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Don Minutella advierte: “Dios ya no está en esos templos”

Desde Como Vara de Almendro queremos puntualizar que las palabras a que se refiere Don Minutella de que “Dios ya no está en esos templos” hacen refierencia claramente a Dios, a su presencia divina expresada en sentido metafórico, no a Jesucristo, no a la segunda persona de la Santísima Trinidad presente en la Sagrada Eucaristía, dado que en las especies sacramentales siempre se conserva la presencia de Cristo. De hecho, somos conscientes de que Cristo siempre sigue presente en cualquier profanación que se haga directamente a la Eucaristía. En otras palabras, entendemos que dichos actos profanatorios alejan la presencia de Dios de los templos, del Dios omnipresente, pero que ante tantas ofensas y desacralizaciones no gusta estar más en esos lugares. Por tanto, como dice el propio Don Minutella, hay que hacer actos de reparación y volver a consagrar esos lugares a fin de que Dios tenga a bien mirarlos con amor y hacer sentir su presencia a los fieles.
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¿Hasta cuándo, Señor, tendremos que presenciar esta decadente y vergonzosa farsa?

Hace tiempo vengo preguntándome en qué se han convertido nuestras iglesias. Si logro encontrar la mía silenciosa y tranquila, doy infinitas gracias al Señor, cuando eso debiera ser la tónica general. Es decir, Iglesia, sinónimo de silencio, de sagrado, de presencia de Dios. Lugar de descanso para el alma, lugar donde volcar con Dios nuestros corazones y donde Dios derrama sus gracias. Pero para nuestro dolor, cuántas veces constatamos que el silencio, la sacralidad y la presencia de Dios en los recintos santos parece haber desaparecido. Encontrar una iglesia que reúna todos los requisitos necesarios para hablar con el Señor, es en ocasiones toda una aventura, cuando no una misión imposible. Y lo peor de todo es que ya nadie puede corregir fraternalmente al hermano que habla en demasía o en voz alta en la iglesia. Parece que todos tienen “derecho” a hablar y a vociferar, cual si estuvieran en su propia casa.

Recuerdo cuando era niña como mis padres, las monjitas del colegio, mis formadores, siempre me enseñaron a guardar el más absoluto silencio en la capilla o en la iglesia. La explicación era muy simple: ¡Ahí está Jesús! A la iglesia se viene a hablar con Él. Con el correr de los años he ido viendo como estas simples enseñanzas que recibimos muchos en nuestra infancia se han ido diluyendo y ahora, ya nadie sabe que la primera norma para estar en la casa de Dios es el silencio. ¡Bendito silencio! ¿Quién te pudiera encontrar? Yo he ido a buscarlo muchas veces a mi parroquia, y mi oración ha terminado siendo: “¿Hasta cuándo, Señor?”

Las lecturas de la misa de ayer, miércoles 21 de febrero, nos recuerdan la llamada a conversión que el profeta Jonás hace llegar a Nínive, el pueblo pecador, que tras escuchar la prédica del hombre de Dios se convierte, hace penitencia con saco y ceniza y Dios, al ver su arrepentimiento,  se echa atrás en su sentencia de exterminar la ciudad y la salva.

También ayer, precisamente, Don Minutella, un Jonás de nuestros días, compartía en Radio Domina Nostra un fragmento de su oración matutina de uno de los Padres de la Iglesia en el que se hace referencia al momento en que Cristo echa del templo a los cambistas y vendedores. Dice el texto:

“¿Qué castigo crees que Dios no habría infligido si encontrara gente riendo o hablando de cosas frívolas, o intentando algún otro tipo de infelicidad? Porque si el Señor no sufre que sus asuntos temporales sean tratados en su casa, pudiéndose negociar libremente en cualquier otro lugar: ¿cuánto más esas acciones que no son lícitas en ninguna parte merecen la ira divina si se cometieron en los edificios consagrados a Dios?
(Beda el Venerable).

Seguidamente, cuenta Don Minutella, que escuchó dentro suyo las siguientes palabras: “Hijo mío, esas iglesias y basílicas donde han ocurrido estas abominaciones, no tienen más mi presencia divina. A mis ojos son iglesias desconsagradas. Será necesario un rito litúrgico de reparación y penitencia para que vuelvan a ser casa de Dios”.

