedad como la española que, en gran parte, ve el aborto como un bien, llamando bueno a lo malo y malo a lo bueno. ¡Ven, Señor Jesús!

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Antonio José Sánchez Sáez

Católico. Padre de familia. Profesor Titular de Derecho de la Universidad de Sevilla.
[email protected]

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5 Comments

  • Suscribo lo que dices de principio a fin. El aborto de “un crimen abominable” (J.P. II) y un sacrificio satánico. El peor pecado estructural que pesa sobre España y por el que hay que pedir perdón con todas nuestras fuerzas,

  • LA HUIDA A EGIPTO

    MENSAJE DEL DÍA 13 DE ENERO DE 1985 EN PRADO NUEVO DE EL ESCORIAL (MADRID)
     
         LA VIRGEN:
         Hija mía, voy a seguir revelándote otro misterio. Di lo que ves, hija mía.
     
         LUZ AMPARO:
         Veo otra vez a la Virgen, está en el templo. Está orando allí con el Niño en brazos, con san José también. ¡Cuántos ángeles! Están con las manos juntas mirando al cielo, ofreciendo a su Hijo. También le dice a José: “José, nos vamos a quedar durante nueve días orando en el templo y ofreciendo a nuestro Hijo, mío natural y tuyo adoptivo, ofreciéndolo a Dios Padre”.
         ¡Ah! Están orando los dos; san José con la cabeza en el suelo, la Virgen con el Niño en brazos mirando al cielo. Están en otro sitio, no están en el otro. ¡Ay!, ahí en el altar hay ángeles, como si fuesen de oro, al lado de eso que hay ahí. También hay una, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete, ocho, nueve, diez, once, doce; doce vacas de oro en ese altar. ¡Ay, cuánto oro hay ahí! También hay leones. ¡Ay, cuánto!, ¡y qué bonito es eso!, ¡qué grande! ¡Cuánto oro!, y hay también diamantes, ahí enfrente a la pared esa. ¡Ay, cuántos!
         ¡Ay!, están de rodillas. Los ángeles están cantando. ¡Ay!, se abre otra vez ese ruido y se oye la voz que le dice: “María, tendrás que marchar, no podrás estar aquí más tiempo”.
         ¡Ay, pobrecita! Pues, ¿dónde se va a ir ahora? ¡Ay!, Ella responde: “Soy vuestra esclava, hágase vuestra voluntad”.
         ¡Ay!, se van a levantar. ¡Ay, cómo la coge san José! La levanta. Salen del templo. Los ángeles salen con ellos. Por esa parte salen a la calle. ¿Dónde irán ahora? Vuelven a ir por esa calle. Van a donde estaban antes. Hay una mujer con una niña en la puerta, una niña paralítica; ¡ay, pobrecita!, ¡qué cara tiene! ¡Ay!, ¿qué le pasa?, echa espuma por la boca. ¡Ay, si es la mujer de ahí, de la posada! ¡Ay!, toca a la Virgen. ¡Ay, pobre niña!, la toca esa mujer.
         ¡Ay! Le dice la Virgen: “Esta hija, ¿es vuestra?”.
         Le dice la mujer: “Sí, Señora, amada doncella, es mi hija. Tiene epilepsia y está paralítica…”. ¡Ay, pobrecita! “Y mi esposo también está muy enfermo”. ¡Ay, pobre también!
         Le dice la Virgen: “Buena mujer, ¿qué le pasa a tu esposo?, ¿también está muy enfermo? Entrad”.
         Entran para dentro. ¡Ay!, la Virgen coge al Niño, le mira. Le dice: “Amado mío, ¿dais permiso para echar a ese enemigo de esa pobre doncella?, la está martirizando”.
         ¡Ay, pobrecita! Pues, ¿qué tiene? ¡Ay!, la Virgen le dice: “Entrad dentro. Llamad a vuestro esposo”.
         ¡Ay!, ¿qué van a hacer?
         Dice la Virgen: “Os ruego salgáis inmediatamente de ese cuerpo, en nombre de Jesús. ¡Salid fuera, a la profundidad de los Infiernos!”.
