Triste fecha la del 14 de junio para nuestra Argentina. En 1982, concluía la batalla de Puerto Argentino, por nuestras Islas Malvinas; ante la mayor fuerza bélica de la historia, comandada por los poderes que están detrás de Inglaterra y Estados Unidos. En este 2018, la cámara de diputados dio media sanción a la legalización del aborto. Y aunque se aguarda ahora su tratamiento en la cámara de senadores, sabemos perfectamente que sean cuales fuesen los resultados, la batalla continuará. Porque lo que está en juego, en definitiva, es nuestra capacidad de hacernos cargo – por supuesto con la gracia de Dios- de nosotros mismos; en particular, de los más débiles e indefensos. O de sucumbir a la oligarquía mundialista del poder del dinero; de suyo antivida y antifamilia.
En estas horas, los sacerdotes, escuchamos el llanto de tantísimos hijos (niños, jóvenes, adultos y ancianos), que no encuentran consuelo ante la ferocidad de esta guerra contra los inocentes. No damos abasto a la hora de responder consultas en la calle, llamados telefónicos, y mensajes de quienes buscan, en estos momentos de zozobra, una palabra de consuelo y esperanza. Bronca, impotencia, indignación y escepticismo buscan desbordar, incluso, los corazones más fuertes… En esta congelada mañana argentina, la fría espada de la traición hiende la entraña misma de la Patria…
¿Cómo llegamos a esto? ¿Acaso nuestro país se acostó provida, y se despertó abortista? Ciertamente que no. Con una creciente descristianización, montada en esmeradas artes de manipulación; con la degradación de las estructuras educativas; con la desintegración de la familia y, sobre todo, con muchísimo dinero, el Nuevo desOrden Mundial hace años que viene buscando destruir países como el nuestro… Nunca nos cansaremos de repetirlo: no es una guerra contra la pobreza, es una guerra declarada contra los pobres. Contra quienes estamos de más, en un mundo ideado por pocos y para pocos…
¿Cómo seguir ahora? En primerísimo lugar, teniendo conciencia de que “nuestra lucha no es contra enemigos de carne y sangre, sino contra los Principados y Potestades, contra los Soberanos de este mundo de tinieblas, contra los espíritus del mal que habitan en el espacio” (Ef 6, 12). Por lo tanto, a seguir con nuestras oraciones, penitencias y misas ofrecidas. ¡A dar razones de la esperanza que tenemos (1 Pe 3, 15)…! Y a no cortar la maravillosa ola celeste que, con tanto fervor, con tanta fuerza, con tanta familia, y con tantos sacerdotes y consagrados se hizo bien presente en las calles, en los medios de comunicación, y en todos los espacios públicos habidos y por haber. Y como solo la organización vence al tiempo, ha llegado la hora de fortalecer, consolidar y multiplicar esa presencia.
Son muy bienvenidos, como quedó demostrado, todos los creyentes de otras religiones, los que están en busca de la verdad, y los hombres de buena voluntad que defienden el plan de Dios para el mundo, y el consecuente orden natural. De cualquier modo, estemos bien honrados los católicos de ser los abanderados de esta causa. Y de estar en primerísima línea del combate; no para nuestro honor, sino para la Victoria de Cristo Rey.
LA BATALLA POR LA VIDA CONTINÚA, entonces, de rodillas ante el Sagrario; sentado ante los libros y las computadoras; y de pie y marchando en los colegios, la universidad, el trabajo, y la calle. No esconderemos debajo del cajón la lámpara, sino que alumbraremos a todos los que están en casa (Mt 5, 15).
LA BATALLA POR LA VIDA CONTINÚA, con absoluta independencia de circunstanciales y manipuladas votaciones, en todos los hogares; especialmente en los más pobres, que han sido otra vez usados por los que, desde el poder financiero mundial, les han declarado la guerra y decretado su exterminio. Quienes vivimos y evangelizamos entre los pobres sabemos que el porcentaje de aborto es muy inferior al de las demás capas sociales. Y que aquí resuena ampliamente el llamado del Señor: Hoy tomo por testigos contra ustedes al cielo y a la tierra; yo he puesto delante de ti la vida y la muerte, la bendición y la maldición. Elige la vida, y vivirás, tú y tus descendientes (Dt 30, 19).
