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EL REINO DE DIOS EN LA TIERRA

Estimados lectores de Como Vara de Almendro:

Con inmenso gozo tenemos el placer de comunicarles que nuestro estimado hermano en la fe, Mauricio Ozaeta, exégeta bíblico por vocación y llamada de Dios, va a compartir con todos nosotros sus excelentes hallazgos en el estudio de la Biblia, especialmente sobre el Final de los Tiempos y el Apocalipsis, hallazgos que quiere y siente la necesidad de compartir, como buen profeta, con todos sus hermanos en la fe.  Después de escucharlo y conocer su trayectoria, desde esta página queremos apoyar y avalar sus estudios, tanto por su contundencia como por la sabiduría que Dios ha otorgado a este Profeta de los Últimos Tiempos. Por tanto, damos una calurosa bienvenida a Mauricio, deseando que todos nuestros estimados lectores disfruten y aprendan sobre estos temas tan importantes como desconocidos de nuestra fe y que como católicos debemos estudiar, pero sobre los cuales nadie nos instruye ni nos habla, aun siendo una parte en nuestro camino a la salvación eterna.

Gracias, Mauricio y que el Señor te bendiga. Estás en tu casa.

El equipo de Como Vara de Almendro.

 

Por Mauricio Ozaeta

 

    Así dice un fragmento de la interpretación del sueño de Nabucodonosor II sobre la estatua de cuatro metales que es destruida de un solo golpe por una gran piedra: “En tiempo de estos reyes, el Dios del Cielo hará surgir un Reino que jamás será destruido” (Dn 2,44). Como reveló Dios a través del profeta Daniel, los reinos humanos serán derribados repentinamente por Jesucristo, para así instaurar su Glorioso Reino de Paz en la Tierra. A este último, Daniel no lo enumera como quinto, pero como le sigue al cuarto, se deduce. Allí se cumplirá la profecía del Salmo 97: “Porque viene para gobernar la Tierra” (Sal 97,9) y de Zacarías 14: “Yahvé será Rey sobre la Tierra entera” (Zc 14,9).

    Ahora bien, nótese que ese Reinojamás será destruido”. Tratándose del Milenio explicado en el libro del Apocalipsis, como un Reino de Cristo en la Tierra por mil años, ¿cómo es posible entonces que sea eterno? Así dice un fragmento de Apocalipsis capítulo veinte:

    “Luego vi unos tronos, y se sentaron en ellos, y se les dio el poder de juzgar; vi también las almas de los que fueron decapitados por el testimonio de Jesús y la Palabra de Dios, y a todos los que no adoraron a la Bestia ni a su imagen, y no aceptaron la marca en su frente o en su mano; REVIVIERON Y REINARON CON CRISTO MIL AÑOS.

    LOS DEMÁS MUERTOS NO REVIVIERON HASTA QUE SE ACABARON LOS MIL AÑOS. Es la primera resurrección. Dichoso y santo el que participa en la primera resurrección; la segunda muerte no tiene poder sobre éstos, sino que serán Sacerdotes de Dios y de Cristo y REINARÁN CON ÉL MIL AÑOS” (Ap 20,4-6).

    Gracias a la “regla de oro de Santo Tomás de Aquino” sobre la correcta exégesis bíblica (S. Tomás de Aquino, s.th. 1,1,10, ad 1) y a la “primacía del sentido literal”, importante enseñanza del Papa Pio XII en su encíclica Divino Afflante Spiritu, comprendemos que se trata de un Reino de mil años literales. Es tan importante aceptarlo que el Apocalipsis repite tres veces: “Estas palabras son ciertas y verdaderas” (Ap 19,9; Ap 21,5; Ap 22,6). Además, por Apocalipsis capítulos cinco y once, sabemos que ese Reino de mil años será en la tierra:

    “Tú eres digno de tomar el libro, y de abrir sus sellos; porque Tú fuiste inmolado, y con tu sangre compraste para Dios (hombres) de toda tribu y lengua y pueblo y nación; y los has hecho para nuestro Dios un Reino de sacerdotes, y REINARÁN SOBRE LA TIERRA” (Ap 5,8-10).

    “Tocó el séptimo Ángel… Entonces sonaron en el cielo fuertes voces que decían: «Ha llegado EL REINADO SOBRE EL MUNDO de nuestro Señor y de su Cristo; y reinará por los siglos de los siglos»” (Ap 11,15).

    De modo que en el Apocalipsis se ve claramente que el Reino que instaura Cristo, luego de derribar los reinos humanos, tendrá una duración de mil años. Pero leyendo la interpretación del sueño de Nabucodonosor en Daniel capítulo 2, vemos que se trata de un Reino Eterno.

