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LA MÁS GRANDE HISTORIA DE LA HUMANIDAD. LO QUE CRISTO SINTIÓ EN SU PASIÓN Y MUERTE

¡¡Oh, Jesucristo, Amo, Rey, Maestro, Salvador, Amigo nuestro, Santísimo Hijo de Dios y pleno del Santísimo Espíritu Celestial!!  permitid a este siervo vuestro que, contrito y oblativo, os ofrezca estas humildes reflexiones sobre Vuestra Sagrada Pasión y Muerte que, inspiradas por la claridad del Espíritu Trinitario, cual preclara visión, espera resulte agradable a la Divina y Omnipotente Majestad de Dios Padre.

¡¡Oh, Santo entre los Santos, oh Dulce Redentor!! os encontráis solo y angustiado en el Huerto de los Olivos, que santificáis con vuestras insignes y constantes oraciones al Padre. Es vuestro postrero y más doloroso retiro.

Vuestro sufrimiento supera todo lo imaginable… pero sólo es el comienzo del mayor de todos los que se han producido en la Historia de la Humanidad, un dolor que irá “in crescendo” en cada minuto de los que habréis de padecer en los próximos días.

Estáis sólo y abandonado. No hemos querido atender a vuestra petición de acompañaros en las últimas oraciones que, por nosotros, eleváis al Padre. Los Apóstoles que os han acompañado tras la Última Cena, no han atendido a vuestro ruego de orar con Vos, de acompañaros en vuestra tribulación, temor y angustia desaforada.

Nosotros somos aquellos Apóstoles que prefirieron el descanso del cuerpo a la invitación de elevarse a la grandeza de la Divinidad regalada. Por tres veces nos pedís compañía, y por tres veces elegimos solazar la carne con el descanso, con el sueño que nos ata al mundo y nos aleja del Cielo.

Vuestro sudor empapa Vuestro Sagrado Rostro, Vuestra preciosa Sangre brota por Vuestros poros como un  torrente que tiñe de rojo el Cuerpo Sagrado que ha de salvarnos.

Pero sólo es el principio; la sangre brotará a borbotones por las enormes heridas abiertas que llegarán en las próximas horas… hasta que no quede ni una sola gota con el lanzazo final.

Es miedo, es temor sin límites, es angustia opresora, es la carga que todo un Dios hecho hombre ha de soportar, por el más alto designio, por las miríadas de pecados de toda la Humanidad durante todos los Tiempos. Es la grandeza de la Caridad, Compasión y Misericordia que nunca podremos atisbar a comprender y, menos aún a descifrar. Es el mayor Misterio de la Creación.

Estáis, ¡¡oh, Todopoderoso!!, arrodillado y rostro en tierra, en la Tercera Oración, sin poder apartar el amargo cáliz que habréis de beber para redimirnos. El Padre así lo decreta. Y Vos así lo aceptáis, antes de que el Misterio de Iniquidad os aborde con sus sicarios para comenzar la Gesta que habréis de escribir con Vuestra Sagrada Pasión y Muerte, ¡¡oh, Rey de Reyes!!

Acompañado por la soledad y la agudísima tristeza, os acercáis hasta los Apóstoles dormidos para aprestarlos a ser testigos de vuestro prendimiento. Se desperezan y así lo hacen, segundos antes de que aparezcan, cercanos, los soldados de los sicarios de satanás que los envían, los jefes de la sinagoga.

A la cabeza de ellos llega Judas Iscariote, el condenado, el abducido ladrón, el desgraciado delator que, habiendo sido invitado a la Gloria, ha optado por el mundo y sus placeres.

A la luz de las antorchas, que iluminan tenebrosamente las tinieblas en que se esconden y actúan los injustos, se acerca a Vos para entregaros con el traicionero beso de lucifer, que ronda el escenario como león ávido de sangre y de vuestra perdición, ¡¡oh, Santo Inmortal e Invencible!! Pero sigue sin conseguir doblegaros e impedir vuestra insigne Misión. Su furor aumenta sin medida.

Los soldados judíos del sanedrín preguntan quién es Jesús de Nazaret y Vos, humilde cordero, asentís como tal y pedís que dejen libres a los otros. Comenzáis a cargar en soledad todos nuestros pecados, al tiempo que nos preserváis del sufrimientos que, en buena lid, deberíamos padecer por ellos para nuestra Redención.

Como lobos, saltan los soldados sobre Vos y, en un intento de defensa, fruto de la gracia, la empatía y el cariño que os profesa, no aún del Espíritu Santo, Pedro desenvaina la espada y hiere en una oreja a uno de los atacantes.

