EL DISCERNIMIENTO DE ESPÍRITUS. (PARTE I) — Como Vara de Almendro
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EL DISCERNIMIENTO DE ESPÍRITUS. (PARTE I)

 

Por: Pbro. León Crisóstomo

    Es muy importante aprender a discernir cuando se esté hablando de los ángeles en sentido general, porque una cosa es hablar de los ángeles de Dios y otra es hablar de los <<ángeles caídos>> devenidos en demonios. Dijimos a la luz de la Sagrada Escritura que los demonios son aquellos que sugieren alejarnos de Dios mediante la desobediencia de los mandamientos; y que su entrada a nuestras vidas es por iniciativa personal y no por mandato de Dios. Aprendimos también que se acercan al ser humano en un tono amistoso, delicado, suave, inofensivo, llenos de dulzura, como profundamente interesados por las necesidades humanas, pero es parte de su técnica de la seducción, vamos a llamarle del <<encantamiento>>, del famoso canto de las sirenas de las leyendas que enamoran al que los escucha para después que hayan sido seducidos terminarán siendo devorados por ellas. Su entrada es discreta, sigilosa, nada ofensiva, pero conforme se va avanzando en ese terreno, poco a poco te inducen al tema del esoterismo, de la magia, del manejo de las energías, del control mental, perdiendo de vista la auténtica responsabilidad que se da a través del compromiso de la observancia de los mandamientos de la Ley de Dios…en el fondo es una idolatría de la mente humana, del intimismo y de las propios flujos energéticos que circulan dicen por el ser humano, es un romper la relación con el Dios vivo y verdadero para adentrarse en el interior del ser humano, quien encuentra dentro de sí mismo toda la presencia de <<Dios>> que lo llevará a su realización…es el mismo planteamiento diabólico de los orígenes: el ser como dioses pero sin la plena referencia al Creador. Todo esto es el trabajo de los demonios que han roto el orden establecido por Dios y han caído en rebelión y desobediencia, y ahora están induciendo al ser humano a caer en la misma situación en la que ellos se encuentran: en la condenación.

El Ángel verdadero adora y obedece a Dios

   Al auténtico ángel de Dios jamás te permitirá que lo adores a él, que te postres frente a él reconociéndolo como tu señor, como alguien a quien hay que rendirle <>, pues eso es idolatría, ya que ellos jamás querrán presentarse más que como servidores de Dios, y no como dioses, por eso el culto a los ángeles es en la Iglesia de Dulía, es decir, de veneración simple como el que se le atribuye a los Santos y Santas de la Iglesia. El caso más sintomático de la tentación humana de postrarse ante la manifestación angelical lo podemos ver con el Ángel Rafael que se reveló a Tobías y a su esposa, quienes por un momento se llenaron de terror dice el texto, para después seguramente buscar la adoración, pero el ángel no se lo permitió diciéndoles:

“A Él deben bendecir todos los días, a Él deben cantar” (Tob 12,18),

otra manera de decirlo es que toda la gloria le corresponde al Señor y a nadie más. Así mismo sucedió con el vidente del libro del Apocalipsis y su ángel revelador, ante quien se postró, y éste le reprendió diciéndole que él sólo era un servidor, y que la adoración corresponde al Señor (Ap 22,8-9).

El culto de adoración o <<latría>> es exclusivo de Dios, para la Santísima Trinidad, el ángel fiel a Dios bien que lo sabe y por eso le pide al ser humano que se sumen a la adoración de Dios, además que está dado en los mandamientos de la Ley de Dios y es el primero y más importante de todos, así lo ratificó el Señor Jesús en su Evangelio:

“Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con todas tus fuerzas y con toda tu mente” (Lc 10,27).

Mientras que el ángel maldito y rebelde, Satanás el impostor y los ángeles caídos devenidos en demonios buscan el culto de <<latría>>, es decir, exigen para ellos lo que de suyo es para Dios, así lo constatamos en la tercera tentación a la que el Diablo somete a Jesús ( Mt 4,9).

