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CON VAGANCIA NO SE LLEGA AL CIELO

Nos escribe este artículo el padre Christian Viña, un sacerdote argentino que sigue asiduamente nuestra página junto a otros sacerdotes en su país. Nos parece un artículo muy importante, porque podemos llegar a pensar que el trabajo de apostolado y de salvación de las almas es algo de “curas”, cuando sabemos bien que es una llamada del mismo Jesucristo: “Id por todo el mundo y predicad el Evangelio a toda criatura.  El que creyere y fuere bautizado, será salvo; mas el que no creyere, será condenado”. (Mc. 16; 15-16).

Gracias, padre Christian por recordarnos que los talentos que hemos recibido debemos ponerlos al servicio del Reino de Cristo. Que nunca el Señor pueda decirnos que fuimos malos y haraganes y que nos eche afuera, donde el llanto y crujir de dientes.

El equipo de Como Vara de Almendro.

 

        Jesús, que pasó haciendo el bien (Hch 10, 38) trabajó toda su vida. Hasta los treinta años en el laborioso Hogar de Nazaret (Lc 2, 52); y obviamente, en los intensísimos, arduos y fatigosos tres años de vida pública en los que, con frecuencia, junto a los suyos, no tenía tiempo ni para comer (Mc 6, 30 – 34).

        Todo el Nuevo Testamento es un canto al trabajo, a la misión y al apostolado por el Reino de Dios. Y, particularmente, los Hechos de los Apóstoles nos muestran el fervor y la pasión de la Iglesia primitiva (Hch 8, 4); que iba por todas partes haciendo discípulos y bautizando, en cumplimiento del mandato del Señor (Mt 28, 19).

        Es particularmente severo el genial San Pablo cuando amonesta a los tesalonicenses por aquellos que no trabajan y que andan entrometiéndose en todo. Y advierte que el que no quiera trabajar que tampoco coma (2 Tes 3, 8 – 10).

        La Santa Madre Iglesia, en su bimilenaria pedagogía, ha querido, precisamente, destacar el apremiante llamado del Señor al compromiso y el trabajo intensos los tres últimos domingos anteriores al Adviento. En este ciclo A, por caso, leemos el capítulo 25 del Evangelio según San Mateo: en primer término, la parábola de las vírgenes prudentes y de las vírgenes necias (Mt 25, 1 – 13); y luego la parábola de los talentos (Mt 25, 14 – 30). Y concluimos, en la solemnidad de Cristo Rey, con el Juicio Final (Mt 25, 31 – 46); en el que el Señor premiará con el Cielo a quienes lo hayan reconocido en los hambrientos, sedientos, enfermos, y encarcelados. Todo el capítulo 25 es, entonces, un maravilloso elogio de la labor intensa, sacrificada y sin tibiezas por el Evangelio.

        Impresiona en la parábola de los talentos la pereza de aquel siervo que recibió un solo talento y que, por vagancia, lo escondió (Mt 25, 24 – 30). Y que escuchó del Señor el calificativo de siervo malo y perezoso (Mt 25, 26); y al que mandó consecuentemente a las tinieblas de fuera donde será el llanto y el rechinar de dientes (Mt 25, 30).

        La pereza, uno de los pecados capitales que, como tal, es cabeza de otros pecados suele extenderse, como una plaga, en todas las capas sociales. Y, duele reconocerlo, también en ciertos ambientes eclesiales.

        En Argentina, por distintos motivos históricos, económicos, geográficos e institucionales, en los últimos años, ha crecido de un modo exponencial. Voy a ser bien políticamente incorrecto en esta apreciación pero alguien tiene que decirlo: a caballo del clientelismo político de planes demagógicos, casi a perpetuidad, muchísimas personas no buscan trabajo. Y los que trabajamos, con frecuencia, no lo hacemos con la intensidad y con la pasión por el Reino de Dios y su justicia (Mt 6, 33), y el consecuente bien común con que deberíamos hacerlo.

        Cierto es que hay razones claras de pobreza y exclusión estructurales. No se me escapa, tampoco, que para el Nuevo desOrden Mundial, de la usura internacional, la masonería y el narco-porno-liberal-socialismo del siglo XXI, millones de seres humanos, especialmente en Hispanoamérica, África y Asia, somos descartables… No menos cierto es, tampoco, que la fiaca, o como la llaman ahora los más jóvenes, la pachorra, recorre de arriba hacia abajo, y de abajo hacia arriba todos los estamentos. Con o sin mate  –muchas veces la excusa perfecta para perpetuar el parloteo improductivo- se extiende en los ámbitos más diversos, a tiempo y a destiempo, con auténtica carta de indiscutible ciudadanía. La expresión tomate tu tiempo pinta de cuerpo entero la intensa haraganería. Ese tiempo, entre nosotros, puede ser interminable… Y, de la mano, van también otros pecados: la murmuración, las mentiras, las excusas inventadas. Y la constante, sistemática e inapelable acusación a los demás de todos los males que la haraganería, en sí misma, produce.

        Ya lo sé: me advertirán que el activismo es, también, un vicio. Y que toda acción debe ser precedida, acompañada y seguida de la Adoración. O sea, el viejo y falso antagonismo de contemplación y acción. Como si fuese posible una auténtica acción por el Señor y su pueblo sin verdadera contemplación. O que la pura acción pueda dar buenos frutos sin auténtica contemplación.

        Cierto es, como dice sabiamente el casi nonagenario padre José Luis Torres – Pardo, fundador del Instituto Cristo Rey, que solemos ocuparnos mucho de la pastoral y poco del Pastor. Llenarnos del Pastor en los sacramentos –especialmente en la Eucaristía, claro está exclusiva de los católicos, que estén en condiciones de recibirla-; nutrirnos de su Mirada en la Adoración al Santísimo; alimentarnos de su Palabra; y conocer y amar la maravillosa historia de la Iglesia, nos permitirá sin dudas dar testimonio creíble, conquistar y reconquistar almas para Cristo y, desde allí, construir un mundo más cristiano; o sea, más humano.

        El genial José María Pemán, en su bello poema En tiempo de sementera exclama:

Y al fin rendido quisiera poder decir cuando muera:

 Señor, yo no te traigo nada de cuanto tu amor me diera, todo lo dejé en la arada en tiempo de sementera.

 

        Y nuestro José Hernández, autor del Martín Fierro, en cuyo homenaje se celebra el 10 de Noviembre –hoy nominalmente pues es una palabra que espanta, lamentablemente, a propios y extraños-, el Día de la Tradición, pone en boca de nuestro gran gaucho:

Debe el hombre trabajar
para ganarse su pan
pues la pobreza en su afán
de perseguir de mil modos
llama en la puerta de todos
y entra en la del haragán.

 

        Claro que sí: debemos trabajar arduamente para ganarnos la Vida Eterna. No es pelagianismo; es obediencia al mandato divino. Es el amor en la acción, como lo llamaba la Santa Madre Teresa de Calcuta. O, si se prefiere, es la gracia hecha obras. Por eso, permítaseme remedar, en parte, aquella estrofa de nuestra mayor obra literaria:

Debe el hombre trabajar
para ganarse su Cielo
pues el demonio en su afán
de perseguir de mil modos
llama en la puerta de todos
y entra en la del charlatán

 

+ Pater Christian VIÑA

La Plata, martes 14 de noviembre de 2017.

 

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