         ¡Ay, lo que sale! ¡Ay, cómo sale! ¡Ay, pobrecita! ¡Ay! ¡Ay, ésos son demonios! ¡Ay, pobrecita! ¡Ay!
         “Y vosotros, adorad a Dios vuestro Salvador; no adoréis a dioses falsos. ¡Andad!”.
         ¡Ay, anda la niña! ¡Oy, qué grande eres; qué grande eres! ¡Ay! ¡Cómo anda! ¡Ay, cómo anda!, ¡y el hombre está bueno!
         ¡Ay, qué pena!, ¿cómo tendrán eso dentro? ¡Pobrecita! ¡Ay…! ¡Ay, pobrecita! ¡Ay, pobrecitos!
         “Marchaos de aquí, ¡no volváis a apoderaros de esta doncella!”.
         ¡Ay, cómo corren! ¡Qué malvados sois! ¡Ay, pobrecita!, ¡cómo estaba!
         ¡Ah! La mujer le da las gracias, ¡pobrecita! Pone la cabeza en el suelo y le da las gracias. ¡Ay, que es tan pobrecita! ¡Ay! ¡Pobrecita! ¡Ay! ¡Ay!, ahora, ¿qué vas a hacer? ¡Ay! ¡Ay!, ¿qué le dice? ¡Ay, cómo te besa la mano la mujer!
         “¡Gracias! —le dice—, ¡gracias, amada doncella, por estos favores que me habéis otorgado!”.
         ¡Ay, pobrecita!, ya tiene a su hija buena y a su marido. ¡Ay!, ya se van para dentro con el Niño en brazos. Se van a la habitación. ¡Ay!, ya se sientan ahí. ¡Cómo están rezando!, ¡ay, siempre rezando!, ¡con las manos juntas! San José pone la cabeza en el suelo y da gracias a Dios Padre por haberle otorgado ser esposo de María.
         ¡Ay, qué grande eres! ¡Ay!, ahora, ¿qué van a hacer? ¡Ay, están echando al Niño ahí! ¡Cómo le pone los pañales!
         ¡Ay! Beben algún líquido. ¡Ay!, como si fuese un vaso de leche. ¡Ay!, san José se va a la habitación, se acuesta; y la Virgen está orando de rodillas, está orando. ¿Por qué no descansas Tú también? ¡Pobrecita!
         ¡Ay, que viene una luz a esa habitación! Una luz y un ruido. Pero, ¿qué es eso? ¡Ay!, un ángel también. ¡Ay! ¿Qué le dice?: “Levantad, José. Coged a María y a su Hijo y huid a Egipto. Herodes está buscando al Niño para matarle. Huid y estad allí hasta que yo os avise”.
         ¡Ay!, se levanta corriendo. Llega y le dice: “María, tenemos que marchar. He tenido un aviso de que Herodes quiere matar a tu Hijo”.
         ¡Ay!, María le dice: “José, ya lo sabía. Ese misterio también me lo había revelado Dios, mi Creador. Tenemos que huir. Coge la ropita del Niño. Vámonos lejos, muy lejos”.
         ¡Ay, pobrecita, otra vez! Ella coge al Niño. Coge la ropa, ¡ay!, y se van; ¡pobrecitos, otra vez! ¡Ay! ¡Ay, otra vez con el Niño y con los borricos, otra vez! ¡Ay!
         Pone ahí un letrero, ¿qué pone?: “Belén”. ¡Ay!, ¿Belén? ¡Ay!, se van por ese camino. ¡Ay! ¡Pobrecitos, otra vez! Van andando, andando. La Virgen ¡cómo hace oración en el borrico mirando al cielo! ¡Ay! ¡Cómo le dice al Niño! ¡Ay, pobrecito! ¿Qué le dice? ¡Ay! ¡Ay!, llama a José, le dice: “Deteneos, que nos va a bendecir nuestro Redentor. Nos ha dado permiso para bendecirnos”.
         ¡Ay!, se baja la Virgen al suelo, se arrodillan, y el Niño ¡cómo hace con la mano una bendición! ¡Ay, tan pequeño, los bendice! ¡Ay!, se santiguan. ¡Ay!, le dice la Virgen: “José, ya estamos bendecidos, no tenemos que tener miedo a nadie, con nosotros va Dios encarnado. ¿Quién puede matarte, bien mío? ¿Quién puede desear tu muerte? Cuando Tú das la vida a todos para que participen de tu Reino. ¿Quién es capaz, bien mío? ¡Lucero mío de mis entrañas! ¿Quién es tan malvado para matarte y querer tal?”.
         ¡Ay, pobrecito! ¡Ay! ¡Pobrecito! ¡Ay, le limpia la Virgen! ¡Ay, cómo le limpia con sus manos la cara de su Madre! ¡Ay, cómo la limpia, pobrecito, tan pequeño! ¡Ay!, pero, ¿quién te querrá matar a Ti, mi bien? ¡Ay, pobrecito!
