FRANCISCO, EL PROFANADOR — Como Vara de Almendro
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FRANCISCO, EL PROFANADOR

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Juan Suárez Falcó

Con profundo dolor hemos asistido de nuevo a un nuevo acto de desacralización de un sacramento por parte de Francisco.

En su reciente viaje a Chile y Perú, Francisco ha “casado” en pleno vuelo, sentado en una de las filas del avión, a un par de azafatos que llevaban años amancebados y con hijos. Ni qué decir tiene que Francisco se ha saltado todos los cánones exigidos por el CDC para el sacramento del matrimonio, omitiendo las amonestaciones, la averiguación del estado civil de los contrayentes, sin permiso del ordinario, sin confesión previa, nada… ¡Qué ejemplo pésimo para los sacerdotes de todo el mundo, que se esfuerzan por cumplir las exigencias del sacramento, que no están ordenadas ad pompam vel ostentationem sino para salvaguardar la seguridad jurídica y espiritual de los contrayentes y de su descendencia! ¡Qué tremenda falta de respeto a un sacramento! Como si se tratara de un matrimonio in pericolo mortis, a Francisco le bastó el consentimiento expresado sotto voce por la pareja, bajo el foco, eso sí, de las cámaras de la prensa vaticana y ante el regocijo patente de Francisco, de alguien que, por “ocupar” el cargo de pontífice debería dar ejemplo de respeto a lo sagrado y de cuidado de las formas, porque en los sacramentos las formas definen el fondo y si no se respetan se malbarata la gracia y se profanan (por lo que tiene de hacer profano algo sagrado).

Es el enésimo episodio de esta clase, que señala tozudamente el fariseísmo de Francisco. En Amoris Laetitia (numerales 212-216) clamaba ante la necesidad de preparar adecuadamente a los novios de cara a su matrimonio, y ahora se salta todos los requisitos del Derecho canónico. Y eso a pesar de que ayer mismo Francisco dijo que habían hecho el cursillo prematrimonial hacía ocho años y que estaban confesados (al menos, eso le dijeron) ¡¡!!. Veamos lo que dicen esos numerales de AL, para mayor escarnio:

Preparación de la celebración

212. … Los novios llegan agobiados y agotados al casamiento, en lugar de dedicar las mejores fuerzas a prepararse como pareja para el gran paso que van a dar juntos…

213. En la preparación más inmediata es importante iluminar a los novios para vivir con mucha hondura la celebración litúrgica, ayudándoles a percibir y vivir el sentido de cada gesto…

214. A veces, los novios no perciben el peso teológico y espiritual del consentimiento, que ilumina el significado de todos los gestos posteriores….

215. …Hay que ayudar a advertir que el sacramento no es sólo un momento que luego pasa a formar parte del pasado y de los recuerdos, porque ejerce su influencia sobre toda la vida matrimonial, de manera permanente[245]. El significado procreativo de la sexualidad, el lenguaje del cuerpo, y los gestos de amor vividos en la historia de un matrimonio, se convierten en una «ininterrumpida continuidad del lenguaje litúrgico» y «la vida conyugal viene a ser, en algún sentido, liturgia»[246].

216. También se puede meditar con las lecturas bíblicas y enriquecer la comprensión de los anillos que se intercambian, o de otros signos que formen parte del rito. Pero no sería bueno que se llegue al casamiento sin haber orado juntos, el uno por el otro, pidiendo ayuda a Dios para ser fieles y generosos, preguntándole juntos a Dios qué es lo que él espera de ellos, e incluso consagrando su amor ante una imagen de María. Quienes los acompañen en la preparación del matrimonio deberían orientarlos para que sepan vivir esos momentos de oración que pueden hacerles mucho bien. «La liturgia nupcial es un evento único, que se vive en el contexto familiar y social de una fiesta. Jesús inició sus milagros en el banquete de bodas de Caná: el vino bueno del milagro del Señor, que anima el nacimiento de una nueva familia, es el vino nuevo de la Alianza de Cristo con los hombres y mujeres de todos los tiempos […] Generalmente, el celebrante tiene la oportunidad de dirigirse a una asamblea compuesta de personas que participan poco en la vida eclesial o que pertenecen a otra confesión cristiana o comunidad religiosa. Por lo tanto, se trata de una ocasión imperdible para anunciar el Evangelio de Cristo»[247].