Ciertamente, no dudo de las palabras de Don Minutella. Si Cristo mismo en su Evangelio dijo a los cambistas y vendedores:

“Escrito está: Mi casa es casa de oración; mas vosotros la habéis convertido en cueva de ladrones.” (Lc. 19;46)

Si Cristo dice que su casa es casa de oración, evidentemente, donde no se ora sino que se come y se platica como si se estuviera en un restaurante cualquiera, allí no está el Señor, es evidente. Dios no miente. Dios busca estar con los suyos en el silencio, para comunicarles aquello que quiere que sepan, para hacerles partícipes de sus más íntimos secretos. Podemos recordar como en el Evangelio, en tantas ocasiones, Cristo se apartaba del bullicio y del gentío, para orar con Dios Padre a solas. También se aleja de las aldeas para compartir y orar con sus discípulos. El cardenal Roberth Sarah, precisamente, nos habla de la importancia de todo este tema en su libro “La fuerza del silencio”, aunque para muchos sus palabras suenen a anacronismo.

Pero, ¿a qué  ha querido referirse Don Minutella?

Don Minutella, al encontrar dicho texto en su oración matinal, pretende darnos una catequesis al respecto del decoro y del respeto que se debe al Señor en sus templos. Así, aprovecha para traernos la triste memoria del “fraternal almuerzo” que se celebró en la Basílica de San Petronio el pasado 1 de octubre, en Bolonia, con pobres, refugiados y detenidos.  Las palabras que dirigió Francisco a la concurrencia fueron entre otras: “Ustedes están al centro de esta casa, la Iglesia los quiere al centro”. Puede ver la noticia aquí.  Es impresionante como Bergoglio utliliza siempre el plural para hacer ciertas afirmaciones que personalmente yo no comparto en absoluto. Yo soy parte de esa Iglesia a la que se refiere Francisco y para mi, el centro de la casa de Dios no es el hombre, es Cristo Jesús en el Santísimo Sacramento. Ante esa expresión populista y antropocéntrica me pregunto: ¿Qué evangelio es el que leyó Francisco? ¿Es el mismo que leo yo, o que lee Don Minutella? Yo leo en el mío de siempre: “Mi casa es casa de oración y vosotros la habéis convertido en cueva de ladrones”. Es dedir; entiendo, que el centro de la casa de Dios no es el hombre, aunque sea pobre y desahuciado, sino que las iglesias tienen como única y exclusiva finalidad ser eso: CASA DE ORACIÓN. Porque existen otros lugares para dar comidas, banquetes y conferencias. Lugares no sagrados, no consagrados al servicio del Señor, donde dichos eventos pueden llevarse a cabo perfectamente y sin problema alguno.

Vienen a mi memoria los momentos duros de la Guerra Civil Española, y también la Guerra de los Cristeros de México, que tantos mártires dieron a nuestra Iglesia católica. Durante estas bárbaras contiendas en que los enemigos de nuestro Señor trataban de hacer desaparecer todo vestigio de Dios, muchos templos fueron saqueados y profanados. Recuerdo la valentía del niño mártir, José Luis Sánchez del Río, que se enfrentó a aquellos desalmados y les echó en cara que la parroquia, que había sido convertida en gallinero, tenía un uso sagrado, era la casa de Dios, lugar santo de oración. Me pregunto qué pensaría y que no haría este valiente e intrépido muchacho si viera el triste espectáculo de las iglesias convertidas en “comedores sociales”. ¿Qué le diría al propio Francisco, al verlo sentado de cháchara en la iglesia de san Petronio, esperando a que le sirvieran el primer plato? Hermanos, qué tristeza ver estas cosas. Qué castigos no mereceremos si no denunciamos estas atrocidades. Un adolescente lo hizo y le costó la vida, vida que le segaron los enemigos de Dios. Nosotros, si alzamos la voz, corremos el riesgo solamente de parecer radicales, poco caritativos, faltos de misericordia para con los pobres. Pero, ¿Qué es eso en comparación con lo que los mártires sufrieron al ver despojar sus iglesias? Y si nos tocase morir, algo que no descarto en un futuro, ¿estaríamos dispuestos a hacerlo, si ahora no somos capaces de denunciar estas maldades y profanaciones?

Dijo Jesús:

“A los pobres los tendréis siempre, pero a mi no siempre me tendréis”(Mt 26;11).

