MARÍA PUERTA DEL CIELO; ARQUITECTA DE ETERNIDAD — Como Vara de Almendro
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MARÍA PUERTA DEL CIELO; ARQUITECTA DE ETERNIDAD

MARÍA PUERTA DEL CIELO; ARQUITECTA DE ETERNIDAD

Homilía del padre Christian Viña, en la Santa Misa del monasterio carmelita Regina Martyrum y San José, de La Plata, en la novena de Nuestra Señora del Carmen (Miércoles 11 de julio de 2018).

 

Lecturas: Ap 21, 1 – 5a

Sal 121, 1-2. 3-4. 8-9

Mt 25, 1 – 13

    Jesús, nuestro Rey y Señor, la puerta por la que debemos entrar para salvarnos (Jn 10, 9), nos deja en el capítulo 25 del Evangelio según San Mateo una de las páginas escatológicas más bellas y conmovedoras de toda la Biblia. Se inicia el mismo con el pasaje que acabamos de proclamar sobre las diez doncellas del cortejo; sigue con la parábola de los talentos, y concluye con la escena majestuosa del Juicio Final, en que Cristo Rey del universo nos pondrá a cada uno en su lugar: en el Cielo o en el infierno.

    Todo el capítulo 25 es, así, un apremiante llamado a la conversión, a la vigilancia, al trabajo sin excusas por el Evangelio. Es, entonces, una lucha decidida contra la pereza, los vanos pretextos, los temores mundanos y la falta de celo apostólico.

    La parábola que terminamos de escuchar nos muestra dos grupos bien definidos: el de las cinco vírgenes necias, y el de las cinco sensatas. No existe un tercer grupo, con un poco de cada uno. No hay grises en el anuncio, el testimonio y en la espera de Jesucristo: o se está con Él, y se lo aguarda ardientemente; o se termina durmiendo, con aparente tranquilidad, pero con la horrible pesadilla de quedarnos sin la mejor parte (Lc 10, 42).

    Al no cargar el aceite en sus lámparas, las necias se abandonaron no solo en la vagancia sino, sobre todo, en su falta de fe. Habrán pensado –como lamentablemente tantos piensan hoy- que el esposo, a su llegada, les diría no se preocupen, está todo bien; entren igualmente a la fiesta que es para todos, todas, y todes; como la tiránica ideología de género pretende imponer, en su atea sinrazón, y en su analfabetismo gramatical. Habrán pensado –como tantos creen actualmente- que el Señor ejercería una imposible misericordia sin justicia; o sea, una arbitrariedad sin fronteras entre el bien y el mal.

    Las necias apelaron, entonces, al viejo vicio de vivir del sacrificio de los demás, sin aportar nada al bien común. Ante la apremiante llegada del Esposo ni siquiera intentaron salir corriendo a comprar aceite, asumiendo su negligencia; solo apelaron al mangazo, tan típico de los indolentes y egoístas.

     Lo cierto es que el banquete de bodas comenzó y se cerró la puerta (Mt 25, 10). Y las necias se quedaron afuera. De nada sirvieron los gritos desesperados pidiéndole al Señor entrar (Mt 25, 11). Os lo aseguro: no os conozco, fue la respuesta (Mt 25, 12). Menos mal que esta parábola fue en Palestina, hace dos mil años. Si hubiese sido en nuestra Argentina de este siglo XXI, posiblemente incluiría pretextos de las vírgenes necias como: estaban cerrados los supermercados; no tenía cargada la tarjeta Sube, para poder viajar;  o –lo más probable- me robaron el aceite por el camino

    La lógica advertencia sobre la necesidad de estar prevenidos, porque no sabemos ni el día ni la hora (Mt 25, 13) en que tendremos que rendir cuentas a Dios, es entonces un sacudón definitivo a nuestra tendencia a dormirnos; y un llamado a volvernos, definitivamente, de cara a Dios, dándole la espalda a todo lo que nos separa de Él. Todo lo recibimos de su generosidad; en nosotros, con su gracia, está cargar el aceite. Él enciende la luz porque Él mismo es la Luz, para que no andemos en tinieblas (Jn 8, 12). Él nos indica con su brillo que nuestra salvación es regalo de Dios pero, también, conquista del hombre.