¡Cuánta hipocresía! Por un lado exhorta a los novios a prepararse adecuadamente y hace hincapié en que la liturgia nupcial debe ser seria, que se debe orar antes, que se deben preparar adecuadamente, y, por otro, se les casa en 5 minutos sin el menor respeto por lo que están haciendo, comportándose Francisco como el gris funcionario de un Juzgado. Eso sí, sonriente y bonancible…

Esta voluntad decidida de saltarse los cánones del rito del matrimonio (1063 y ss.) suponen un hecho consumado de despotismo y de carácter dictatorial y le acusa de hacer lo contrario de lo que predica… e incluso queda en el aire la seria duda de si la parte más ortodoxa de AL fue escrita realmente por él o si lo fue por alguien que, desde luego, intentaba cohonestar mínimamente el heterodoxísimo y desquiciado pensamiento bergogliano sobre la moral católica y sobre el sentido de lo sagrado. Ya sabemos que Mons “Tucho” Fernández fue su escritor en la sombra en gran parte de AL, pero ante este golpe de efecto al más puro estilo bergogliano uno experimenta el pavor de intuir que Francisco piensa de manera mucho más heterodoxa en estos temas (fuera del archiherético Cap. VIII) de lo que hemos leído en el resto de AL.

Los sacramentos son lo más sagrado que tiene la Iglesia. A través de ellos la Iglesia actúa como dispensadora de la gracia de Dios. En ellos Dios se encuentra con el hombre, santificándole en los momentos más importantes de su vida: permitiendo su entrada en el Cuerpo místico de Cristo y borrando el pecado original heredado, haciéndole hijo suyo (bautismo); confirmándole en la fe y confiriéndole la fuerza de la perseverancia y de la lucha mediante el don del Espíritu Santo (confirmación); ordenándole sacerdote (sacerdocio); uniendo en una sola carne a un hombre con una mujer, para siempre, con apertura a la vida y fidelidad al otro cónyuge, al modo en que Cristo está unido a su Iglesia (matrimonio); transformando el pan y el vino en el Cuerpo y la Sangre de Cristo (Eucaristía); borrando la culpa de los pecados mortales y veniales (penitencia); y dándole fuerzas al enfermo para vencer la enfermedad o para prepararle de cara a su encuentro con Cristo (unción de enfermos).

Los sacramentos son algo tan santo y elevado, suponen tanto para el hombre, que la Iglesia siempre ha cuidado solemnemente las formas que se emplean para conferirlos. La Iglesia vela, por tanto, por los ritos a través de los cuales se administran los sacramentos, para que el pueblo cristiano entienda su importancia y no se profanen con un mal uso o abuso. El numeral 1125 del Catecismo lo deja claro:

“1125. Por eso ningún rito sacramental puede ser modificado o manipulado a voluntad del ministro o de la comunidad. Incluso la suprema autoridad de la Iglesia no puede cambiar la liturgia a su arbitrio, sino solamente en virtud del servicio de la fe y en el respeto religioso al misterio de la liturgia”

Los sacramentos son eficaces porque en ellos actúa Cristo mismo. Él es quien bautiza, Él quien actúa en sus sacramentos con el fin de comunicar la gracia que el sacramento significa. Por tanto, cualquier burla, simplificación o mundanización de un sacramento implica una doble profanación: de la gracia misma que el Padre otorga a través de ellos; y de la persona de Cristo, en nombre de quien actúa el celebrante o el testigo.

