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EL SEÑOR HA ESTADO GRANDE CON NOSOTROS

– ¡Eh… Padre!, ¡¡Padre!!
– (Para su rápido caminar y dándose media vuelta) Sí hijo, ¡dime!

– (Acercándose rápidamente y jadeando con la respiración entre cortada) Gracias Padre. Perdone que le pare así de esta manera, pero le he visto pasar entre la muchedumbre del parque y no he podido evitar pararle para hablar con usted. ¿Tiene cinco minutos?
– Sí hijo, cómo te voy a dejar tirado. Es verdad que tengo prisa, yo también soy hijo de esta generación del estrés y las carreras, pero no quiero ser el sacerdote de la parábola del buen samaritano (se ríe, mientras el otro parece no entender nada).

– Le agradezco mucho. Verá lo que tengo que contarle. No sé si me va a creer. Le aseguro que no estoy loco. Pero esta mañana, a primera hora, estando como de costumbre en casa Paco tomando mi desayuno, se me acerca un hombre. Tenía una mirada profunda. Nunca antes lo había visto. Y sin decir palabra me mira de arriba abajo, y sencillamente me entrega un papel. Y me dice, este es tu informe, tu estado actual. Se da media vuelta y me deja en estado de schock sin poder reaccionar.
– ¿Conocías a ese hombre, qué decía el informe?

– No Padre. Claro que no sé quién era. Entonces, una vez repuesto, leí ese tal informe. Y decía cosas como: “en tus venas ya no corre la sangre de Cristo. Tu corazón se ha vuelto duro como una piedra. Tu vista está sucia y tu casa ya no es casa de oración, sino cueva de ladrones. Necesitas tratamiento con urgencia, estás en serio peligro”. Cuando leí eso no entendía nada, me quedé atónito.
– ¿Eso fue todo, hijo mío?

– ¡No Padre! Lo peor fue cuando seguí leyendo, y decía la enfermedad que tenía: “enfermo en estado de muerte del alma con grave riesgo de condenación eterna. Se recomienda con urgencia intervención divina con extirpación del corazón de piedra y trasplante de uno nuevo de carne. Regeneración de la sangre por la sangre de Cristo y dejar al hombre viejo, resucitando a una vida nueva”. Y entre las observaciones, decía así: “imprescindible cuidar los ojos, porque si los ojos no están sanos, todo lo que habrá en el cuerpo será oscuridad”.
Padre, ¿cómo se cree que me quedé tras leer este informe?
– Me lo imagino. Francamente estás mal y necesitas con urgencia hacer caso y poner remedio a tu situación.

– Pero Padre, no me diga que estoy mal. Si eso ya lo sé. Tengo un ataque de ansiedad desde que lo he leído. Me estoy poniendo malísimo. Yo que vivía tan tranquilo, en paz, y viene ese tipo a ponerte histérico con ese informe de mi estado de salud…
– Hijo mío, ese hombre le ha hecho un gran favor. No hay nada peor que engañarse uno a sí mismo. Dios prefiere que suframos ahora que estamos a tiempo, ¡antes de que ya no tengamos solución! La falsa paz es terrible porque te adormece espiritualmente en la ruina del alma. Recuerda la historia de aquél que mató a su perro porque ladraba por la noche. Primero le dijo: cállate, luego viendo que seguía ladrando le pegó un palo. Más tarde al seguir ladrando mató a su propio perro. ¿Qué pasó? Que por la mañana al despertar vio que en su casa habían entrado ladrones y le habían saqueado la casa. Su perro le estaba advirtiendo del grave peligro, pero él lo mató para dormir tranquilo. Y así pasa con los que matan la voz de la conciencia, a la que representa el perro, permitiendo que entren los ladrones en su casa y le saqueen. Los demonios campando a sus anchas en las vidas de tantas personas. Creen estar en paz, pero su conciencia no es que esté tranquila, sino muerta.

– ¿Qué quiere decir con eso?
– Hijo mío, que con la muerte se acabó. Se apagan las luces, se acaba el show. Y…nuestras oportunidades de conversión y de recibir la misericordia de Dios. En ese informe dicen claramente que eres un “enfermo en estado de muerte del alma con grave riesgo de condenación eterna…” ¿No te parece grave tu situación como para buscar un remedio y ponerte un tratamiento que te cure?