    La primera lectura, del Apocalipsis, nos muestra en todo su esplendor la fiesta de Bodas definitiva: la del Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo, con la Nueva Jerusalén, con la Iglesia amada; por la que Él entregó su vida. Es ese cielo nuevo y esa tierra nueva; morada eterna de Dios en la que Él acampa entre los hombres. El Señor, que todo lo hace nuevo (Ap 21, 5a), está para siempre con su pueblo elegido; y, por lo tanto, ya no hay muerte, ni luto, ni llanto ni dolor (Ap 21, 4). Tampoco, claro está, vanos pretextos de los infieles y renegados.

    En el salmo responsorial, como respuesta a ese pasaje del Apocalipsis, expresamos nuestra felicidad por ir con alegría a la Casa de Señor. Y exultamos por tener aquí, en la Tierra, un anticipo del Cielo; pues ya están pisando nuestros pies tus umbrales, Jerusalén (Sal 121, 2).

    En el Aleluya, igualmente, dirigiéndonos a nuestra Madre Santísima, exclamamos: Las puertas del paraíso, que Eva había cerrado, por ti se han vuelto a abrir, Virgen María. Ella, nueva Eva, madre del nuevo Adán, Jesucristo – la puerta por la que entran las ovejas (Jn 10, 7)-, es la Puerta del Cielo, que dio paso a nuestra Luz; como cantamos en una de las antífonas al concluir la oración de Completas. Ella, la llena de gracia, es arquitecta de eternidad, como Corredentora del mundo. Ella, íntimamente unida a su Hijo, el único Salvador, es la verdadera Puerta por la que nos vino la definitiva Puerta; la que cierra, para siempre, todos los caminos de perdición.

    Ella es, como rezamos en la Liturgia de las Horas, la puerta altísima del Rey y la entrada fulgente de la luz. Y, exaltando su compasión, exclamamos: para que al cielo ingresen los que lloran, eres tú la ventana del costado (cf. Himno de Laudes. Común de la Virgen María).

    Emociona ver en no pocos monasterios carmelitas, y otros sitios de culto, la inscripción Casa de Dios y puerta del Cielo; tomada del Génesis (28, 17), y pronunciada por Jacob al despertar del sueño, en el que vio una escalera que se apoyaba en la tierra, y cuya cima tocaba el Cielo; y ángeles de Dios subían y bajaban por ella. Nuestra Señora del Carmen es la que libera del Purgatorio a todas las almas que hayan portado el escapulario durante su vida, para llevarlas al Cielo. Ella es la refrescante salida de las penas temporales hacia la felicidad definitiva. Conmueven, por lo tanto, los versos de nuestro poeta Redente Américo Bertero:

Amor y solo amor abre esta puerta

Porque es puerta de luz y de esperanza,

Porque es puerta de paz y de bonanza

Y por ello de par en par abierta.

    Esta casa; casa de oración, sacrificio y penitencia tiene, gracias a Dios, muchas más que cinco vírgenes prudentes. Ellas son, con su propia vida, uno de los aceites más preciados en las lámparas de la Santa Madre Iglesia. Son el combustible irremplazable para iluminar y mover al cuerpo místico del Señor. Pero aun así; o, mejor dicho, por eso mismo, sufren incluso las burlas y persecución de los necios. De los que, mucho más que dormidos, habitan en tinieblas y en sombra de muerte (Lc 1, 79).

    ¿Y qué hacen las monjas?, ¿no sería más útil que salieran a hacer algo por los pobres?; ¿por qué viven encerradas tras las rejas?; ¿por qué se esconden tras esas paredes?; ¿tan diferentes se creen que se aíslan del mundo?; ¿por qué tenemos que mantenerlas?; son algunas de las tantas preguntas que, con incredulidad y resentimiento se hacen desde el mundo, y lo que es peor, desde algunos miembros de la Iglesia. A los que no tienen fe, o solo poseen una visión materialista y, obviamente, sesgada de ella es imposible contestarles desde la razón. Y, como ya tienen su propia respuesta, es inútil intentar hacerlo. Como me dice, en su frescura adolescente, un querido sobrino: Tío, no des tantas explicaciones. Los amigos no las necesitan, y los enemigos no las creen. Los amigos de estas monjas sabemos que ellas rezan y trabajan, por los que no rezan ni trabajan. Sabemos que son absolutamente libres, entre rejas. Y que esos pesados barrotes de acero, lejos de aislarlas las preservan del mundo. Desde esa trinchera, entre muros y aceros, ellas dan el combate para que ese mundo no se pierda. ¿Y de los pobres?: las primeras bien pobres son ellas; que viven de la limosna, de su propio trabajo intelectual y material y de sus sacrificios absolutamente ignorados por la sociedad. Además, para ocuparse de los pobres están los que los generan y multiplican con sus perversas políticas; y los que se llenan la boca hablando de ellos, y les dan poco y nada y, encima, viven como ricachones, con o sin votos o juramentos…