Pues bien… estamos hartos de asistir, en estos últimos tres años y medio, a los ataques de Francisco a los sacramentos y, en general, a todo lo sagrado. Al hacerlo, se evidencia un horrible desprecio de Dios, al que expulsa del centro del sacramento, erigiéndose un recreador de los mismos. Este furor iconoclasta de todo lo tradicional y santo es una constante de Francisco, que se convierte así en un demoledor, en una especie de nuevo artífice del sacramento, que innova y deshace a su antojo.

No hay nada más profano que celebrar un sacramento fuera de la Iglesia. Pocos lugares se nos ocurren menos sagrado que un medio de transporte, un avión. Fueron Schillebeckx y Congar los heterodoxos teólogos que ya desdibujaron en el siglo pasado las fronteras entre lo sacro y lo profano. También Rahner, el gran tótem de la teología del Rhin, el caballo de Troya del protestantismo en la Iglesia. De lo que se trata aquí es de desacralizar la Iglesia, lo sagrado y de echar las perlas al corral a la porqueriza, porque no creen en la gracia ni en Quién actúa a través de ella. Se ensucia lo más santo, se insulta a Dios, que actúa a través de ellos y se prostituye el ministerio sagrado recibido por la Iglesia al quitarle la importancia debida a lo sacro, saltándose los requisitos que con tanto esfuerzo, discernimiento y sabiduría la Iglesia ha ido rodeando a los sacramentos, porque sabe que en ellos se cifra, nada menos, que la salvación de las almas.

El historial del Card. Bergoglio está plagado de estas profanaciones sacramentales, y, en general, de todo lo sagrado. Y ha seguido aumentándolo desde que funge como papa. Le hemos visto esta semana pegándole un manotazo a una monjita que quería saludarle (https://www.youtube.com/watch?v=iVHejOIlbBs&feature=youtu.be, min. 27:28); rechazando el saludo afectuoso de consagradas vestidas como tales que se le acercaban llenas de alegría y de fe (https://www.youtube.com/watch?v=wMrv4BpPYOc); comparando hace pocos días en Lima a monjas de clausura chismosas con terroristas de sendero luminoso (https://www.eluniverso.com/noticias/2018/01/21/nota/6579025/papa-francisco-compara-monjas-chismosas-terroristas-sendero); mofándose de Santa Teresa de Jesús (https://www.youtube.com/watch?v=VpSU7jSaajo); separándole las manos a un niño piadoso en actitud orante (https://www.youtube.com/watch?v=GGmSauE50bQ); regalándole flores amarillas (celos) a la Virgen de Guadalupe, a la que quitó de su camarín con la excusa de así venerarla mejor; ultrajando a la Virgen en Fátima, diciendo de ella que no es una “santita” o apuntando de ella que tenía ganas de quejarse del ángel por sus mentiras de que sería Rey, cuando lo vio en la Cruz; riéndose de las contadoras de rosarios; o, lo que es peor, hablando varias veces del “fracaso” de Cristo en la Cruz; negándose siempre a arrodillarse ante la Eucaristía; contando chistes vergonzantes sobre Dios, tomando en vano su Sacratísimo Nombre; ¿y qué decir de sus ataques a la vida, también sagrada porque hemos sido creados a la imagen y semejanza de Dios? Invitando al Vaticano a defensores del aborto (Schellnhuber, Sachs…), sacando a los integrantes heredados de la Pontificia Academia por la Vida, a la que ahora ha llamado a insignes defensores del aborto; elogiando a la ultraabortista Emma Bonino; concediendo hace escasos días un premio por los servicios prestadoa a Lilianne Plumen, conspicua abortista holandesa (https://infovaticana.com/2018/01/15/quien-lilianne-ploumen-la-promotora-del-aborto-condecorada-vaticano/)… etc.