Creo que esta sentencia de labios de Señor es una profecía cumplida, es clara y refrenda las palabras escuchadas por Don Minutella. Hemos echado a Dios de su casa, y hemos preferido recibir en ella a los pobres. Si en otro pasaje del Evangelio Cristo dijo “Yo estaré con vosotros hasta el fin del mundo”, Cristo no puede contradecirse. Es decir, siempre estará con nosotros si le ponemos en el centro de nuestra vida, en el centro de la celebración en la Eucaristía. En cambio, si en su lugar colocamos a los pobres, no siempre le tendremos porque ya no se hará presente en esos lugares, tal y como escuchó dentro de si Don Minutella.

“El cerdo en la iglesia…
Y todavía están discutiendo…
Son los Judas Iscariote.
No es por casualidad que su portavoz no hace más que santificar al traidor…”
( Palabras de Don Minutella con las que se refiere a Francisco excusando a Judas de su crimen: “Sí. Judas experimentó el peor mal que alguien puede sufrir. No fue bien acogido. Nadie le abrazó después de haber traicionado al Salvador. No hubo quién tuviese pena de él. Fue tratado con dureza y… sin saber qué hacer, buscó la horca.“)
Que el Señor se apiade de este pueblo, permita su conversión verdadera y lo salve como a Nínive. Pero para que ello suceda, no solo los fieles tienen que poner de su parte. Los jerarcas, con Francisco a la cabeza, tienen que ser los primeros en “vestirse de saco y sayal y cubrirse de cenizas”, pedir perdón y enseñar al pueblo lo que está bien y lo que está mal. Así fue como el Señor tuvo compasión de Nínive. Tal vez, si esto sucede, tenga también compasión de la Iglesia.
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“Los sacerdotes… enseñarán a mi Pueblo a distinguir lo Santo y lo profano…” (Ez 44,23)


“{Los sacerdotes} no profanarán las cosas sagradas que los hijos de Israel ofrecen al Señor.” (Lev. 22; 15)


“Y entró Jesús en el templo y echó fuera a todos los que compraban y vendían en el templo, y volcó las mesas de los cambistas y los asientos de los que vendían las palomas.”  (Mt 21; 12-13)

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Montse Sanmartí.

About the author

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Montserrat Sanmartí Fernández

Católica. Casada y madre de 10 hijos. Implicada desde 2009 en la defensa de la vida a través de CIDEVIDA. Delegada de Sanación Postaborto en el Viñedo de Raquel en España. Escribo por vocación como inquietud de llamada interior y deseando cumplir desde mi pequeñez el mandato que Cristo nos dio: "Id por todo el mundo y proclamad el Evangelio a toda criatura". Ya no hay excusas. Se puede evangelizar en todo el mundo, sin movernos de nuestra casa. Todo sea a mayor gloria de Dios y salvación de las almas.
montse.sanmarti@comovaradealmendro.es

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6 Comments

  • Que horror,Dios nos perdone y tenga puedad,hemos pecado terriblemente,que triste,como debe dolerle a nuestro Señor

  • Nooooo me supera esta nota!!! Querida Montse, imagino como estaba tu alma al escribir este articulo, pero debes seguir denunciando y nosotros los lectores te apoyaremos denunciando en forma de difusion de estas aberraciones. “No se engañen, nadie se burla de Dios” Galatas 6:7

  • “Si Cristo dice que su casa es casa de oración, evidentemente, donde no se ora sino que se come y se platica como si se estuviera en un restaurante cualquiera, allí no está el Señor, es evidente. Dios no miente.”

