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NO DIGA ‘SINODALIDAD’, DIGA CONCILIARISMO

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Written by Padre Bonifacio

Ya parece que hemos asumido el término ‘sinodalidad’ como algo de uso corriente. Incluso se vierten ríos de tinta sobre «la ‘sinodalidad’ en la Iglesia primitiva», «la ‘sinodalidad’ en los Padres de la Iglesia», «la ‘sinodalidad’ en la vida y misión de la Iglesia», etc. Pero se trata de un término totalmente nuevo, inventado, un espantoso neologismo, y habrá que preguntarse: ¿y qué quieren decir con ese ‘palabro’? El peligro de los neologismos es que, si no se definen bien, pueden ser usados para confundir, sobre todo cuando son palabras próximas a otras, de la misma familia, pero que pueden ocultar un significado bien distinto. Es lo que pasa con palabras parecidas en lenguas distintas, que pueden confundir al que piensa que significan algo similar, cuando su significado puede ser muy distinto, como los adjetivos bizarre en inglés y bizarro en español, que parecen iguales pero no tienen nada que ver: en el primer caso significa ‘raro’, y en el segundo, ‘valiente’; vamos, tienen que ver lo que la velocidad y el tocino. Pero de hecho, a fuerza de extender el uso del bizarre ya casi se ha olvidado el significado de bizarro.

En este sentido, crear neologismos puede ser un método de confusión. Y Bergoglio nos tiene acostumbrados a este juego con palabros como ‘primerear’ o ‘balconear’, aunque uno de los que se lleva la palma es ‘misericordiar’, que ya confunde sólo a los más ingenuos, porque la praxis de Bergoglio (para un marxista como él, la praxis es superior a la teoría) nos ha aclarado multitud de veces qué quería decir con ‘misericordiar’, y si no, que se lo pregunten, por citar algunos ejemplos, a los Obispos Rogelio Livieres, Daniel Fernández o Héctor Aguer, a cardenales como Raymond Burke o Ludwig Müller, y a numerosas congregaciones y asociaciones de fieles. En Bergoglio la expresión no es clara y concisa, ni su argumento lineal y lógico, porque no ama la verdad, se mueve en la ambigüedad y la confusión. Por eso necesita inventar palabras para pervertir el léxico, y asesinar la gramática con expresiones inconexas y frases incompletas, para torcer la lógica.

Que la Iglesia ha tenido a lo largo de su historia Sínodos y Concilios, es evidente. De hecho la misma palabra Iglesia significa asamblea, reunión de hermanos. Y siendo ésta jerárquica, se entiende que haya habido asambleas de Obispos para hacer frente a cuestiones que así lo requerían, sobre todo para marcar una posición eclesial frente a herejías que iban surgiendo. La colegialidad de los Obispos se veía así plasmada, y el Espíritu Santo guiaba a la Iglesia, en comunión los Obispos entre ellos y con el Papa. Pero esas asambleas no son la forma de ejercer el gobierno de la Iglesia cual parlamentos modernos: los Obispos mantenían, como dice el Código de Derecho Canónico «toda la potestad ordinaria, propia e inmediata que se requiere para el ejercicio de su función pastoral, exceptuadas aquellas causas que por el derecho o por decreto del Sumo Pontífice se reserven a la autoridad suprema o a otra autoridad eclesiástica» (#381). El derecho canónico deja claro que «Corresponde al Obispo diocesano gobernar la Iglesia particular que le está encomendada con potestad legislativa, ejecutiva y judicial, a tenor del derecho» (#391); y asimismo que el Papa «es cabeza del Colegio de los Obispos, Vicario de Cristo y Pastor de la Iglesia universal en la tierra; el cual, por tanto, tiene, en virtud de su función, potestad ordinaria, que es suprema, plena, inmediata y universal en la Iglesia, y que puede siempre ejercer libremente» (#331).