Os aprestáis a mostrar el cúlmen de la Misericordia que, refrendada y aumentada hasta el paroxismo, nos váis a regalar en Vuestras horas postreras, la que nos habéis transmitido durante las Santas Enseñanzas de Vuestra vida pública.

Vuestra Divina autoridad detiene la refriega, amonestando a Pedro al decirle que detenga la violencia y envaine la espada, pues al mal sólo se le puede combatir con el Bien, ¡¡oh, Misterio que reescribe la Historia!!

Al momento os obedece, mientras bendecís al desgraciado judío herido, restañando y sanando instantáneamente abierta y su sangrante herida. Éste no entiende qué ha ocurrido, pero siente que el poder de Dios ha recaído sobre él de forma gratuíta. Queda inmóvil y no atiende a los requerimientos de sus compañeros, que no se detienen en asistirlo en su abstracción.

Será el primer componente de la pequeña Santa Iglesia Naciente que, paralelamente, estableceréis en el Santo Camino al Gólgota. Comienza su Salvación y será convertido a la Verdad y Vuestro servidor hasta su muerte, ¡¡oh, Dios de la Piedad!!

Al momento, las fuerzas del mal, siempre más numerosas y detentadoras de las armas y la ferocidad satánica que las patrocina, arremeten contra los tres Apóstoles que os acompañan, haciéndolos huir despavoridos.

Así pués quedáis sólo y abandonado, el estigma que os acompañará en Vuestro Insigne Sacrificio final, el del Cordero Expiatorio, ¡¡oh, Dulcísimo Jesús!! aunque Vuestra Divina Madre está en perfecta Comunión con Vos en todo momento. Ella os seguirá discreta y dolorida durante todos los pasos hasta la Muerte, acompañada y protegida por Juán, el Apóstol amado.

Y allá vais, encadenado, golpeado e insultado como un malhechor siendo, ¡¡oh, Justísimo Inocente!! todo bondad y gloria.

Comienza el salvaje trasiego de vuestro Ser en mil direcciones en pos de vuestra perdición, la que desea el demonio, pero no en forma de Vuestra Sagrada Muerte, sino renunciando a ella y desobedeciendo al Padre.

Primero a la casa de Anás, suegro de Caifás, después a la casa de éste, que es el Pontífice de turno y, finalmente, al sanedrín, antes de comparecer ante Pilato en el pretorio y Herodes en su palacio. En cada traslado los golpes, varazos y latigazos comienzan a hacer brotar sangre de las heridas que comienzan a abrirse, sangre que se mezcla con la que habéis supurado en el Santo Huerto.

El salvaje castigo que perpetramos contra Vos llegará a la cifra de ¡¡5.480 latigazos, varazos, bofetadas, puñetazos, salivazos y patadas!! antes de expirar, tal y como manifestásteis a Santa Brígida, ¡¡oh, fuerte León!!

Fuera, en el átrio de la casa maldita de Caifás, está Pedro, quien os ha seguido a hurtadillas, preocupado por Vuestra suerte, pero cauto hasta el punto de haberos negado las tres veces que le profetizásteis horas antes. Y Vos, ¡¡oh, Dios de la Piedad!! seguís subscribiendo la Sagrada Escritura fidelísimamente, mientras Pedro llora amargamente tras el canto del gallo.

Al fin, muy de mañana y sin descanso alguno, llegáis al sanedrín, sinagoga de satánicos adoradores del Adversario. Ante ellos, cara a cara contra la furia desatada, contra esos desgraciados que os han buscado y acechado durante toda Vuestra existencia, desde el Nacimiento y, en especial, durante los últimos tres años de vida pública… porque habeis desmontado sus falsedades e iniquidades.

Y ahora, como perros hidrofóbicos, vociferan, se agitan, rasgan sus vestiduras ante el Verdadero Salvador, el Hijo de Dios. Entre ellos se aleccionan, se gritan, solapan sus opiniones, convierten un “juicio” en una feria de estafadores mercaderes, en una condenación sumarísima, apoyada en falsos testigos pagados y amenazados. No se permite disidencia, so pena de duras represalias.

Y, ¡¡oh, Rey del Amor Eterno!! surge un sacerdote de entre ellos que, desde la justicia natural, aboga por Vos, plantea la posiblidad de que seais Justo, la realidad de que no existe maldad que achacaros. Nicodemo es inmediatamente acallado, pero ya está adherido a Vuestra Sagrada Iglesia naciente.

El mal toma posiciones desde su atalaya, los falsos testigos asumen su triste papel y el sumo sacerdote rompe sus filacterias y vestiduras y Os escupe, en un gesto de intimidación a todos sus sicarios que, en el colmo de la maldad, se apresuran a ser servilmente aquiescentes con Caifás y Anás, golpeándoos, abofeteándoos, escupiéndoos e insultándoos. El vaso se colma ante el opulento jefe de la sinagoga cuando afirmásteis a su pregunta: ¿eres Tú el Hijo de Dios?

