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EL SUPERIOR DE LOS JESUITAS NO CREE EN EL DEMONIO

Hace escasas fechas, en una reciente entrevista concedida al periódico español anticlerical, masónico y globalista “El Mundo” hemos tenido ocasión de escuchar al Prepósito General de los Jesuitas, D. Arturo Sosa, despacharse a gusto con el magisterio de la Iglesia (aquí).  

Arturo Sosa ya era amigo de Jorge Mario Bergoglio, admirador de Arrupe (aquí) y seguidor de la marxista teología de la liberación (aquí).

En pocas palabras ha sido capaz de mostrarse a favor del reconocimiento civil de las uniones homosexuales, de aceptar como algo normal la homosexualidad dentro de la vida religiosa y abogar por una mayor participación de las mujeres en la Iglesia, a las que espera que se les abran más puertas, además del diaconado, en clara e implícita alusión al sacerdocio femenino.  

Uno está ya tristemente acostumbrado a las declaraciones escandalosas vertidas cada día por los jerarcas y teólogos favorecidos de Francisco, que vomitan sus venenosas opiniones por diarios, televisiones, audiencias generales, conversaciones informales… e incluso en L´Osservatore Romano, creando una pastoral deletérea que emponzoña los corazones de los pobres fieles desinformados que se alimentan de ellas. Pero tras las afirmaciones vertidas, y otras más, que revelan a una persona peligrosamente heterodoxa y sin la fe católica, una última apostilla realizada al final de la entrevista me ha llamado ciertamente la atención por su crudeza. 

Recordemos la literalidad de sus palabras: 

Entrevistador (Jorge Benítez): “Para terminar quería preguntarle si cree que el mal es un proceso de la psicología humana o proviene de una entidad superior”. 

Arturo Sosa: “Desde mi punto de vista, el mal forma parte del misterio de la libertad. Si el ser humano es libre, puede elegir entre el bien y el mal. Los cristianos creemos que estamos hechos a imagen y semejanza de Dios, por lo tanto Dios es libre, pero Dios siempre elige hacer el bien porque es todo bondad. Hemos hecho figuras simbólicas, como el diablo, para expresar el mal. Los condicionamientos sociales también representan esa figura, ya que hay gente que actúa así porque está en un entorno donde es muy difícil hacer lo contrario”. 

Como todo católico formado sabe, la existencia del Demonio y su influjo maléfico en los hombres con la finalidad de hacerles perder la gracia y llevarles a la condenación eterna es dogma de fe (1). Y negar pertinazmente un dogma de la Iglesia implica quedar separado, automáticamente, de la Iglesia, del cuerpo místico de Cristo y apartado de la gracia santificante. Así define este gravísimo pecado el canon 751:  

“Se llama herejía la negación pertinaz, después de recibido el bautismo, de una verdad que ha de creerse con fe divina y católica, o la duda pertinaz sobre la misma”; 

La herejía hace incurrir a quien la mantiene en excomunión latae sententiae. Recordemos el canon 1364: 

“§ 1. El apóstata de la fe, el hereje o el cismático incurren en excomunión latae sententiae, quedando firme lo prescrito en el c. 194 § 1, 2; el clérigo puede ser castigado además con las penas enumeradas en el c. 1336 § 1, 1, 2 y 3.  

  • 2. Si lo requiere la contumacia prolongada o la gravedad del escándalo, se pueden añadir otras, sin exceptuar la expulsión del estado clerical”.

El canon 194.2 citado es causa de remoción del oficio eclesiástico, por haberse apartado públicamente de la fe católica o de la comunión de la Iglesia, algo que sólo podría hacer la cabeza de la Iglesia o la propia Orden jesuita, reunida al efecto, y que, claro está, nunca se daría en las circunstancias actuales de apostasía general que se dan en Francisco y en la Compañía de Jesús, otrora pilar y columna de la Iglesia, resumen de la ortodoxia y, por ello, perseguida y expulsada de sus países por ministros y reyes masónicos en Europa durante los siglos XVIII, XIX y XX (en España, la expulsión se produjo en 1767 y fue obra directa del Gran Oriente español, el ministro masón Conde de Aranda a la cabeza). 

La pertinacia en la negación se desprende de sus mismas palabras, pues no se trata de una ocurrencia espontánea sino de una creencia sostenida, de su propio “punto de vista”, como dice el Prepósito. Aquí se echa de ver lo que antes denunciábamos: estas personas nunca se adhieren al magisterio de la Iglesia sino a su propia doctrina, que vomitan sin empacho como una opinión de taberna. 

Incurre en un segundo error D. Arturo Sosa: no es auténtica libertad la que le permite al hombre escoger el mal. Como nos explicó Santo Tomás, la libertad auténtica sólo escoge el bien cuando, por gracia divina así se nos lo permite. Elegir el mal no es libertad, sino albedrío, y esa elección no es pura: es el Demonio, el mundo y la carne los que tientan al sujeto para hacerlo y, si lo hace, se hace esclavo del pecado, se aparta de Dios y se hace hijo del Diablo. Es puro pelagianismo decir que el hombre puede siempre elegir libremente el bien por pura gracia, que el hombre recibe del Espíritu Santo, principalmente por mediación de los sacramentos, que administra la Iglesia. 