    El cinismo que envuelve a buena parte de nuestra sociedad, claro está, no puede dejar de ensañarse con la vida monástica. Lo curioso es que, quienes viven proclamando la libertad absoluta, sin límites, sin condiciones, para elegir cualquier estado o condición de vida, se escandalizan cuando unas vírgenes enamoradas de Cristo entran al convento, para entregarse totalmente a Él. Lo que no soportan, más que los consejos evangélicos, es la fe de estas mujeres. No soportan que permanentemente nos conduzcan hacia el Cielo. No soportan su testimonio de eternidad, en un mundo que se ahoga en su materialismo.

    Mientras otras mujeres que reniegan de ser mujeres, buscan acabar con el hombre, estas vírgenes, esposas del Dios Hombre, nos enseñan que solo en Él está la verdadera y definitiva felicidad. Por eso, queridísimas hermanas, sigan mostrándonos cada vez con más fuerza, el Camino hacia el Cielo, con más oración, más sacrificio, más penitencia; y, en los signos exteriores, con más hábito, más rejas, más clausura, y más fidelidad a las reglas. Las modas modernistas pasan y dejan un tendal de conventos cerrados, y congregaciones agonizantes. ¡Sigan derrochándonos, desde el Divino Esposo, la auténtica vida en abundancia (Jn 10, 10)…!

    En esta Argentina paganizada, que quiere legalizar el abominable crimen del aborto, hagan suyos los versos de nuestro gran poeta Francisco Luis Bernárdez, a la Virgen Santísima:

Nuestra Señora de los Buenos Aires;

Antes de que aparezca el Anticristo,

Pídele a Dios que funde a Buenos Aires

Por vez tercera, pero en Jesucristo.

   Hoy, la Santa Madre Iglesia, celebra a San Benito, abad; el fundador del monacato occidental, uno de los patronos de Europa, pues el así llamado Viejo Mundo, surgió al amparo de los monasterios. Pidamos su intercesión, también, para este Carmelo. Los monasterios, como lo demuestra la historia, no son un añadido más o menos valorado a la civilización. Son el origen mismo de la civilización.

    Permítanme, al concluir, una referencia familiar. Se cumplen hoy cinco años del fallecimiento de mi mamá, Susana Aída, por cuyo eterno descanso celebro, también, esta Santa Misa. Dios permitió que llegara a verme sacerdote; y que, apenas siete meses después, le administrase la Santa Unción. Regalo enorme del Señor para ella y para mí: Él me dio la vida de la tierra, por ella; y a ella le dio la vida del Cielo, a través de este hijo sacerdote. Murió en la novena de la Virgen del Carmen; que, seguramente, le abrió de par en par la puerta del Cielo. Estoy muy feliz, entonces, de celebrar aquí, en este día, el Santo Sacrificio de la Misa. Que podamos vivir, cada Misa, entre el Cielo y la Tierra, en el umbral de esa Puerta. Hasta que resuene nuestro Amén, con la gracia de Dios, del otro lado de la misma. Allí donde la Virgen nos espera, para seguir derramando eternidad…

+Padre Christian Viña

De izquierda a derecha, Hna. Pilar, diácono Santiago Alemán, un servidor, padre Isidro Cipres, y Hna. Angélica (11 de julio de 2018).

 

Con Siervas de Jesús de la Caridad, el padre Isidro Cipres, FI, y el diácono Santiago Alemán (11 de julio de 2018).

 

Con el padre Isidro Cipres, Franciscano de la Inmaculada, y el seminarista Carmelo (11 de julio de 2018).

 

De izquierda a derecha, seminarista Carmelo, Hna. Pilar. un servidor, el P. Isidro Cipres, y la Hna. Angelica (11 de julio de 2018).

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