En la infame estancia todo es temor, mentira, obscuridad e injusticia. Reina lucifer y Vos estais solo, ni abogados, ni amigos, ni sirvientes… SOLO.

No hay solución, el sicario juez de satanás dicta la más injusta sentencia de la Historia: CULPABLE y reo de muerte.

Pero, siendo la cobardía patrimonio de los injustos, el poder “religioso” decide enviaros al poder político para “lavarse las manos” y evitar posibles represalias del pueblo que os ama, el pueblo que atisba la Esperanza y la Justicia que le habeis anunciado.

Ambos inicuos poderes tomarán el mismo camino y por las mismas razones, se “lavarán las manos”. Incluso por temor entre ellos, como bandas criminales rivales, parapetadas en sus guaridas, una en el sanedrin, otra en el pretorio.

De nuevo en camino, ya debilitado por el ayuno, el castigo y la falta de descanso desde la Última Cena, escoltado por los bárbaros soldados judíos, que se deleitan en seguir azotándoos.

Abrumado, entráis en el pretorio y Os presentan ante Poncio Pilato, ante el poder militar que Os insta a responder a sus preguntas. Y Vos, ¡¡oh, Dios de la Misericordia!! le dais la clave de Salvación al dejarle ver que sois Dios y representáis la Verdad inmutable que habeis venido a traer al mundo. Queda perplejo y profundamente impresionado ante Vuestra presencia, tal y como comunicará al César en una epístola posterior, pero cierra la conversación inquiriéndoos: ¿Qué es la Verdad?

Siendo, pues, el poder que ocupa toda la Palestina, y haciendo uso de la justicia humana escrita, no vé motivo de muerte y lo comunica a los sacerdotes del poder “religioso”, quienes insisten felonamente en que Sois reo de muerte por declaraos Hijo de Dios, ¡¡oh, mentes cerradas por el mal, oh desgraciados servidores de la perdición!!

En un intento de disolver su feroz sed de sangre, Pilato decide enviaros al poder civil. Un nuevo trasiego infame hacia el palacio de Herodes Antipas, hijo de Herodes el Grande, el asesino de Juán Bautista, quien también tiene una enorme y morbosa curiosidad por conoceros. No en vano su ancestro ya quiso asesinaos nada más nacer. Más golpes, azotes y vilipendios.

En el ínter, la esposa del gobernador romano, Claudia Prócula, advierte a su marido de que ha tenido un sueño, sin duda inspirado por la Divina Gracia, en el que ha podido sentir la inocencia de Jesús y que ha sido una revelación que no acierta a comprender y la ha hecho padecer mucho. Así que le pide que Os ayude en el trance al que Os están sometiendo los judíos.

Pilato está extremadamente preocupado, pues piensa de igual forma, pero la aparta de su lado y le refiere que no puede afrontar una algarada en Jerusalén puesto que, en ese momento sus fuerzas son reducidas contra el mayor número de las de Caifás y los zelotes, que protagonizan asonadas por todo el territorio. Además, prefiere no enemistarse con el César, que busca la “pax romana” en esa tierra tan inestable e importante para el comercio del Imperio. Alea jacta est. La cobardía y el apego a este mundo han vuelto a ganar la batalla.

Así que, el craso y frívolo rey Herodes, ante su corte os interroga, animoso y curioso por obtener alguna respuesta que le aclare Vuestra verdadera Naturaleza. Vos no respondéis nada pues sabéis que vive amancebado con Herodías, la esposa de su hermano Filipo y que de nada servirá ante quien está anclado a los placeres de la carne y las prebendas de este mundo. Imposible salvar a quien no lo desea.

Desairado y furioso Os devuelve al pretorio donde ya se ha concentrado en el patio de armas la chusma y los sicarios del sumo sacerdote, peones encargados de pagar y amenazar a las brutales huestes que hasta allí han sido acarreadas. Todo es desorden, movimientos convulsivos, gritos y polvo en el aire.

El pretor romano sale a la escalinata del patio de armas, mientras sus tropas se aprestan a rodearlo ante la furia del populacho, al mismo tiempo que los soldados judíos entran por el portón de hierro con Vos atado y arrastrado.

A empellones, subís la escalinata que conduce al atril que la corona, donde Os esperan Pilato y los sumos sacerdotes, entre los gritos y algarabía que apenas puede contener la centuria romana residente.