Negar la gracia es signo inequívoco de modernismo y marca indeleble del que desconoce a Dios: considera igualmente el padre Sosa que los condicionamientos sociales pueden hacer muy difícil oponerse al pecado. Se trata ahora de una afirmación muy propia del constructivismo filosófico, del subjetivismo de Kant y del pensamiento líquido de Vattimo o Derrida. Es puro materialismo filosófico el que considera que las circunstancias sociales y personales impiden al hombre liberarse del pecado. Es el eje del pensamiento inmanentista de Marx, y antes, de Lutero. Y ese pensamiento condescendiente con el pecado impregna también Amoris Laetitia cuando deja caer que a una persona que viva en adulterio con una segunda persona con la que ha tenido hijos – y que no es su cónyuge – se le hace imposible dejar de pecar con ella y, lo que es más, no debería dejar de tener relaciones sexuales con la susodicha si no quiere incurrir en nuevas culpas (infidelidad o abandono del hogar)(2). Terrible confusión, que destroza el magisterio inmortal de la Iglesia. Sabemos que la gracia permite siempre apartarse del pecado y que no hay situación ni circunstancia, por difícil que sea, que le impidan al hombre dejar de pecar y vivir unido a Cristo, en su Cruz. 

Pero lo más grave viene cuando el padre Sosa considera que el Demonio es una figura simbólica fabricada por el hombre. Esto es pura herejía. No caben lenitivos ni paños calientes para salvarla. La naturaleza de la fe es tal que al negar un solo dogma de fe se niegan automáticamente todos los demás, pues está construida como un edificio perfecto y armonioso, apoyado en todo ellos: desplazado uno de ellos toda la fe de la Iglesia se derrumba.  

Recordemos lo que decía Santo Tomás de Aquino en su Cuestión 5ª, artículo 3:  

“El hereje que rechaza un solo artículo de fe no tiene el hábito ni de la fe formada ni de la fe informe. Y la razón de ello está en el hecho de que la especie de cualquier hábito depende de la razón formal del objeto, y si ésta desaparece, desaparece también la especie del hábito. Pues bien, el objeto formal de la fe es la Verdad primera revelada en la Sagrada Escritura y en la enseñanza de la Iglesia. Por eso, quien no se adhiere, como regla infalible y divina, a la enseñanza de la Iglesia, que procede de la Verdad primera revelada en la Sagrada Escritura, no posee el hábito de la fe, sino que retiene las cosas de la fe por otro medio distinto. Como el que tiene en su mente una conclusión sin conocer el medio de demostración, es evidente que no posee la ciencia de esa conclusión, sino tan sólo opinión”. 

En efecto, si se niega la existencia real del Demonio como persona se niega la existencia de los ángeles. Si se niega el Demonio y a sus ángeles caídos con él al Infierno tras su revolución se niega el pecado original, que fue instigado por Satanás mismo; y se niega el Infierno, preparado por Dios para ellos por su rebelión. Si se niega el Infierno, todos estamos salvados y nadie se condena, esto es, el Infierno está vacío (la vieja herejía de la apocatástasis). Si todos estamos salvados, ¿a qué vino Cristo al mundo? Y si Cristo no vino al mundo para ofrecer la salvación a los hombres es que Cristo no es Dios, sino un mero hombre, bonancible y buen orador, que por supuesto no hacía milagros (los panes y los peces no se multiplicaron, simplemente no se acabaron) (3), claro, sino que se paseaba por Palestina para predicar la liberación natural del hombre de las estructuras injustas de su época (¡¡!!).  

Con su negación del demonio, Arturo Sosa traiciona a tantos y a tantos santos que combatieron con Satanás cara a cara, física y espiritualmente. D. Arturo le está diciendo a la española Sor Esperanza de Jesús (en el siglo Josefa Alhama Valera) que no se cree que el Demonio le atizara habitualmente en la cara con un ladrillo, rompiéndole los dientes; ni que la levantara en vilo para chocarla contra el techo o la pared, en presencia de decenas de testigos; ni que le metiera la cabeza en el wáter a la fuerza (4)

Con la negación del demonio, Arturo Sosa no se cree que el padre Pío peleara durante muchas noches con el Diablo a puro puñetazo, ni que le pegara golpes en la espalda y en la cara. 

Con la negación del demonio, Arturo Sosa no se cree que a Ana Katalina Emmerick se le apareciera en forma de perro para perseguirla cuando hacía sus viacrucis; ni tampoco su visita al Infierno (aquí). 