– Sin duda Padre, ¡para qué le voy a engañar! Verá. He pensado varias cosas, pero estoy muy confundido y no sé realmente qué camino coger. Si le digo la verdad, no sé quién soy, ni qué soy, ni nada. Porque yo es verdad que hice la primera comunión, pero desde entonces no piso una iglesia. Mis padres decían que es una tontería ir a misa. Y llevo más de 50 años alejado de eso. Y a mi alrededor escucho y veo tantas cosas…la Felisa del tercero, tampoco pisa la iglesia y dice que está feliz con el yoga; mis hermanos tampoco pisan la iglesia: uno se ha hecho musulman porque dice que está de moda, otro se ha hecho protestante porque le mola cómo cantan en sus servicios religiosos, y la pequeña dice que no necesita a Dios para nada. Yo no sé a dónde acudir para recibir ese tratamiento que necesito. Si tengo que ponerme a elegir una iglesia protestante, hay miles. ¿Cuál es la mejor, qué me aconseja? ¿O puedo encontrar alivio con el reiki o el budismo?
– Hijo mío, y ¿por qué me preguntas a mí que soy sacerdote si ya no quieres nada con la Iglesia católica? Vaya con todas esas cosas alternativas que me cuentas, inventos del demonio, tan peligroso todo…

– Verá es que yo creo en Dios, o creía, pero no en los curas, y sin embargo le he visto pasar con su sotana y algo me ha impulsado a hablar con usted. Creo que será la mera desesperación.
– Hijo mío, te puedo llegar e entender. Eres hijo de este tiempo convulso de apostasía y confusión tan tremenda. La sociedad te ofrece un abanico impresionante de supuestas medicinas y tratamientos espirituales, y cada cual elige el que más le apetece. Pero eso no sirve. ¿Irías a un hospital donde los médicos tuvieran tratamientos inadecuados, usaran métodos inválidos que no curan o pusieran medicinas en mal estado, o sus médicos fueran incompetentes? No hijo. Sólo has de acudir al único médico que sabe sanar y tratar tu enfermedad: a Jesucristo. Y a éste sólo lo puedes encontrar verdadera y plenamente en la Iglesia por Él fundada, no en sucedáneos. ¿Quieres que te diga algo?

– Claro, adelante, no tengo miedo, hable, que me está comiendo la ansiedad y el disgusto.
– Hijo mío, acompáñame. Ante todo eres hijo de Dios porque recibiste la filiación divina en tu santo bautismo. Ahí recibiste la semilla de la fe. Abandonaste la fe, la perdiste, pero sigues teniéndola y la vas a reactivar por la gracia de Dios. Vamos a entrar en la iglesia de San Miguel que está apenas a doscientos metros de aquí. Yo te propongo algo: mientras rezo el santo rosario frente al Sagrario, tú haces examen de conciencia de estos últimos cincuenta años. Repasas la lista de pecados y cosas que sabes hiciste mal o buenas que dejaste de hacer. Verás que el Señor te va a arrancar el corazón de piedra y te va a dar una vida nueva en la gracia. Tu alma va a resucitar, y el Señor volverá a habitar en Su casa convirtiéndola de nuevo en casa de oración. ¿Te parece?

– Sí Padre, me parece estupendo. Y si tengo alguna duda, ¿usted me la aclara?
– Claro que sí, te escucho y te digo respecto a cómo son las enseñanzas del Magisterio de la Iglesia, porque como sabes el pecado es el que es, no lo que a mí o a ti le parece que es.

– Gracias, Padre. Usted no tiene cara de pepinillo en vinagre, usted es una bendición para mi desorientación, estaba en la ruina y empiezo a tener esperanza. Sé que hay salida a este túnel.
– Por supuesto que la hay hijo mío. La gracia de Dios hoy ha llamado a tu puerta, ha tocado tu corazón, y ha sido muy benigna contigo. Hoy el Señor te va a liberar de tu esclavitud. Debe haber alguien rezando mucho por ti. Vamos para allá hijo mío. El Señor ha estado grande con nosotros.

– Sí, Padre, y mucho.

Esteban Rubio Colle

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Como Vara de Almendro

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