Ante Anás, Caifás y los ancianos sanedritas, el romano cada vez se muestra más inquieto e indeciso, puesto que está comprobando su cerrazón y furia. Les repite que ni él ni el propio Herodes han visto culpa en Vos para tan severo castigo de muerte, pero todo está absolutamente desbordado por la ominosa y cerril sinrazón que alegan.

Persuadido de poder obtener Vuestro indulto, Poncio Pilato decide propiciaros un castigo ejemplar, en la esperanza de que ello alcance la conmiseración de la asamblea judía.

Así que os envía al patio interior de instrucción, donde la brutal guarda de corps pretoriana os infligirá la más dura prueba de dolor, humillación y vejación a la que puedan aspirar.

Allí, ¡¡oh, Rey de Reyes!! seréis burlado y humillado, cambiarán vuestras ropas por un manto de irrisión y vejación, coronarán vuestra sagrada cabeza con una trenza de durísimas espinas que atravesarán vuestra frente y vuestro cráneo, hasta quedar engastadas en él, seréis mofado con una caña a modo de cetro, flagelado con azotes de duras púas de hierro, abrirán vuestras carnes con cientos de azotes, golpes y varazos, os insultarán, os escupirán y os proferirán los más burdos insultos. Se ensañarán con Vos, atado a una columna, hasta el paroxismo.

Todo es sangre a Vuestro alrededor, Vuestra Sagrada Espalda ha sido abierta hasta asomar las costillas, que comienzan a oprimir los pulmones y dificultaros la respiración.

Pero la tristeza y el dolor aumentan hasta la angustia cuando descubrís que, entre las columnatas del patio, se encuentra vuestra Santa Madre y Claudia Prócula quien, junto a Vuestro amado Juán, han conseguido su acceso al lugar. Y ha sido Claudia, conmiserada y contrita, tal vez integrada ya a Vuestra Sagrada Iglesia Naciente de la Pasión, quien le ha proporcionado varios paños y lienzos con los que, protegida por el Espíritu Santo ha logrado enjugar brevemente la sangre que de Vuestro Rostro y Cuerpo entero mana a borbotones.

Los embrutecidos soldados vuelven a vestiros para sacaros al patio pretoriano, donde continúa el satánico furor reinando. El castigo ha sido tal que el mismo gobernador romano se escandaliza y reprende al centurión encargado de tamaño ensañamiento.

No obstante, el ignominioso espectáculo debe continuar y, tras azuzar a sus tropas para exigir silencio, se dirige con fuerte voz ante la asamblea de iniquidad a que se enfrenta con un escueto “Ecce homo”. He aquí al hombre.

En un postrero intento por hacer triunfar la justicia natural, horrorizado por el infame luciferino espectáculo, plantea ante los peones de satanás y sus jefes, la posibilidad de que elijan entre Barrabás y Vos para obtener el indulto de gracia que ofrecía en las fechas anuales de Pascua.

Pero de nada sirve, la montaraz chusma ya ha sido pagada y amenazada por el poder sanedrita, y el “pueblo elegido”, protegido y ensalzado por Dios durante toda su Historia, opta por Barrabás, un criminal villano, más propio de los abismos de Averno que de la Gloria Celestial, un demonio que representa la propia esencia de los que lo eligen… los amigos de Judas, quien ya está atravesado por las garras de satanás y ocupa su lugar en el océano de azufre al que todos están optando.

Así que solo queda el lavatorio de manos de la cobardía, un lavatorio que jamás conseguirá limpiarlas, sino que será inscrito en la Historia como un pasaje de la más grande felonía perpertrada por un humano, solo comparada con la de Judas. Pilato Os entrega a las manos de la milicia judía, mientras que los soldados romanos a caballo se encargan del orden y abren paso al Rey de los Judíos a golpe de fasces

No queda más que esperar. Partís, pues, ¡¡oh, Salvador y Redentor!! abrazado a la Santa Cruz, casi desangrado, exhausto, con vuestras Santas vestiduras pegadas a la piel, engastadas a las heridas y las costillas de la espalda expuestas en la tremenda herida abierta. El dolor, al cargar la Cruz es inenarrable, se transmite a todos vuestros músculos y demás huesos por el sistema nervisoso, ¡¡oh, Amor de los amores, oh, Rey Inmortal e Invencible!!

Se abren los portones con tremendo estruendo mientras transcurrís entre los rugidos y aullidos de los leones y lobos que os rodean, escupen e insultan. Pero Vos seguís cumpliendo el guión del Padre con letras de oro, con la Santidad Única del Único Hijo Suyo.

Afuera, la infame escolta de la turba embrutecida, también os espera ávida de sangre, entre risotadas e imprecaciones.

La Cruz que abrazáis es tan pesada y dura que sigue desgarrando Vuestras heridas, de las que mana sangre escurrida hasta Vuestras sandalias, lo que produce un resbalón que clava Vuestras rodillas sobre el duro empedrado de la Vía Dolorosa.