La gran herejía final de la Iglesia, que vemos crecer ante nuestros ojos con Francisco, es la negación del primer mandamiento y su sustitución por un supuesto amor transversal a los hombres. Y la Cruz, sin el palo vertical, el que apunta al Cielo (el stipex) se cae, por muy grande que se quiera hacer el palo horizontal (el patíbulo). Se llama y califica de fariseos a los que aman al Señor, le adoran y respetan sus mandamientos y el magisterio de la Iglesia por Él fundada, se fustiga a las monjas de clausura con hábito y a los monjes que aman a la Inmaculada (aquella intervención criminal de los franciscanos de la Inmaculada) y, a la vez, se agasaja a los enemigos del Señor (transexuales, sodomitas, abortistas, políticos del Nuevo Orden Mundial) y a los curas herejes y descamisados como el padre Ángel o los curas villeros de Buenos Aires. En resumen: se niega lo sagrado, se exalta lo profano y lo sacrílego. Y una religión centrada en el hombre no es más humana, sino satánica, porque prescinde de Dios. El supuesto humanismo sin Dios es la esencia de las ideologías materialistas de la historia, el comunismo y el liberalismo financista.

Todo esto es terrible. Porque además es muy inteligente. Y cuando el clamor por sus herejías y sacrilegios sube de volumen, entonces, lo tenemos comprobado, dice algunas cuantas homilías ortodoxas para engañar a los incautos, pero su política pastoral y de hechos consumados continúa invariablemente avocada a destruir la Iglesia. Hay algo en él que rechaza con violencia todo lo que suene o huela o vista como santo (los consagrados y consagradas con sus hábitos; los sacerdotes con sotana ante los que pone cara de acritud y amargura), y, por supuesto, la Eucaristía, la Liturgia y el Magisterio, que impugna por la vía de entrevistas y de “procesos” imparables.

Ese odium fidei, ese odium sancti apenas lo puede esconder ya bajo la apariencia de bromas o chascarrillos, y ya son célebres sus ataques de ira de puertas a dentro y sus caras agrias cuando, por razones de protocolo, debe rezar el rosario (que masculla o silencia) o adorar al Santísimo. Quien ama a Dios y haya llorado amargamente sus propios pecados sabe el precio inmenso que le costó a Cristo ofrecernos la salvación; quien tiene discernimiento y ama lo sagrado como reflejo del Dios omnipotente notará al instante ese rencor, esa antipatía y ese aborrecimiento por todo lo divino, esto es, por todo lo separado del comercio de los hombres, por todo lo sagrado… algo que solo puede provenir del Maligno.

En particular, respecto a los sacramentos, Francisco se comporta como un metódico profanador, pero refinado y sibilino. Evita hacerlo de frente y de manera demasiado evidente, para hacer pasar más desapercibidamente sus ataques ante el gran público, revistiéndolo todo con una supuesta naturalidad, abandono de las formas y banalización que tanto gusta a los enemigos de la Iglesia, con evidente gozo – maléfico – por su parte, como demuestra siempre en su rostro cuando ejecuta esos ataques.

Por ejemplo, Francisco considera (y así lo ha llevado a cabo) acríticamente que hay que bautizar siempre a los hijos de una madre soltera o procedentes de matrimonios civiles, saltándose el canon 868.2 del CDC que exige comprobar que haya siempre una esperanza fundada de que el niño va a ser educado en la religión católica, sin la cual bastaría con diferir el bautismo, según las disposiciones del derecho particular, haciendo saber la razón a sus padres. Es cierto que no se debe negar la gracia de manera arbitraria, y la Iglesia debe y suela apoyar el bautismo de hijos procedentes de padres poco ejemplares en su fe, siempre que considere que hay alguien en la familia que se encargará de educarlo en el dogma católico. Pero eso es una cosa y hacer tabla rasa es otra. Como siempre decimos, Francisco es un maestro del sofisma porque acusa a la Iglesia de legalista y la estigmatiza por eso, para a continuación poder él saltarse los requisitos y condicionante que ha ido aquilatando durante siglos para evitar sacrilegios y profanaciones.