         ¡Huy!, si se para ahí. ¿Ahí está donde nació? ¡Ahí, eso es! Hay muchos ángeles allí. ¡Ay, si van otra vez allí! ¡Ay! ¡Huy, que no!
         ¡Ay, cómo mira la Virgen a ese sitio! ¡Ay, si es donde nació! ¡Ay, vienen los ángeles; bueno, vienen al camino, se arrodillan y cantan! ¡Ay! ¡Ay!, cómo le dice: “María —le dice José—, sé que te agradaría acercarte a ese lugar donde se ha humanado el Verbo, pero no podemos. Es preciso salir y no pararnos en ningún lugar”.
         ¡Ay! Ahí están los ángeles. ¡Ay! Le dice la Virgen: “Sí, José, soy tu humilde esclava, lo que vos queráis haré”.
         Van andando, pobrecita, ¡cómo mira! ¡Ay, cómo lleva al Niño!, ¡cómo le aprieta! ¡Ay, qué grande! ¡Ay! ¡Ay!, van andando, andando. ¡Oy!, le dice María a José: “José, cerca está la ciudad donde está mi prima Isabel. ¡Cuánto me agradaría visitarla y darle el recado de que quieren matar al Verbo humanado!”. ¡Ay! José le dice: “María, sé que sientes un gran dolor cuando te diga que no puedes visitarla. Es preciso seguir el camino y no pararnos”.
         ¡Ay!, viene un ángel. Le dice la Virgen: “Acercaos donde Isabel y decidle que vamos camino de Egipto, que Herodes quiere matar al Niño, que tenga cuidado y que preserve, ¡preserve a Juan, que también querrán matarle!”[1]
         ¡También, pobrecito! ¡Ay, ay!
         “Decidle que mi Corazón siente un gran dolor: no poder visitarla. Pero es preciso no pararse”.
         ¡Ay!, se va el ángel. ¡Ay!, le dice la Virgen: “José, seguid adelante, vuestra sumisa esclava está a vuestros pies”.
         ¡Ay, qué grande eres! ¡Qué buena eres! ¡Cómo aprieta al Niño! ¡Pobrecita, cómo mira! Va rezando y va besando al Niño. ¡Ay, qué grande eres!
         ¡Ay! ¡Cómo va allí el ángel! ¡Ay! Viene por ahí con uno. ¡Ay, si parece que vienen en el aire! ¡Ay, ya llegan! ¡Cómo van a cogerlos! ¡Ay!, ése trae unas alforjas, ¿o qué es eso? ¡Huy, cuántas cosas!
         ¡Ay!, ya llegan. ¡Ay!, es un hombre. ¡Ay, cómo le da las cosas!
         “Tomad, bella doncella, vuestra prima me ha ordenado que os traiga todas estas cosas: comida, ropa, para que podáis proteger a vuestro Hijo del frío, y podáis alimentaros”.
         ¡Ay, trae tela! ¡Ay, de esas piezas, y comida! Lo coge san José; ¡ay!, lo pone en el borrico. ¡Cómo se va ése! Les dice: “Dadme vuestra bendición Señora, y pido también la bendición del Infante”.
         El Niño levanta la mano y hace una cruz en su frente. ¡Ay, qué bueno eres! Y le dice: “No digáis a nadie que nos habéis visto por este lugar, porque Herodes nos buscará para matar a mi Hijo”. Él le dice: “Estad tranquila, amada doncella, no diré nada desde este momento. Para mí…”.
         ¡Ah! ¡Bueno, cómo se va! ¡Ay!, se van para alante. ¡Ay, qué aire y qué frío, pobrecitos! ¡Ay! ¿Qué dice la Virgen?: “José, hay que descansar, estáis agotado”.
         “Y Vos, amada Señora, esposa mía, también estáis cansada, tenéis que descansar”.
         ¡Ay! Se meten por ese camino. Se ponen así en el suelo, en una cueva de piedra. Se refugian ahí. ¡Ay! ¡Ay, qué pobrecitos!, ¡qué pobreza! ¡Ay! ¡Ay, qué pena! ¿Cómo pueden estar ahí, tan pobres? ¡Ay, pobrecitos! ¿Dónde vais a ir ahora? ¡Ay!, le dice la Virgen: “Descansad, José, estáis rendido”.
         Se pone a rezar, ¡pobrecita, siempre rezando!, y ¿cuándo vas a descansar Tú? ¡Ay!, se echa en la piedra José, y Ella se queda con el Niño. ¡Ay, sin una casa y sin nada donde ponerse!
     