Caéis bajo los cien kilos del madero, que hunde las espinas de la Corona en las sienes, en la frente y en todo el cráneo. Más sangre, mezclada con el sudor, el polvo y los salivazos, resbala sobre Vuestro Santo Rostro desfigurado. La hinchazón de los ojos apenas puede vislumbrar la cara de Vuestra Santísima Madre que, entre tanta ignominia y maldad, cruza su mirada con la Vuestra. ¡¡Oh, Divino momento de dolor y tristeza, oh Misterio insondable de Amor absoluto, oh resumen de la más grande y épica gesta de todos los tiempos!!

Vuestros Santos Corazones quedan configurados como uno solo, atados para toda la Eternidad por el Sagrado Espíritu y enlazados por el Padre para regir la Creación en Comunión Invencible.

¡¡Arriba, rey de los judios, levántate y camina!! Qué paradoja al escuchar las palabras de los soldados que os fustigan, que siendo tan malvadas, recuerdan el bien absoluto que prodigásteis en la resurrección de Lázaro, ¡¡oh, sufriente Amor de los Amores!!

Seguís adelante, camino del Gólgota, ¡¡oh abandonado y compasivo Sacramento de Vida!! cuando pasáis junto a unas piadosas mujeres que, conmiseradas, se lamentan y lloran viendo al Justo tratado como un criminal. Y seguís aglutinando Vuestra Santa Iglesia Naciente de la Pasión al advertirles que reserven sus lágrimas y sus sacrificios por ellas y por su descendencia, que los tiempos futuros serán terribles bajo la égida del Misterio de Iniquidad, que continúa observando entre la turba enloquecida, a la que inspira y azuza en todo momento.

Sólo Santa Maria lo detiene… sólo a Ella respeta y teme.

Cada vez es más penoso el peso de la Cruz, el peso de nuestros infames pecados, la carga que un solo Hombre-Dios oprimido ha de soportar para nuestra Redención y Salvación. Los azotes, los gritos, los salivazos y las laceraciones continúan antes de Vuestra Segunda Caída.

Las fuerzas ya no responden. Aún en Vuestra enorme e imponente fortaleza física, es demasiada sangre derramada, demasiado castigo sin descanso, demasiado agotamiento. Ningún humano lo hubiera soportado sin Vuestra determinación, Amor, capacidad de Sacrificio y ayuda Divina.

Y surge, un nuevo momento de conmiseración, otra mujer de Vuestras huestes, la piadosa Verónica, que protegida e inspirada por la Divina Gracia, desafía el cordón y enjuaga Vuestro Santo Rostro del sudor, la sangre, el polvo y los salivazos recibidos.

Su plasmación será Vuestro regalo a la Humanidad, el recuerdo indeleble de Vuestra Caridad sin límites, la enseñanza más sublime del Sacrificio necesario para optar a las Eternas Delicias de Vuestro Reino de Gloria y Justicia.

Pero el suplicio continúa, aún queda mucho que sufrir, aún queda que el dolor aumente hasta el paroxismo, ¡¡oh, dolorido y angustiado Hacedor!!

Asi que el Adversario vuelve sobre Vos para infligiros mayor dolor, humillación y vejación a través de sus ominosos adláteres judíos y romanos quienes tiran de Vuestros brazos y Vuestro pecho para ponéos en pie y sigáis con la Cruz a cuestas hasta el final.

El ruído y la algarabía en derredor son ensordecedores, la saña y maldad infinitas, el castigo inmenso. Estáis viviendo el infierno en la Tierra, ¡¡oh, Misterio de encomiable obediencia al Padre!!

En el intento de levantáos del suelo se siguen abriendo las llagas del cuerpo, en especial la de la espalda, y desde Vuestros órganos, comienzan a brotar, ya desbordados, los humores internos.

El peso del Rescate, el de la Cruz, cada vez es más difícil de soportar, y los sanguinarios sanedritas, temiendo vuestra muerte repentina, que desean sea más ignominiosa, quieren veros sufriendo colgado vivo en la Cruz. ¡¡Cuánto horror y maldad!!

Conminan, pues, a un campesino de entre la chusma enfebrecida, para que os ayude a cargarla. Simón de Cirene en principio rehusa la imposición, alegando que él no ha hecho nada digno de castigo. Tremendo, injusto e inconsciente alegato que nos recuerda que, precisamente, somos nosotros, toda la Humanidad, quienes deberíamos portar el pesado madero y ser crucificados, pues los pecados son nuestros, no del Único Santo Justo, de todo un Dios encarnado para limpiarlos con su dolor, sangre y Sumo Sacrificio. Solo necesita un poco de ayuda en su sufrimiento en el último tramo hasta el patíbulo del Gólgota. Y, siendo nosotros reos del pecado, ni siquiera eso aceptamos.