    Esta aparente contradicción también se observa si se confrontan las citas bíblicas que anuncian una Tierra eterna, con aquellas que hablan del fin del mundo. Así leemos: “Sobre sus bases asentaste la Tierra, inconmovible para siempre jamás” (Sal 104,5), y también: “Los justos poseerán la Tierra, y habitarán en ella para siempre” (Sal 37,29). Pero por otra parte Jesús menciona muchas veces el fin del mundo: “He aquí que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo” (Mt 28,20); y en otra parte: “El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán” (Mc 13,31; Lc 21,33; Mt 24,35). También la parábola de la cizaña y la de los peces anuncian el fin del mundo (Mt 13,24-50). La pregunta obvia es la siguiente: ¿el Reino de Cristo en la Tierra es eterno?, ¿o es por mil años y luego termina la vida en la Tierra?

    La Biblia no puede equivocarse porque es la Palabra de Dios. Luego no puede haber inconsistencias, así como Dios no puede contradecirse a sí mismo. La respuesta a toda aparente contradicción se encuentra siempre dentro de las mismas Sagradas Escrituras. Sale entonces a nuestra ayuda el Apóstol San Pablo con una revelación maravillosa:

    “Porque, habiendo venido por un hombre la muerte, también por un hombre viene la resurrección de los muertos. Pues del mismo modo que en Adán mueren todos, así también todos revivirán en Cristo. Pero cada cual en su rango: Cristo como primicias; luego los de Cristo en su Venida. Luego, el fin, cuando entregue a Dios Padre el Reino, después de haber destruido todo Principado, Dominación y Potestad. Porque debe Él reinar hasta que ponga a todos sus enemigos bajo sus pies. El último enemigo en ser destruido será la Muerte” (1 Co 15,21-26).

    Esta cita nos marca el orden de cuatro acontecimientos importantísimos. Cristo representa las “primicias”, la primera ofrenda a Dios Padre hecha con su Primera Venida, pues Él es el primogénito en todo (Col 1,15-20). Luego son ofrecidos al Padre “los de Cristo en su [Segunda] Venida”, momento en el cual instaura su Reino en la Tierra, y allí por fin se hará su Voluntad como se hace en el Cielo. A continuación “debe Él reinar hasta que ponga a todos sus enemigos bajo sus pies”. Al terminar ese reinado de Cristo de mil años viene lo siguiente: “Luego, el fin, cuando entregue a Dios Padre el Reino, después de haber destruido todo Principado, Dominación y Potestad”.

    Se observa que se menciona otra vez “el fin”, que no es otro que el “fin del mundo”. Pero como en ninguna parte de la Biblia habla del fin de la Tierra, ni tampoco de que al final del mundo Dios nos sacará de este planeta, lo que se concluye es que el tantas veces repetido “fin del mundo” es una renovación. La Biblia es muy clara en anunciar que los justos poseerán la Tierra y la habitarán por siempre. De modo que al Cristo entregar el Reino a su Padre, lo que sucede es que finaliza el mundo como lo conocemos, pero sin acabarse la Tierra. Esto se confirma leyendo en el Apocalipsis cómo será ese fin del mundo:

    “Y Vi un Cielo nuevo y una Tierra nueva, porque el primer cielo y la primera tierra habían pasado, y el mar no existía más. Y vi la ciudad, la santa, la Jerusalén nueva, DESCENDER DEL CIELO de parte de Dios, ataviada como una novia que se engalana para su esposo. Y oí una gran voz desde el trono, que decía: «He aquí la morada de Dios entre los hombres. Él habitará con ellos, y ellos serán sus pueblos, y Dios mismo estará con ellos, y les enjugará toda lágrima de sus ojos; y la muerte no existirá más; no habrá más lamentación, ni dolor, porque las cosas primeras pasaron»” (Ap 21,1-4).

    Allí se anuncia lo que sucede al terminar el Reino de Cristo, momento en que se hace: “un Cielo nuevo y una Tierra nueva”. Se confirma el fin del mundo como lo conocemos al destacar que “las cosas primeras pasaron”. Desaparece lo viejo para dar cabida a lo nuevo. Se renueva o restaura, no se acaba. Ese es el momento en el que, puestos todos los enemigos de Cristo a sus pies (incluida la muerte), Él entrega el Reino a su Padre. El fin del mundo restaurado no implica ni la destrucción de la Tierra ni el dejar de habitar en ella. Por eso el Quinto Reino es eterno, como leemos en Dn 2,44. Como también el primer Cielo pasa y se crea uno nuevo que desciende sobre la Tierra, esto significa que el Cielo y la Tierra dejarán de estar separados.

    Los justos no abandonarán la Tierra, como dice el Salmo 37. Más bien vemos en Ap 21,2 que la Ciudad Santa, la Nueva Jerusalén baja del Cielo “ataviada como una novia que se engalana para su esposo”, lo cual significa que el matrimonio de Cristo con su Iglesia se da en la Tierra. Incluso agrega lo siguiente: “Él habitará con ellos, y ellos serán sus pueblos” (Ap 21,3). El Cielo es donde mora Dios. Si Dios viene a la Tierra a habitar con los hombres, significa que Cielo y Tierra se unen.