         LA VIRGEN:
         Sí, hija mía. ¡Cuántas veces dijo mi Hijo que el Hijo de Dios no tenía ni dónde reclinar la cabeza! Aprended, hijos míos, aprended en la pobreza.
         Y tú, hija mía, sé humilde, muy humilde, para que puedas alcanzar el Cielo.
         Voy a bendeciros, hijos míos; pero antes, os voy a bendecir los objetos.
         Levantad todos los objetos… Todos han sido bendecidos con gracias especiales, hijos míos.
         También te digo, hija mía, que te seguiré revelando los misterios aquí ocultos, para ti.
         Ahora os voy a dar mi bendición, hijos míos.
         Os bendigo como el Padre os bendice por medio del Hijo y con el Espíritu Santo.
         Adiós, hijos míos. ¡Adiós!

  • APARICIONES DE LA VIRGEN EN EL ESCORIAL

    ABORTO

    05-03-1.983-(V. Maria)
    El mundo está en un gran peligro, hija mía. Los gobernantes de los pueblos, hija mía, no cumplen con las tablas de la Ley de Dios. Dios Padre dijo: No matarás. Pero se les ha introducido el demonio en sus mentes, hija mía, y están matando seres inocentes e indefensos.

    06-10-1.990-(Dios Padre)
    Yo amo lo que he creado; por eso no puedo odiarlo. No soy como las madres terrenas que crían a sus hijos; después de alimentarlos con su sangre, los matan y los abandonan. Yo no os desprecio, hijos míos, sois vosotros los que me despreciáis a Mi.

    05-08-1.995-(J+)
    Esas madres que matan a sus hijos dentro de sus entrañas, esos crímenes tan horribles que cometen con esos seres inocentes.