¡¡Qué tremenda paradoja debe resolver el Amor del Salvador!!

Pero basta una rápida cruzada de miradas del Cireneo y Jesús para que, sin una sola palabra, su Alma quede transida y la Gracia de Dios ilumine su corazón y entendimiento. Ni una sola palabra para entrar en la Gloria de su Iglesia Naciente.

Finalmente, recibiendo algún azote y varazo de los que van dirigidos a Vos, consigue acercarse temeroso a la Cruz, ayudándoos a levantaros y portando un brazo del Santo Madero.

Vos, ¡¡oh desangrado Cordero!! os aferráis al otro con la Grandeza de un Héroe, con el Amor de un Dios Justo, con la Dulzura de un Padre, con la Sabiduría de un Maestro y con la Obediencia de un Hijo Perfecto.

El tramo final es empinado, estrecho y angustioso, y los azotes y burlas no cesan. La furia del Adversario aumenta a cada paso que dais, demostrándole vuestra Realeza indomable e invencible, la de un cordero que es león, la de un siervo que es Rey, la de un humillado que es esencia de la Divina Dignidad.

Vuestro pecho parece estallar ante tanta opresión y dolor físico en el momento en que descargáis, con amor infinito, la Cruz ante el hoyo en que habrá de ser izada con Vos clavado de pies y manos.

Simón se aparta unos pasos hacia atrás, mientras sigue ensimismado, ajeno a todo lo que sucede a su alrededor, envuelto en una divina ensoñación que ilumina su mente y lo sublima a un mundo superior que no comprende. Asume Vuestra Divinidad sin entenderlo, pero profundamente convencido.

Quedáis en pie frente al cadalso, Vuestro Altar de Inmolación, frente a los sacerdotes de satanás a caballo y frente al sanguinario populacho complacido.

Ruido de cadenas, martillos y clavos, hachas aprestando cuñas de fijación y cortes de piedras para ajustarse al agujero donde el Madero unirá la Tierra y el Cielo. El taco de madera donde dos clavos atravesarán Vuestros ensangrentados pies, es clavado en el centro de la Cruz, y también el grabado de Gloria que Os otorga, sobre Vuestra cabeza coronada de espinas, el título de Rey para toda la Eternidad.

Todo está preparado para las tres últimas terribles horas del mayor sufrimiento escrito en la Historia. Un dolorosísimo trance que sólo comparte Vuestra Santa Madre, omnipresente en toda la Pasión, silente y discreta, traspasada por las siete espadas profetizadas por Simón en aquellos días de Vuestra Presentación en el Templo, ante los que hoy os reservan la ominosa venganza de los serviles hijos de satanás, los sacerdotes de la iniquidad de este mundo, los que pertenecen a los abismos del fuego sin fin.

Ella está ahí, al pie de la Cruz, arrodillada y debilitada por el dolor, acurrucada y envuelta en su manto, configurado su corazón con el Vuestro, asistida por el Espíritu Santo, sostenida por el Padre, entre la mística del Cielo y el sufrimiento del cuerpo, también protegida por Vuestro discípulo amado, el jóven Juán que, con la protección y fuerza de los Arcángeles, actúa como una cápsula a su alrededor, evitando la maldad que reina en su entorno. El demonio ni la puede tocar ni acercarse a Ella.

Las piadosas mujeres quedan algo detrás, representando la épica de la Iglesia futura. Todos los Apóstoles han huído temerosos, Os han abandonado. Aún necesitan la ayuda del Espíritu de Pentecostés para entender la Sagrada, Eterna e Inmutable Verdad, recibir su Luz y entregar sus vidas por ella.

Todo está listo para el Acto Final pero Vos no paráis ni un momento de pedir al Padre por Vuestros verdugos, ¡¡oh, Misterio de Misericordia!!

Las Sagradas Escrituras siguen cumpliéndose milimétricamente y cuatro infames soldados Os despojan violentamente de las vestiduras, arrancándoos pedazos de piel y desgarrando Vuestras carnes pegadas a ellas con sangre y sudor. Se las reparten en cuatro lotes, mientras que la Divina Túnica, la más preciada pieza, tejida sin costura por las manos de Vuestra Santa Madre, se la juegan a los dados, cual tabernarios villanos.

Así, desnudo como un criminal, Os tumban violentamente sobre la Cruz y traspasan, con cuatro gruesos clavos cuadrados, Vuestras Manos y Pies.

