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CON CRISTO, NUESTRO CAMINO; LEJOS DE LOS CALLEJONES SIN SALIDA

Homilía del padre Christian Viña, en el quinto Domingo de Pascua.

Sagrado Corazón de Jesús, de Cambaceres, 10 de mayo de 2020.

Hch 6, 1-7.

Sal 32, 1-2. 4-5. 18-19 (R.: 22).

1 Pe 2, 4-9.

Jn 14, 1-12.

 

         Jesús, Camino, Verdad y Vida (Jn 14, 6), nos hace un apremiante llamado a su seguimiento, para poder ir, por Él, al Padre (Jn 14, 6). Se trata de creer en Dios, y en su Hijo Único; y de no inquietarse por nada (Jn 14, 1). Hemos sido creados por el Amor, peregrinamos en la tierra por el Amor, y nuestro destino final, con la gracia de Dios, es vivir para siempre, en el Cielo, en su Amor. Él es la única buena senda; bien lejos de los callejones sin salida que, con prepotencia, busca imponernos el mundo.

         El Señor, entonces, antes de regresar definitivamente al Padre, nos deja palabras llenas de esperanza. Porque en la Casa del Padre hay muchas habitaciones, para nosotros; y va Él a prepararnos un lugar (Jn 14, 2). ¡Cómo no estremecernos de felicidad ante tamaña muestra de predilección! ¡Cómo no estar eternamente agradecidos ante Dios Omnipotente; que, gratuitamente, se ocupa por completo de nuestra felicidad!

         Sin embargo, también nosotros, como Felipe, le pedimos una y otra vez a Jesús, más revelaciones sobre el Padre. No terminamos de entender que quien ha visto a Cristo, ha visto al Padre (Jn 14, 9). Porque Él es la imagen del Dios invisible, el Primogénito de toda la Creación (Col 1, 15). Él es el Verbo que se hizo carne, y habitó entre nosotros (Jn 1, 14). Y, por su encarnación, nos ha dejado a nosotros, hombres de carne y hueso, la Iglesia y sus sacramentos; para llegar a la intimidad del Padre, del Hijo, y del Espíritu Santo.

         Fue, precisamente, la necesidad de atender a las viudas, venidas del helenismo, en la distribución diaria de los alimentos (Hch 6, 1), lo que llevó a los Doce, en los primeros tiempos de la Iglesia, a instituir los diáconos, siete hombres de buena fama, llenos del Espíritu Santo y de sabiduría (Hch 6, 3), para servir las mesas (Hch 6, 2). Ya desde el principio, como puede verse, se deja bien en claro que los apóstoles no pueden descuidar el ministerio de la Palabra de Dios (Hch 6, 2). Y que, con la institución de Esteban, el que luego sería el primer mártir, hombre lleno de fe y del Espíritu Santo (Hch 6, 5), y de sus seis compañeros, para alimentar a los pobres, se atendía a lo urgente, sin sacrificar lo más importante: el Pan que nos lleva a la vida eterna (Jn 6, 51). Las consecuencias de dicha organización fueron extraordinarias: la Palabra de Dios se extendía cada vez más, el número de discípulos aumentaba considerablemente en Jerusalén y muchos sacerdotes abrazaban la fe (Hch 6, 7). Lo esencial, en la Iglesia, desde siempre, es predicar a Jesucristo; y, desde Él, ayudar a los pobres. Si a los pobres no les damos a Jesucristo, solo les damos lo que el Estado o cualquier otra institución pueden y deben darles. No está en nosotros trasformarnos en una ONG multinacional, con filiales. Ni reducir el mensaje del Evangelio a la mera promoción social, con únicos fines materialistas, e inmanentes…