    Es muy cierto que “Dios no miente”. Tan cierto como que no dijo que “donde se come y platica, allí no está el Señor”. Jesús defendió el Templo de los cambistas ladrones, precisamente debido a que allí está presente Dios, es Su casa. De lo contrario no los habría expulsado, se habría limitado a sentenciar algo así como “esta ERA mi casa, pero ahora ya no lo es porque la habéis convertido en cueva de ladrones”. Pero no fue así, sino que con su enfado reivindicó que el Templo es de Dios. Sus expresiones no dejan lugar a dudas; por lo tanto nada de lo que insinúa el artículo es concordante con las Escrituras relativas al caso, más bien parte de algo de verdad para arribar a conclusiones de vuestra propia cosecha, alejadísimas de las intenciones de Nuestro Señor al expulsar a los comerciantes del Templo. Queda claro que Jesús se encargó de poner de manifiesto que en el Templo profanado por los mercaderes -no por los pobres, hambrientos y refugiados- SÏ se encontraba Dios; de ahí el justo y divino enojo de Nuestro Señor: “Entrando Jesús en el Templo, comenzó a echar fuera a los que vendían, diciéndoles: «Está escrito: Mi casa será casa de oración. ¡Pero vosotros la habéis hecho una cueva de bandidos!». En consecuencia, lo que”evidentemente” se desprende del texto bíblico es que los comerciantes explotaban el lugar sagrado de Dios para hacer negocios, y negocios espurios, ya que los llamó “ladrones”. Ignoramos qué hubiera dicho Cristo si el Templo hubiera estado colmado de pobres, refugiados y desamparados. Aunque teniendo en cuenta que en cada uno de nuestros hermanos necesitados debemos verlo a Él, resulta mucho más “evidente” la probabilidad -conforme la razonabilidad y coherencia de su Palabra- que sus expresiones bien hubieran podido ser las de “Venid, benditos de mi Padre, tomad posesión del reino preparado para vosotros desde el principio del mundo. Porque tuve hambre y me disteis de comer, tuve sed y me disteis de beber, fui emigrante y me acogisteis… Os aseguro que cuando lo hicisteis con uno de estos mis hermanos más pequeños, conmigo lo hicisteis.” (Mateo 25).

    Este artículo confunde al mezclar verdades bíblicas con interpretaciones maliciosas personales, haciendo mucho daño a hermanos que tal vez, recién convertidos a la Fe Católica, se llevarán una interpretación equívoca y alejada del significado de las palabras de Jesús en el citado evangelio. Por otra parte, si bien respeto la locución que dice haber tenido el sacerdote de parte de Jesús, es dable destacar que no estamos obligados a dar crédito a supuestas revelaciones privadas, como es sabido.

    Entiendo que puede ser opinable que se dé de comer a los pobres en la iglesia, pero fundar esa opinión en textos de la Sagrada Escritura forzando su sentido hasta poner en boca de Jesús palabras que Éste no dijo, resulta temerario.

    Dios los ilumine y bendiga.

    • Dice usted, querida amiga, que es opinable el dar de comer a los pobres en la Iglesia. Para nosotros no es opinable. Es realmente un acto profanatorio, porque ese acto se puede hacer en otros lugares adecuados para ello. No en el lugar donde se va a orar y a guardar respeto y silencio debidos a Dios.

      Segundo: dice usted que Cristo tumbó las mesas a los mercaderes y cambistas porque hacían comercio dentro del templo y que sacamos de contexto el acto de Cristo al introducirlo aquí. Pregunto: ¿acaso no hay otro tipo de comercio en este tipo de actos? ¿Acaso no se está comerciando con el populismo, con la falsa misericordia y con el “bombo y platillo”? ¿Acaso no se está comerciando de otra forma que no es con dinero, sino con la honra que se le debe a Dios, algo mucho más grave si cabe? Mi casa es casa de oración, no es un comedor social. Todo lo que sea otra cosa, querida, no es bienvenido en la casa de Dios, así sean los actos más humanitarios del mundo, porque hay miles de lugares que se pueden usar para ello.

      Para usted resulta temerario decir lo que decimos porque le parece que tomamos el texto evangélico por los pelos. Pero usted sí puede hacerlo y tomarlo para proponer el “Ven, bendito de mi padre, porque tuve hambre y me diste de comer…” En ninguna parte de este artículo hemos dicho que no se les dé de comer a los pobres ni hambrientos, solamente que se les dé de comer en un lugar indicado para ello.

      Finalmente, dice que podemos hacer mucho daño a los neoconversos con lo que decimos. Creo sinceramente que el daño lo hace Francisco con sus dichos y con sus hechos. Es un pésimo ejemplo el de la profanación de estos lugares. Si a usted no le duele, lo siento por usted. Pero somos muchas las personas que sentimos tremendamente lo que estamos viendo, y sentimos mucha impotencia porque se está generalizando todo esto y precisamente, quien tiene que poner coto es quien promueve todo este tipo de eventos.

      Un saludo fraternos en los Sagrados Corazones de Jesús y de María.

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