Y en varias ocasiones y sin venir a cuento ha exhortado repetidamente a las madres a que se saquen sus pechos en mitad de la ceremonia del bautismo, sin recordarles el pudor debido (https://www.bebesymas.com/lactancia/el-papa-francisco-animo-a-las-madres-a-amamantar-con-toda-normalidad-en-la-capilla-sixtina). Es un consumado maestro de la tergiversación, porque no es malo que las madres amamanten a sus hijos, pero esas alusiones repetidas carecen de buen gusto. Por la misma razón, descuida que los padrinos lleven una vida congruente con la fe y con la misión que va a asumir (canon 874.3 CDC). Incluso él mismo ha faltado a sus deberes como padrino: https://laicosunidosencristo.wordpress.com/2017/04/19/jorge-bergoglio-le-enseno-a-su-ahijado-a-decir-malas-palabras/

Respecto a la Eucaristía, ¿qué decir? Todo su afán desde antes, durante y después del Sínodo de la Familia fue conseguir un documento que le permitiera dar la comunión a los adúlteros que viven more uxorio; y encima lo hace con argumentaciones maliciosas, como que los que viven en adulterio mucho tiempo también se demuestran fidelidad (¿desde cuándo cometer con más ahínco y de forma más duradera un adulterio es una virtud? ¿No es esto llamar a lo malo bueno y a lo bueno malo?) o con la excusa de que no entienden los valores de la norma o de que impedirles vivir en adulterio les podría hacer caer en nuevas culpas ¡¡!! porque al dejar a su pareja habitual de adulterio caería en un nuevo adulterio con una tercera persona, etc. Por no hablar de que nunca, ni en Buenos Aires ni en Roma se arrodilló ante la Eucaristía. Por no hablar de la contestación que le dio a la mujer protestante de un católico que quería comulgar de que lo consultara con su conciencia y de que fuera adelante (“Vai avanti”); o por su negativa a decir “El Cuerpo de Cristo” cuando da la comunión; o por su forma de repartirla como galletas o caramelos en las misas multitudinarias; o por su apoyo total a crear una liturgia compartida con los protestantes que solo puede desembocar en un oscurecimiento o eliminación del dogma de la transubstanciación… etc. Sobre esto, me remito a los artículos que ha realizado en esta página Antonio Sánchez Sáez sobre la desacralización de la Eucaristía, repletos de vídeos y de pruebas contundentes.

La profanación del matrimonio no solo la ha apuntalado mediáticamente esta semana con la burla representada en el avión. Pero ya venía de atrás: con AL se carga la fidelidad conyugal; con su Motu Proprio “Mitis Iudex…” facilita las nulidades express, quita la segunda instancia automática y señala indicios de nulidad que acabarán sobreponiéndose a las rígidas causales de nulidad acuñadas durante siglos por la Iglesia; etc.

Sobre el sacramento del orden, recuerdo los besos y abrazos a sacerdotes homosexuales (Don Ciotti) y salpicados por escándalos de pedofilia, la promoción a cargos con responsabilidades de asesoría o de organización de homosexuales reconocidos como el padre James Martin, el Card. Paglia o Mons. Ricca etc. O el apoyo prestado a los sacerdotes que abandonaron su ministerio para casarse con sus “amigas”. ¿Y qué decir de aquellas declaraciones donde decía que las Congregaciones que tenían muchas vocaciones o los seminarios muy llenos tenían un problema de discernimiento y de rigidez? ¿O de cómo exculpó a aquel obispo argentino (Mons. Bargalló) a quien cogieron bañándose con su amante? ¿O de la reciente justificación de Mons. Juan Barros?

Y ya se prepara un Sínodo de la Amazonía para 2019 donde se hablará de la posibilidad de ordenar a hombres sacados (viri probati), algo que, sin duda, hará las delicias de Hans Küng. Menos mal que la Virgen Santísima en Amsterdam nos dijo que los demoledores no conseguirían acabar con el celibato… lo que, por otra parte nos confirma indirectamente que queda poco para que se desencadene el cisma y la guerra que serán el inicio de los dolores de parto de la Venida de Cristo.