Primero una mano, que desgarra los tendones, quiebra y astilla los huesos. La sangre sigue brotando, ya espesa y densa. Después, con cruelísimos jalones y estirones del otro brazo, que Os oprimen los pulmones, proceden de igual manera con la otra mano. Ahora una violentísima sacudida eléctrica recorre Vuestro Sagrado Cuerpo, lacerados los nervios al ser partidos por el frío hierro oxidado. La llaga abierta en Vuestra espalda por los latigazos del pretorio se ha abierto aún más y los huesos de las costillas tocan la madera de la Cruz. El dolor es insoportable.

Y Vuestros Santos pies sufrirán el mismo castigo después de ser salvajemente descoyuntados los huesos de la cadera por los fuertes tirones que perpetran para ajustarlos al poyo en los que deben situarse. Dos nuevos clavos los atraviesan, mientras la madera bajo ellos se empapa de la sangre que mana.

Finalmente levantan la Cruz y la engastan al hoyo del suelo. Al caer a su profundidad y pender todo el peso de Vuestro Cuerpo sobre los clavos, el dolor se desata con toda la ferocidad imaginable, hasta lo indescriptible.

Tendones partidos, coyunturas dislocadas, nervios desconectados y deslabazados, músculos desgajados y huesos rotos y astillados, ya solo conforman un amasijo de indescriptible dolor. La altísima fiebre, el padecimiento en aumento y la inabarcable sed Os producen desvanecimientos intermitentes, pero Vuestro Divino Ser está en contínuo ruego a Dios Padre, por nosotros ofreciéndole Vuestra propia Alma, ¡¡oh, Señor de la Piedad!! mientras los desgraciados demonios sanedritas, inspirados por el Adversario, Os retan a bajar de la Cruz para que crean en Vuestra Divinidad.

Satanás está desesperado.

Resulta increíblemente cruel pensar en que aún debéis padecer tres horas en semejantes condiciones, pero son los indescifrables designios del Padre los que escriben el Mayor Drama que jamás existirá.

Vuestro Sacrificio ha conectado el Cielo y la Tierra. El Hombre-Dios ofrece su Cruz entre otras dos que lo flanquean, la que representa a la Humanidad desgraciada y reticente en el pecado y la de la Iglesia arrepentida y oblativa. Por un lado, las burdas imprecaciones del reo de perdición reclamándoos desobedezcáis al Padre y bajéis de la Cruz, tentándoos según el perpetuo deseo de satanás. Por otro lado, las palabras de Dimas reprendiéndolo y asumiendo su culpa, creyendo en Vuestra Divinidad y rogándoos por su Alma, se convierten en prenda de salvación. Y vuestra promesa de acogerlo en el Reino, escribe para La Historia Eterna la separación de los dos mundos opuestos e incompatibles: el Cielo y el Infierno.

Dejáis, pues, grabadas con sangre, las Leyes de la Misericordia, de la Piedad, de la Santa Caridad, de la Justicia y del Perdón generoso, engrandecidas con Vuestro silencioso e inmenso dolor creciente.

Entre tristísimos ruegos al Padre por nosotros, destrozado por la carga de nuestros nefandos pecados, ¡¡oh, Amante, Triste y Humillado Señor!! en un nuevo gesto de Amor y Gracia, nos confiáis a Vuestra Divina Madre, entregando al jóven Apóstol como hijo suyo y convirtiéndonos a todos en hijos protegidos por Ella.

Es el momento, son los últimos instantes de tres horas de febril e inenarrable agonía que culminan Vuestra Gesta. El Padre está satisfecho y complacidoy el Cielo entero radiante de gozo.

Tenéis una infinita sed de Salvación de la Humanidad prisionera del pecado y la muerte… y, en ofrenda de Sacrificio y Santo Sufrimiento, degustáis el vinagre que Os ofrece el apóstata judío, entre las risotadas de los desgraciados villanos que lo acompañan. Y Vuestra humilde humanidad desatada, obnubilada, sometida, no acierta más que a clamar “Padre, ¿por qué me has abandonado?”

“Todo está cumplido”, “en Tus Manos encomiendo Mi Espíritu”, son el Magnífico Epitafio que orla Vuestra Gloriosa Corona antes de expirar con un desgarrador grito a las Alturas.

Y ya en perfecta Comunión Trinitaria, después de tan insigne Victoria, inerte el Cuerpo, habéis triunfado desterrando la muerte y el pecado de la Tierra y del Hombre con un último acto de generosa entrega.

Longinos, el centurión pretoriano a quien concederéis el conocimiento de la Verdad y su futura unión a Vos, desgarra Vuestro costado, atravesando el cuarto espacio intercostal y la pleura, penetrándolo con una fría lanza hasta Vuestro Sagrado Corazón, desde el que se asperja al Mundo Vuestra última Sangre y Agua, Sacramentos Eternos de Salvación, Redención y Bautismo en la Santísima Trinidad.