Ciertamente, en los Concilios y en la acción conjunta de los Obispos dispersos por el mundo se ejerce la potestad universal del Colegio de Obispos sobre toda la Iglesia (cf. #337), potestad que es también «suprema y plena» (#336), pero «en unión con su cabeza [el Papa] y nunca sin esa cabeza» (#336). Es más: «Compete exclusivamente al Romano Pontífice convocar el Concilio Ecuménico, presidirlo personalmente o por medio de otros, trasladarlo, suspenderlo o disolverlo, y aprobar sus decretos […], determinar las cuestiones que han de tratarse en el Concilio, así como establecer el reglamento del mismo; a las cuestiones determinadas por el Romano Pontífice, los Padres conciliares pueden añadir otras, que han de ser aprobadas por el Papa» (#338),

En un rango inferior, «El sínodo de los Obispos es una asamblea de Obispos escogidos de las distintas regiones del mundo, que se reúnen en ocasiones determinadas para fomentar la unión estrecha entre el Romano Pontífice y los Obispos, y ayudar al Papa con sus consejos para la integridad y mejora de la fe y costumbres y la conservación y fortalecimiento de la disciplina eclesiástica, y estudiar las cuestiones que se refieren a la acción de la Iglesia en el mundo» (#342). Y en cualquier caso, «El sínodo de los Obispos está sometido directamente a la autoridad del Romano Pontífice» (#344).

Pues bien, hay una herejía llamada conciliarismo, según la cual el Concilio ecuménico representa a toda la Iglesia y obtiene su potestad directamente de Cristo, por lo que a esa potestad están sometidos y tienen que obedecer todos los fieles, la jerarquía y el mismo Papa. Fue condenado finalmente cuando el Concilio Vaticano I definió la plenitud de potestad del Romano Pontífice sobre la Iglesia.

Como el Concilio Vaticano II quedó «inacabado» para muchos, pues se ve que no tuvieron suficiente con «el espíritu del Concilio» para llegar hasta donde pretenden, Bergoglio en vez de convocar un Concilio Vaticano III que sería una declaración de guerra en el seno de la Iglesia, ha puesto a andar la engañifa de la ‘sinodalidad’, tras los sínodos amañados y perniciosos de la familia (y su Amoris Laetitia), de los jóvenes, de la Amazonía y, sobre todo, del «camino sinodal» alemán. Es una vía más maleable, más rápida y más eficiente para los fines para los que está diseñada.

La pretensión de Bergoglio es sobrepasar la Revelación y el Magisterio, y arrogarse toda la autoridad para crear una nueva Iglesia que ya no es la Iglesia de Cristo, con el pretexto y escondiéndose bajo la supuesta autoridad «sinodal» basada en los nuevos «lugares teológicos» de la participación, la escucha y el discernimiento, en parlamentos pseudo-democráticos donde todo y nada se debate por todos y por nadie, y que plasman en sus resúmenes la voluntad preconcebida de los que manejan hábilmente los hilos de semejante teatro. Pero como para conceptuar este plan no podía usar la expresión conciliarismo, que ya está caracterizada como herejía (y quedaría poco estético), fue necesario seguir creando lenguaje: ¡acaba de ‘nacer’ la ‘sinodalidad’!

Toda la obra y enseñanza de Bergoglio tienen como objetivo el que acabamos de explicar, como también muchos de los acontecimientos «eclesiales» de los últimos años. Pero aunque Bergoglio es un tirano (caracterizado así por muchos clérigos que lo padecen en el Vaticano, y retratado como tal en el libro «El Papa dictador» de Henry Sire), para guardar las formas y para destruir mejor a la Iglesia ha querido hacerlo «sinodalmente». Es muy conocido el dicho según el cual una calumnia repetida mil veces termina siendo ‘verdad’. A fecha de hoy nos han bombardeado miles de veces con este espantoso neologismo. Pero a veces las palabras se refieren no a realidades, sino a trampas y engaños. La ‘sinodalidad’ no existe, existían los Sínodos. Lo que hay ahora es tiranía y conciliarismo (herejía), un plan de marketing para realizar no una reforma sino una deformación de la Iglesia siguiendo una agenda del diablo, y así ponerla al servicio no del reino de Dios y de la voluntad de Cristo su Señor, sino al servicio del reino del anticristo y de los planes del Enemigo. Eso y no otra cosa es lo que querían decir con ‘sinodalidad’. Y es que detrás de las lenguas bífidas hay una mente entenebrecida, o dicho al revés: de una mente oscura y maligna no puede provenir una expresión clara y correcta, sino palabras falaces y engañosas.

Es curioso que la única vez que la palabra «sínodo» (συνοδία) aparece en la Sagrada Escritura es en Lc 2,44, cuando se traduce por la «caravana» en la que, regresando de Jerusalén a Nazaret, los peregrinos judíos caminaban juntos pero sin Jesús, que se había quedado en el Templo. José y María se salieron del «sínodo» al encuentro de Jesús, quien estaba enseñando la verdad a los «maestros» de la Ley.