    Con todo esto se llega a la comprensión del asunto. El Quinto Reino del sueño de Nabucodonosor, interpretado por Daniel, es el Reino Eterno de Dios. Este está compuesto por dos etapas: el Reino de Cristo de mil años, seguido del Reino Eterno del Padre. Este Reino Eterno de Dios, anunciado por los profetas, ha sido preparado maravillosamente por Dios durante toda la historia de la Humanidad, según lo que el Catecismo llama la “Economía de la Salvación”. En su infinita sabiduría y bondad, Dios nos ha ido llevando por un extraordinario y amoroso camino de salvación, de descubrimiento, de revelación, que nos conduce a nuestro único verdadero destino: regresar a Dios para amarle por toda la eternidad en una Tierra unida al Cielo.

    San Ireneo de Lyon explica el Reino de Cristo como una necesaria preparación para poder heredar luego el Reino del Padre: “Mas algunos cambian de opinión, dejándose arrastrar por las prédicas de los herejes, e ignoran la Economía de Dios y el misterio de la resurrección de los justos y del Reino, que es el preludio de la incorrupción; REINO POR EL CUAL QUIENES FUEREN DIGNOS POCO A POCO SE ACOSTUMBRARÁN A CAPTAR A DIOS”.

    Todo esto fue revelado y muy bien explicado por Jesús a través de la Sierva de Dios Luisa Piccarreta, lo que quedó recogido en 40 volúmenes que contienen toda esta maravillosa doctrina llamada La Divina Voluntad. Jesús le dijo: “Tu misión es grande, porque no se trata solo de la santidad personal, sino que se trata de abrazar todo y a todos y de PREPARAR EL REINO DE MI VOLUNTAD a las humanas generaciones” (mensaje del 22 de agosto de 1926). A su Reino Dios le llama: “Reino de mi Voluntad”.

    Se explican los tres Fiat de la historia de la salvación. El primer Fiat se atribuye principalmente a Dios Padre y a la obra de la Creación, y comprende los primeros 4.000 años de la historia humana. El segundo Fiat se atribuye principalmente al Hijo y a la obra de la Redención, y comprende los siguientes 2.000 años. El tercer Fiat se atribuye principalmente al Espíritu Santo y a la obra de la Santificación, y corresponde a los 1.000 años finales de preparación para poder llegar a la visión beatífica de Dios, a ser uno con Dios y en Dios. En ese período de mil años, no solamente se hará la Voluntad de Dios en la Tierra, sino que el hombre vivirá en la Divina Voluntad.

    La mayor victoria de Dios no es acabar con sus enemigos, para ello le basta “el soplo de su boca” (2 Ts 2,8), sino conquistar el corazón del hombre, al cual creó con voluntad propia y libre albedrío. Fuimos creados para gozar de felicidad plena siendo Templos Vivos de Dios, y eso solo se logrará cuando el hombre le entregue a Dios su voluntad, a cambio de la Divina.

    La madre de todas las batallas es la que se ha dado entre la voluntad humana y la Voluntad Divina. Incluso la terrible confrontación entre el bien y el mal, es consecuencia de aquella confrontación raíz. El mal gobierna el mundo debido a que el hombre ha separado su voluntad de la de Dios. El enorme poder del maligno ha sido dado por el hombre: si el hombre no hubiese pecado y contrariado a Dios, el demonio no tendría poder en este mundo. Dicho con otras palabras, si el hombre viviese en la Divina Voluntad, Satanás no tendría ningún poder. Por eso es necesario que, a ejemplo de María Santísima, aprendamos a vivir en la Divina Voluntad, para que, como Ella, cada obra, pensamiento, intención, e incluso cada movimiento y cada respiro nuestro, den gloria a Dios y desaten su poder creador, haciendo “un Cielo nuevo y una Tierra nueva” por amor a sus hijos. En el Quinto Reino del sueño de Nabucodonosor II se cumplirá ese gran anhelo de Dios de que seamos uno en Él, con Él y para Él, viviendo en su Divina Voluntad, alcanzando nuestra felicidad plena y el fin para el cual fuimos creados: amar y dar gloria a Dios.

    El Quinto Reino de Daniel capítulo 2, será ese maravilloso Paraíso en el que habitarán todos los hombres que pongan su voluntad a los pies de su Creador, diciéndole a cambio: “hágase en mí según tu palabra” (Lc 1,38), “no se haga mi voluntad, sino la tuya” (Lc 22,42), dando así paso al Tercer Fiat, al supremo y perfecto plan de Dios para el hombre y la creación.

    A la luz de estos misterios cobra renovado valor e importancia la oración que nos legó San Ignacio de Loyola:

TOMAD SEÑOR y recibid, toda mi libertad, mi memoria, mi entendimiento, y TODA MI VOLUNTAD, todo mi haber y mi poseer, Vos me lo disteis, a Vos Señor lo torno. Todo es vuestro. Disponed a toda vuestra voluntad. Dadme Vuestro amor y gracia, que esto me basta, Amén

    Esforcémonos para merecer ser “declarados dignos del Reino de Dios” (2 Ts 1,5; Lc 20,35). Comprendamos la importancia de entregar nuestra voluntad a Dios, pues lo que recibiremos como consecuencia es muchísimo mayor y más grande de lo que nuestra mente sea capaz de imaginar (1 Co 2,9).

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