    Si los ángeles se manifiestan en la vida de las personas, y como de hecho sabemos que hay uno en especial que acompaña al ser humano desde su concepción hasta su retorno al Padre, es con la única finalidad de ayudarle y servirle para vivir en fidelidad los mandamientos de Dios, a alejarse de las ocasiones de pecado, y a retornar a la casa paterna mediante la conversión cuando se haya cometido algún pecado, y todo eso es para la gloria de Dios. Ninguno de los verdaderos ángeles de Dios pedirá a los humanos la gloria para sí mismo, pues están conscientes que eso solamente le corresponde al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo. Es muy significativo para este punto lo que hacen los ángeles fieles a Dios narrados en el libro del Apocalipsis, todos ellos dan culto de Latría al que está sentado en el Trono, identificado como Dios Padre (Ap 4,2), y todos los seres que están alrededor del Trono, tanto los Ancianos que ejercen una función sacerdotal, como los Vivientes que parece que hacen alusión a ángeles de Dios por mencionar las alas que tienen (Ap 4,8), dan culto durante todo el día al Señor repitiendo todo el tiempo:

“Santo, Santo, Santo, Señor, Dios Todopoderoso. Aquel que era, que es y que va a venir” (Ap 4,8),

y al mismo tiempo los Ancianos le dicen:

“Eres digno, Señor y Dios nuestro, de recibir la gloria, el honor y el poder, porque tú has creado el universo; por tu voluntad, no existía y fue creado” (Ap 4,11).

    Este culto de <<latría>> o adoración que los seres que están muy cerca del Trono del Señor, hacen el gesto de postración ante el Cordero degollado de pie, los Ancianos y los Vivientes (Ap 4,8), signo indiscutible de adoración; el mismo culto dirigido al que está sentado en el Trono, es ahora dirigido al Cordero de Dios, y no solamente ellos, sino toda corte celestial entendida como la totalidad de los ángeles de Dios que según el vidente eran millones y millones (Ap 5,11), quienes a una sola voz decían:

“Digno es el Cordero degollado de recibir el poder, la riqueza, la sabiduría, la fuerza, el honor, la gloria y la alabanza. Y toda criatura, del cielo, de la tierra, y de debajo de la tierra y del mar, y todo lo que hay en ellos, oí que respondían: Al que está sentado en el Trono y al Cordero, alabanza, honor, gloria y potencia por los siglos de los siglos. Y los cuatro Vivientes decían: Amén; y los Ancianos se postraron para adorar” (Ap 5,12-14).

   Primero se menciona solo a los ángeles de Dios quienes le rinden de manera particular el culto de adoración al Señor Jesucristo que ha vencido a la muerte por la resurrección y ahora constituido en Señor de toda la creación al ascender al cielo y sentarse a la derecha del que está en el Trono, recibiendo la misma gloria y dignidad que él:

“Después de llevar a cabo la purificación de los pecados, se sentó a la diestra de la Majestad en las alturas, con una superioridad sobre los ángeles tanto mayor cuanto más les supera en el nombre que ha heredado” (Heb 1,3-4).

 

Los Ángeles fomentan la adoración a Dios y a Jesucristo

    Pero de pronto el texto del Apocalipsis deja de poner la mirada de la adoración de los millones de ángeles al Cordero degollado, y ahora se hace un solo acto de adoración de todas las criaturas, tanto del cielo como de la tierra, pero la adoración es apuntando al que está en el Trono y al Cordero, es como si ambos se hubieran hecho una sola realidad en cuanto que ambos reciben el mismo culto de Latría o adoración, así toda la liturgia celestial está centrada en la adoración del que está sentado en el Trono y del Cordero degollado puesto de pie, misma acción que se deberá expresar en la liturgia de la tierra pues todos deberán postrarse ante el Nombre de Jesús para gloria de Dios Padre, ya que ha recibido el máximo galardón de parte de Dios en razón de su fidelidad y obediencia (Fil 2,6-11).

Los ángeles fieles a Dios no sólo adoran y se postran ante el Señor Jesucristo, sino que ayudan e inspiran a los seres humanos a adorar y reconocer al único Señor, es decir, el mejor trabajo de los ángeles al ejercer el ministerio es manifestar a los hombres el amor de Dios, pero al mismo tiempo conducir al hombre hasta la presencia misma de Dios para la adoración y el reconocimiento de la gloria de Dios.

(Continuará)

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