Cuando Obispos alemanes decidieron que había que cambiar la doctrina católica y la disciplina de los sacramentos, y para ello iban a organizar un Sínodo, para aprobar esos cambios (ya previamente preparados), se les dijo desde Roma que no podían llamarlo Sínodo. Entonces hicieron lo mismo que querían hacer pero llamándolo «Camino sinodal». Los sustantivos se adjetivan, para sustantivar los adjetivos: De Roma fuimos a Berlín y ahora de Berlín llegamos a Roma, de los Sínodos fuimos al «camino sinodal» y ahora de lo «sinodal» llegamos a la ‘sinodalidad’. Parece lo mismo pero no es lo mismo. Hemos abandonado los Sínodos para llegar a la ‘sinodalidad’. Un Sínodo es una asamblea de Obispos, es algo católico, la ‘sinodalidad’ es un método para, con apariencia de catolicidad, situar a sujetos sin fe católica por encima de la Iglesia y del mismo Jesucristo y de la divina Revelación. No pretenden llegar a un neo-magisterio, pretenden abolir la misma palabra de Dios, erigiéndose en jueces en vez de en siervos de la Verdad. Los Concilios y Sínodos estaban al servicio de la Verdad contra las herejías. La ‘sinodalidad’ está al servicio de las herejías contra la Verdad.

No hace falta explicar las propuestas de los distintos documentos del «Sínodo de la sinodalidad», ni las conclusiones del reciente «Camino sinodal alemán», que son bastante coincidentes, como en el tema de la ordenación de diaconisas o en el de la progresiva aceptación de la agenda LGTBX. De hecho, al albur de estos vientos ‘sinodales’ Obispos franceses acaban de solicitar a Roma la abolición de la Sagrada Escritura y el Magisterio de la Iglesia en cuanto a su condena de los actos homosexuales.

Aquí no se ven Obispos bizarros, tan sólo se ven Obispos «bizarres». Y no, no es lo mismo, ni parecido, ¡ni mucho menos! Más bien es lo contrario.

Los Obispos, sucesores de los Apóstoles, tienen la grave responsabilidad de velar por el bien de la Iglesia y defenderla contra los ataques que sufre. Ante el silencio de la casi totalidad de los Obispos del mundo, callados como mudos (o como algo peor que mudos) frente a todo lo que está sucediendo, ¿qué podemos decir? Que han perdido la autoridad. Eligiendo ser perros mudos, por cobardía unos, otros por conciliarismo y por ser herejes ellos mismos, otros por ser infiltrados, o por lo que sea, pero por ignorancia no cabe en este caso… Ellos mismos se han desautorizado para actuar en nombre de Jesucristo como pastores del pueblo de Dios.

No diga ‘sinodalidad’, diga conciliarismo. No diga ‘sinodalidad’, diga secta que promueve la herejía y el cisma. No diga ‘sinodalidad’, diga apostasía. No diga ‘sinodalidad’, diga falsa Iglesia, la ramera del Apocalipsis.

El ‘camino sinodal’ alemán ha aprobado la bendición de parejas homosexuales, la comunión a personas en uniones adulterinas (lo que no hacía falta que aprobasen, puesto que ya había sido declarado magisterio universal por Bergoglio en 2017 en las AAS), la transexualidad y el cambio de nombre en los libros de bautismo, y a partir de ahí -vía transexualidad, que además puede ser «fluida»- la ordenación de mujeres o la entrada de hombres en conventos de monjas. Pero estos hechos, que nos dibujan algo más hediondo todavía que lo que pasó en Sodoma y Gomorra, no son tan graves como la prostitución de la idolatría espiritual a que ha conducido este ‘camino sinodal’: se creen por encima del bien y del mal, por encima de Dios, nuestro Creador, de Dios nuestro Redentor, de Dios Espíritu Santo. Adoran su propio ego rebelde, adoran el dinero en que manan por el impuesto religioso alemán, adoran al mundo y sus placeres, y en definitiva, a Satanás, el Príncipe de este mundo.