    02-03-1.996-(J+)
    ¡Cuántas familias están destruidas, hijos míos, porque Dios no está en los hogares; se han faltado al respeto el uno al otro y se han quitado la dignidad! ¡Cuántas madres matan a sus hijos dentro de sus entrañas! ¡Qué tristeza siente mi Corazón cuando el hombre se ha convertido más en fiera que en un ser humano! ¡Ay, padres que tenéis hijos, conducid a vuestros hijos por el camino y la senda de la eternidad! No os preocupéis tanto porque sean grandes y con grandes carreras; preocupaos por la más importante carrera, la carrera de la Eternidad. Tened fe, esperanza y caridad, hijos míos.

    06-04-1.996-(V. Maria)
    Qué pena…! Yo quiero, hijos míos, consolaros a vosotros, pero hoy vengo para que consoláis mi Corazón. Mira cómo está mi Corazón, hija mía, lleno de espinas muy profundas, porque mi Corazón ama tanto a mis almas consagradas que las espinas son más dolorosas; por eso pido oración y penitencia, porque, hijos míos, los hombres están deshumanizados, viven los placeres del mundo, matan sin respetar la vida de los demás. Las madres matan los hijos dentro de sus entrañas y la juventud está corrompida por los vicios del alcohol, las drogas, la carne; por eso te digo, hija mía, que los pecados capitales van en triunfo y los hombres no ven pecado donde existe el pecado. No puedes tocar ninguna espina, hija mia, ¡están tan profundas!

    05-10-1.996-(J+)
    Hay que darse cuenta de esas madres crueles que evitan la vida del ser humano y muchas buscan el placer, no buscan el procrear para Dios; y de esas otras madres que matan a sus hijos en sus entrañas, si se puede decir que son madres porque han nacido de tales, pero ¡qué crueles y qué perversidad hay en el mundo!

    03-10-1.998-(V. Maria)
    Hijos míos, aquí está otra vez vuestra Madre. Mi Corazón está lleno de dolor por la situación del mundo. Aunque muchas veces mi Corazón siente un gozo de tantas y tantas avemarías como suben al Cielo de este prado, pero aunque los hombres se empeñen que el mundo está bien, el mundo está cada día peor, hija mía. Los hombres están ciegos y no quieren ver. Las madres no quieren dejar nacer a sus hijos. Los hijos no respetan a los padres. Los hogares están destruidos.

    07-10-2.000-(J+)
    Hija mía, el sacrificio y la penitencia hacen mucho bien a las almas, pero las almas no saben orar ni sacrificarse, y por eso a los hombres los posee Satanás.
    ¿No veis la situación del mundo, hijos míos?; que los hombres no se respetan unos a otros, que en los hogares no hay amor ni paz, que las madres matan a sus hijos dentro de sus entrañas, que en la mayoría de los conventos están aletargados, y mis sacerdotes queridos se desvían de su ministerio; ora mucho por ellos, hija mía.
    Sacrificio pido y penitencia. Oración, hijos míos. Haced visitas al Santísimo. Acercaos a la Eucaristía, y pasad por la Penitencia, hijos míos. Volved, hijos míos, al camino de la perfección. Cumplid las leyes, los Diez Mandamientos, hijos míos. Amad nuestros Corazones.

    CONCORDANCIAS BIBLICAS

    Carta de S. Bernabé apóstol (Capitulo 19. 1-3. 5-7. 8-12. Funk 1 53-57).

    El Camino de la Luz.

    …Ama a tu prójimo más que a tu vida. No mates al hijo en el seno de la madre y tampoco lo mates una vez que ha nacido. No abandones el cuidado de tu hijo o de tu hija, si no que desde su infancia les enseñarás el temor del Señor.

    ECLESIASTICO 1.15.

    SALMOS 22.11.

    SALMOS 27.10.

    SALMOS 127.3.

    SALMOS 139.13-16.

    JEREMIAS 1.5.

    PROVERBIOS 6.17.

    DEUTERONOMIO 27.25.

    EXODO 21.22. (El mas claro).

    EXODO 23.26.

    GALATAS 1.15.

    ROMANOS 9.11 Y 12.

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