Sobre el sacramento de la penitencia, de todos es conocida (por sus cientos de homilías al respecto) su concepción protestante de la justificación, según la cual basta creer en Cristo para salvarse, pues Cristo ya nos salvó. Por tanto, es normal que, para él, el confesionario no sea una “lavandería” donde tengamos que eliminar las manchas de los pecados (https://www.religionenlibertad.com/la-confesion-segun-el-papa-francisco-ni-una-lavanderia-ni-una-28955.htm), y que niegue que el sacerdote en él se deba comportar como juez, sin que pueda valorar la existencia o no de un auténtico dolor de los pecados o de un verdadero propósito de enmienda, como hacía el padre Pío, etc.

He enumerado estos episodios de pura memoria. Si me pusiera a buscar más encontraría muchísimos más.

Hermano en la fe, ¡despierta! Quien te habla solo tiene la intención de hacerte ver, a ti que no sigues las homilías ni las andanzas de Bergoglio, que nos encontramos ante un “profanador”, ante un hombre que encarna y resume en sí mismo a todos los herejes que son y han sido en la historia de la Iglesia (adora a Teilhard, Martini, Rähner, Lutero, etc.); que ha salido de los nuestros pero que no es de los nuestros; que proclama un Evangelio distinto; que quintaesencia en su persona el misterio de iniquidad obrando desde la cima de la Iglesia; que llama malo a lo bueno y bueno a lo malo; que esparce veneno donde debería derramar bálsamo y bendiciones; y todo ello de forma sibilina, ante el aplauso y las risotadas del vulgo cristiano estupidizado e ignorante de su fe…

Estamos ante un hombre que, debiendo defender los sacramentos los ataca, ante un nuevo Azog, Rey de los Orcos de Moria (lean a Tolkien), que pisotea la gracia y se ríe de Dios. Es gravísimo y epatante, si no fuera porque ya la Biblia nos advierte en todos sus profetas, en San Pablo, San Juan, Santiago, Apocalipsis, Mateo 24, Lucas 21, Marcos 13, etc. de que habría de suceder esto en el fin de los tiempos, esta gran apostasía patrocinada por quien debería ser baluarte de la ortodoxia, como condición previa a la gran tribulación y a la Parusía del Señor. Y porque la Virgen Santísima, en sus muchas apariciones en los últimos dos siglos, nos ha avisado con lágrimas de la defección de muchos de sus hijos predilectos, sacerdotes, obispos y Cardenales (Garabandal) y de que Satanás entraría hasta el vértice de la Iglesia (la parte aún no revelada del Tercer Secreto, http://comovaradealmendro.es/2017/05/fatima-la-parte-aun-no-revelada-del-tercer-secreto-versa-la-gran-apostasia-la-iglesia/), convirtiéndola en su mayor parte en la Gran Ramera del Apocalipsis que se embriaga con la sangre de los mártires, que servirá para acrisolar a un resto fiel que, por pura gracia, no ha de doblar las rodillas ante el falso profeta ni ante el Anticristo político.

A nosotros solo nos queda rezar, reparar y evangelizar, recordando a todos la necesidad de rezar a diario el rosario, de confesarse frecuentemente y de comulgar en gracia, de rodillas y en la boca, como se merece Cristo vivo. Y de adorar a Cristo presente real y sustancialmente en la Eucaristía. Y recemos y reparemos por Bergoglio, para que se convierta de sus muchos errores, profanaciones y sacrilegios, pues, de lo contrario, su destino eterno será terrible. Y a nadie debemos desearle el Infierno. Ojalá llore un día amargamente sus pecados, muchos de ellos contra el Espíritu Santo, por rechazar la gracia y por hacer pasar lo bueno por malo y viceversa, por negar la verdad conocida y por predicar la presunción de la salvación de los pecadores públicos sin merecimiento….

Y Bendita sea la Excelsa Madre de Dios, María Santísima, y su castísimo esposo San José, que nos guardarán en el desierto de la vista de Saruman y del Ojo de Mordor.

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Juan Suárez Falcó

"Un cántico nuevo (Apoc. 14, 3)"
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