El Espíritu de profecía usa en el Antiguo Testamento la imagen de la prostitución para referirse a la actitud del pueblo de Dios que ha quebrantado la Alianza, siendo infiel a Dios, principalmente por medio de la idolatría y la apostasía. Así, Israel merece una reprensión severa de parte de Dios, que busca, no obstante, la conversión y no la muerte de Israel. Pero esa conversión pasa necesariamente porque sea consciente de su realidad, de que vea su verdad, que se dé cuenta de dónde ha caído, y se arrepienta profundamente. Por eso Dios usa imágenes duras y vívidas humanamente, que reflejan una realidad todavía más dura en el espíritu, como las sobrecogedoras profecías de Jeremías 3 y Ezequiel 16, pero muchos otros textos (cf. Is 57; Jr 2,18ss; Jr 13,24-27; Ez 6,9; Ez 16,14ss, Ez 23, Oseas, etc.). Se dice de Israel apóstata que se edificó un prostíbulo (cf. Ez 16,24) y que en vez de recibir regalos pagaba a los amantes que seducía (cf. Ez 16,33-34): «eras tú la que pagabas, y no se te pagaba: ¡ha sido al revés! Pues bien, prostituta, escucha la palabra de Yahveh» (Ez 16,34-35).

En el Nuevo Testamento, el Espíritu de profecía ahonda en esas imágenes, cuando en el Apocalipsis ya no habla de una ramera, sino de «la madre de las rameras» (17,5) que es una ramera de categoría especial, «la célebre Ramera» (17,1), y dice que «con ella fornicaron los reyes de la tierra» (17,2; cf. 18,3), es decir, la falsa iglesia prostituida con Bilderberg y al servicio de la agenda del nuevo orden mundial. Esa cuyo pecado es mucho mayor, porque después de haber sido pueblo infiel que se volvió ramera (Israel que se contaminó con las abominaciones de Egipto o Asiria) o pueblo pagano que ya vivía en la prostitución, recibió la gracia de la redención, y todos los cuidados para ser desposada en fidelidad, lavada y purificada con la sangre del Cordero y sellada con el Espíritu de santidad; y aun así, ha apostatado… En ella se cumplen aquellas duras palabras del Espíritu Santo por medio de San Pedro: «su postrera situación resulta peor que la primera. Pues más les hubiera valido no haber conocido el camino de la justicia que, una vez conocido, volverse atrás del santo precepto que le fue transmitido. Les ha sucedido lo de aquel proverbio tan cierto: ‘el perro vuelve a su vómito’ y ‘la puerca lavada, a revolcarse en el cieno'» (2 P 2,20-22). El mismo Señor Jesucristo añade a la imagen de la casa de prostitución la de la cueva de ladrones, que roban la gloria de Dios y buscan su interés sin reparar en la justicia: «Está escrito: Mi Casa será Casa de oración. ¡Pero vosotros la habéis hecho una cueva de bandidos!» (Lc 19,46). Apocalipsis une las dos imágenes (cf. Ap 18,3).

Así, el Apocalipsis retrata a esta gran ramera, la iglesia mundana que abandona a Dios para hacer todo tipo de componendas con el espíritu del mundo, con los placeres de la carne y dar cobijo a toda clase de espíritus impuros; y dice que desvió a los hombres arrastrándolos a la apostasía: «los habitantes de la tierra se embriagaron con el vino de su prostitución» (Ap 17,2; cf. Ap 18,3). Es más, la presenta con poder del Maligno y a su servicio: «sentada sobre una Bestia de color escarlata, cubierta de títulos blasfemos; la Bestia tenía siete cabezas y diez cuernos. La mujer estaba vestida de púrpura y escarlata, resplandecía de oro, piedras preciosas y perlas; llevaba en su mano una copa de oro llena de abominaciones, y también las impurezas de su prostitución, y en su frente un nombre escrito -un misterio-: ‘La Gran Babilonia, la madre de las rameras y de las abominaciones de la tierra'» (Ap 17,3-5).

No diga ‘sinodalidad’, diga casa de putas.

Y por cierto, no diga ‘Papa Francisco’, diga jefe de esa casa de putas.

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Padre Bonifacio

Sacerdote español misionero, superviviente de no pocas batallas por la gracia de Dios, con humor para reírse de sí mismo y celo por todas las almas.

1 Comment

  • Es bastante sugerente que la presentación de un partido político español con el nombre de «Caminando juntos» se haga en un macroprostíbulo (Geisha, de Granada), o que su candidata por Valencia sea la líder de una asociación nacional de prostitutas y prostitutos. El nombre les sienta muy bien…

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