         En esta línea, a través del salmo, expresamos nuestra gratitud al Señor, porque sus ojos están fijos sobre nosotros, sus fieles; los que esperamos en su misericordia (Sal 32, 18). Él, en verdad, libra nuestras vidas de la muerte, y nos sustenta en el tiempo de indigencia (Sal 32, 19). Y, en su Primera Carta, San Pedro, nos llama a tomar conciencia de nuestra dignidad, porque somos una raza elegida, un sacerdocio real, una nación santa, un pueblo adquirido para anunciar las maravillas de Aquel que los llamó de las tinieblas a su admirable luz (1 Pe 2, 9). Siempre en la Luz de Cristo se aniquilan nuestras miserias. Y anunciar sus maravillas (1 Pe 2, 9) nos lleva a comprender, definitivamente, las grandezas que hace en nosotros mismos. Porque con la gracia de Dios, en los sacramentos de la Iglesia, una y otra vez somos regenerados en su Amor.

         San Agustín nos enseña que debemos ir por medio del Verbo hecho carne al Verbo que era en principio con Dios (Trat. Evangelio de San Juan, 13, 14). Y San Cipriano nos advierte que no puede vivir con Cristo, Camino, Verdad y Vida, el que prefiere imitar a Judas y no a Cristo (Tratado sobre la oración).

         Las pestes funestas que nos acechan hoy, en todo el mundo -incluida esta del controlavirus-, han puesto una vez más de manifiesto cómo el hombre se destruye a sí mismo cuando pretende construir el universo, no solo sin Cristo, sino más aun, contra Cristo, Camino, Verdad, y Vida (Jn 14, 6). La prepotencia de los poderosos, y su arrogancia, muestran sus calamitosos resultados. Bien enseña San Gregorio Magno, que la soberbia es la reina suprema de todo el ejército de los vicios. Y aunque puede decirse que es la madre y la raíz de todos los vicios y pecados, hay tres de los que lo es de una manera específica: la vanagloria, la ambición, y la presunción (Moralia, 31).

         Este virus globalizado les sirve a los que manejan el planeta, desde la usura internacional y las organizaciones supranacionales, de inspiración masónica, para profundizar su embestida mundialista. Y buscar la desaparición de los estados y las naciones, con una forma de gobierno global. O sea, con la excusa de atender a una emergencia sanitaria, se intentará imponer una forma de administración universal, sin libertades; donde los individuos seremos fácilmente descartables, en función de un todo. Los viejos totalitarismos, de izquierda, y de derecha, hoy se dan la mano, para intentar hacer un hombre nuevo, un títere nuevo, podríamos decir; bien lejos del hombre nuevo creado a imagen de Dios en la justicia y en la verdadera santidad (Ef 4, 24). ¿O no es sorprendente, acaso, que el tercer hombre más millonario del mundo, Bill Gates (de la supuesta derecha), y el gobierno comunista de España (de la supuesta izquierda), coincidan en pedir un único gobierno mundial? Los une su ateísmo, su falsa fe, su desprecio a la trascendencia; y, por lo tanto, su profundo desprecio al hombre. Sin lugar para Dios, no lo hay para el hombre.

         En Cristo vivimos, nos movemos y existimos (Hch 17, 28). En Él hemos sido constituidos hijos de Dios. Venimos de Dios, vivimos en Él, y hacia Él vamos. Nuestra dignidad de hijos no depende de organizaciones anticatólicas que, manejadas por las logias, solo buscan destruirnos. Dios es y será siempre Esencial; mal que les pese a ciertos gobiernos…

         Hoy se nos pide que, por el virus, nos lavemos bien las manos. No lo hagamos, como Pilato, para abandonar a Cristo. Él hoy sufre en los enfermos del cuerpo, y sobre todo del alma; que, sin Dios, o lejos de Él, jamás encontrarán cura a sus males.

         Acudamos, más que nunca, a la Virgen Santísima; causa de nuestra alegría. Para que ella, como Madre Corredentora del Camino, Verdad, y Vida (Jn 14, 6), cuide de nuestros pasos, en la auténtica esencia de nuestro ser, hacia la vida definitiva…

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Como Vara de Almendro

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