LA BATALLA POR LA VIDA CONTINÚA a puro combate por la dignidad de la mujer, y del varón, creados a imagen y semejanza de Dios (Gn 1, 27). Con la absoluta convicción de que, cuando en una o en otro se degrada, ambos irremediablemente se pierden.
LA BATALLA POR LA VIDA CONTINÚA profundizando, ciertamente, en los aspectos científicos, filosóficos, jurídicos, sociológicos, psicológicos y políticos. Sabiendo que, claro está, el teológico es el fundamento de todos ellos, y les da al mismo tiempo su plenitud. Somos el pueblo del Dios que nos mandó no matar (Ex 20, 13). Y porque Dios amó tanto al mundo, que entregó a su hijo único para que todo el que cree en él no muera, sino que tenga Vida eterna (Jn 3, 16).
LA BATALLA POR LA VIDA CONTINÚA en cada embarazo, en todos los rincones del país y en las situaciones más diversas. Seremos juzgados por el alimento, la bebida y el cuidado que le demos a cada niño por nacer, y a su madre (Mt 25, 31 – 46).
LA BATALLA POR LA VIDA CONTINÚA en cada hogar; especialmente en las familias numerosas. Es inapelable mandato de justicia social apoyar, con todos los medios posibles, a quienes por amor a Dios y, desde Él, al pueblo tienen hijos. Y no sancionar leyes que cuidan y protegen más a las mascotas que a las personas.
LA BATALLA POR LA VIDA CONTINÚA, sin tregua, sin descanso de ninguna especie; y con la absoluta seguridad de que está fuera de toda discusión. Y aunque se esté cumpliendo la profecía del genial Chesterton: llegará el día en que será preciso desenvainar una espada por afirmar que el pasto es verde en verano; sabemos que solo el que hace la voluntad del Padre que está en el Cielo entrará en el Reino de los Cielos (Mt 7, 21).
LA BATALLA POR LA VIDA CONTINÚA porque cada vida es de Dios; y nosotros no somos sus dueños sino sus administradores. Nuestra propia vida y, en consecuencia, la verdadera libertad, solo tienen su dignidad en Aquel que nos trajo la vida en abundancia (Jn 10, 10).
LA BATALLA POR LA VIDA CONTINÚA porque nosotros tenemos que obedecer a Dios antes que a los hombres (Hch 4, 19 – 20; 5, 29). Y, con su gracia, no caeremos en la idolatría del antinatalismo; disfrazado de libertad y libre elección.
LA BATALLA POR LA VIDA CONTINÚA porque no es ni optativa ni secundaria, sino el camino insustituible de la Iglesia en el Tercer Milenio; como nos lo enseñaran especialmente, con vigorosa ciencia y testimonio, el beato Pablo VI y San Juan Pablo II. Todo el tiempo debemos recordar que siendo un niño por nacer, Jesús se manifestó en primerísimo lugar a otro niño por nacer (Lc 1, 39 – 45).
LA BATALLA POR LA VIDA CONTINÚA llamando a las cosas por su nombre. El aborto no es interrupción del embarazo, pues no se puede continuar esa vida tronchada. Y el niño por nacer no es parte del cuerpo de la madre; es otro cuerpo, alojado provisoriamente en el cuerpo de la madre, como el de ella estuvo en el cuerpo de la suya. Cuidar el lenguaje es imprescindible para seguir luchando.
Aquel 14 de junio de 1982, con mis jóvenes 21 años, también entre lágrimas, como millones de argentinos, juré no rendirme nunca. Y no traicionar jamás las raíces católicas e hispánicas que me nutren desde mis mayores. Otro 14 de junio, el de 1976, partió a la Casa del Padre mi abuela paterna Paula. Puertorriqueña de nacimiento, jamás renunció a la identidad ibérica de su natal isla caribeña. De ella, de mis otros abuelos y de mis padres; y, por supuesto, de los queridos e inigualables sacerdotes que me formaron, y de los héroes de Malvinas, aprendí que todo lo podemos en Aquel que nos conforta (Flp 4, 13). Y que en nuestro paso por la tierra (una mala noche, en una mala posada, como sabiamente nos enseñó Santa Teresa de Jesús), solo debemos preparar el camino para el regreso victorioso del Señor (Ap 22, 20); que vendrá a juzgar a los vivos y a los muertos (2 Tm 4, 1). Él, que es la Palabra, tendrá la última palabra…
+Padre Christian VIÑA
Cambaceres, 14 de junio de 2018.
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