Sin agua ni sangre, destrozado Vuestro Sacratísimo Cuerpo, dejáis este Mundo como a él llegásteis y como en él vivísteis… pobre y desnudo… pero, sin el más mínimo pecado ni tacha, habiendo vencido completamente al príncipe de las tinieblas por primera y única vez en la Historia.

Desde ese mismo instante, la Creación entera queda limpia del pestilente pecado que la inundaba, radiante de Gracia… pero también, desde ese mismo segundo, comienza, de nuevo, a ensuciarse con el hollín que emana de las calderas del Erebo… hasta que la Santa Parusía vuelva a manifestar Vuestro Poder y reordenar lo que satanás nunca ha dejado de emponzoñar.

PAZ y BIEN.

Ricardo Manuel Muñoz Gómez. 8 de Marzo de 2020.

(BASADO EN EL SANTO EVANGELIO Y MEDITACIONES Y REFLEXIONES DEL AUTOR, INSPIRADAS POR REVELACIONES A TRAVÉS DE LA HISTORIA DE LA SANTA IGLESIA CATÓLICA, APOSTÓLICA Y ROMANA TRADICIONAL)

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1 Comment

  • Lo que más desagrada a Dios son las infidelidades de los Consagrados.
    Muchas personas entre ellos consagrados, me han dicho en repetidas ocasiones, que abandone la lucha que mantengo por desenmascarar a Bergoglio el usurpador, que esa labor se la deje a los cardenales y obispos que son los que tienen la autoridad para alzar la voz y actuar en consecuencia. Yo les respondo que todo católico verdadero está obligado a defender la doctrina divina de los ataques de la masonería o de cualquier otra entidad que el diablo se invente, como indica la Biblia.
    Ezequiel 33,6: Pero si el centinela ve venir la espada y no toca la trompeta, y el pueblo no es advertido, y una espada viene y se lleva a uno de entre ellos, él será llevado por su iniquidad; pero yo demandaré su sangre de mano del centinela.
    *Isaías 56:10,11: Sus centinelas son ciegos, ninguno sabe nada. Todos son PERROS MUDOS que no pueden ladrar, soñadores acostados, amigos de dormir;…
    *S. Mateo 16: Se acercaron los fariseos y saduceos y, para ponerle a prueba, le pidieron que les mostrase una señal del cielo. Mas él les respondió: Al atardecer decís: Va a hacer buen tiempo, porque el cielo tiene un rojo de fuego, y a la mañana: Hoy habrá tormenta, porque el cielo tiene un rojo sombrío. ¡Conque sabéis discernir el aspecto del cielo y no podéis discernir las señales de los tiempos! .¡Generación malvada y adúltera! Una señal pide y no se le dará otra señal que la señal de Jonás. Y dejándolos, se fue.
    Ahora estamos sufriendo las consecuencias de no haber puesto remedio cuando pudieron hacerlo. Bergoglio, ha suprimido la Redención de Jesucristo sobre toda la humanidad, salvo casos excepcionales de Consagrados fieles, como el Obispo Reig Pla. No obstante, los consagrados acostumbrados a ver a uno disfrazado de papa, diciendo estupideces constantemente, se han ido adoctrinando voluntariamente por la gran cantidad de cizaña que ha ido vomitando de su boca. Herejías múltiples, idolatrías, falso ecumenismo, y un largo etc.
    Jesucristo dió la vida por la humanidad, pero vosotros a pesar de haberle jurado derramar vuestra sangre por El y su rebaño, os habéis vinculado a la falsa doctronia del anticristo, la cual consiste en darle mas importancia al cuerpo mortal que al alma inmortal.
    ¿No recordáis las palabras de vuestro falso papa?
    A mi lo que me interesa no es que adoctrinen a un niño los musulmanes, los protestantes, los judios o los católicos, a mi lo que me interesa es que le den de comer.
    Se repite la historia con el nuevo Judas Bergoglio, al anterior le interesaba mas que Jesucristo liderara un movimiento politicio y los librara del yugo romano. Igualmente al sanedrin, perseguían un poder temporal. Por ello Bergoglio, siendo discípulo del sanedrin actual no iba a ser menos. Aqui le tenemos besandole la mano a su jefe sionista.
    https://biie.org/religion/francisco-se-reune-en-el-vaticano-con-la-cupula-judia-sionista-mundial/
    Recemos por ellos para que vean la luz antes de que Bergoglio elimine la Consagración y sean sellados por el anticristo con el chip-666.
    Non Nobis.

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