Negando al Demonio el padre Sosa trataría de alucinada a Santa Gema Galgani, y a otros santos poseídos por el Demonio, por voluntad de Dios, para probar la pureza de su alma, su soberanía sobre ellas y para darles a conocer a los demás la existencia del príncipe del mal. 

Con la negación del demonio, Arturo Sosa le está diciendo en la cara a Sor Josefa Menéndez que era falso que pasara más de cien noches enteras en el Infierno, acosada por los demonios, penando para salvar almas del Purgatorio, desapareciendo previamente del salón en que cosía con sus hermanas para volver a aparecer al día siguiente entre ellas oliendo a azufre y pálida como la leche (aquí).

Negando al demonio, Arturo Sosa le diría nada menos que a Santa Teresa de Jesús, doctora de la Iglesia, que era una lunática porque dijo que el Señor la había llevado de visita al Infierno, consintiendo Cristo en que padeciera en su espíritu los tormentos y aflicciones del Averno, explicando luego con pavor las terribles torturas y penas que allí pasaban los pobres condenados (aquí).

También se ría de Santa Faustina Kowalska cuando advetía del carácter eterno del Infierno y de la compañía en él, incesante, de Satanás (aquí).

Y negando al Demonio Arturo Sosa parece llamar inculta alucinada a Olivita de Garagoa, un alma sencilla y piadosa, católica colombiana, analfabeta, huérfana, fallecida hace pocos años, quien pasó la durísima prueba de ser llevada por Cristo al Infierno, dejándonos una de las descripciones más duras y perturbadoras de la historia de la Iglesia, con las terribles torturas que allí infligen a adúlteros o a las mujeres que han abortado y han muerto impenitentes. (aquí).

El mismo San Ignacio de Loyola, fundador de la Compañía de Jesús, incluye en sus ejercicio espirituales la meditación del Infierno, pidiendo a quienes los hacen que pidan “el interno sentimiento de la pena que padecen los dañados (condenados), para que si del amor eterno del Señor eterno me olvidare por mis faltas, a lo menos el temor de las penas me ayude para no venir (caer) en pecado”. 

Podríamos hacer un Tratado solo con testimonios de santos y beatos que tuvieron ocasión de ver y enfrentarse al Enemigo, dejando pruebas de todo tipo. Pero creo que bastan las enunciadas. 

Finalmente, se mofa de la misma Virgen Santísima, quien hizo ver a los pastorcitos en Fátima el Infierno, niños que frisaban los 10 años de edad, a los que no ahorró esta dolorosísima experiencia, que supuso en sus vidas un cambio radical, santificándolos de golpe de ahí en adelante, queriendo ofrecer sus vidas para salvar almas de semejante tortura (aquí) , como hicieron Lucía y Francisco. 

Hace escasos días el padre Sosa parece haberse desdicho de semejante herejía (aquí). Esperemos que sea sincero y que no actúe como aquellos que dicen una cosa pero piensan lo contrario de lo que dicen… 

Oremos, hermanos, para que el padre Arturo Sosa no caiga víctima de su racionalismo y no se condene. Y no añada a su culpa por herejía la pena del castigo por el escándalo y mal ejemplo que da con estas opiniones opuestas al magisterio de la Iglesia. No vaya a ser, por Dios, esclavo de aquél al que niega personalidad, porque suelen ser los que rechazan la existencia del Demonio los que más caen víctimas de sus garras. Ya lo dijo Baudelaire: «el mayor engaño del diablo es hacernos creer que no existe». No vaya a ser el Prepósito general de los jesuitas una de esas estrellas arrastradas por el viejo Diablo con su cola (Apoc., 12, 4), uno de esos astros negros de fulgor azabache que sirven de escabel al Ángel caído. ¡Que el Señor le reprima, pedimos suplicantes (Zc. 3, 2)¡ 

Virgen Santísima, debeladora de todas las herejías, ¡písale la cabeza a la serpiente antigua! San José bendito, terror de los demonios, ¡aleja a los malos espíritus de nosotros y de nuestras familias!. 

Señor mío y Señor nuestro… liberanos a Malo, Amén.  

Antonio José Sánchez Sáez 

Domingo, 11 de junio, festividad de la Santísima Trinidad 

 

(1)  Catecismo, numeral 2851: “En esta petición, el mal no es una abstracción, sino que designa una persona, Satanás, el Maligno, el ángel que se opone a Dios. El “diablo” [“dia-bolos”] es aquél que “se atraviesa” en el designio de Dios y su obra de salvación cumplida en Cristo.”

(2) Numeral 298.

(3) tres negaciones, no, no, no, frente a las tres afirmaciones de Pedro de Juan 21, 15-17.

(4) Véase el libro del escritor español José María Zavala, Madre Esperanza.

(5)http://es.churchpop.com/2016/06/05/5-santos-que-tuvieron-aterradoras-visiones-del-infierno/

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Antonio José Sánchez Sáez

Católico. Padre de familia. Profesor Titular de Derecho de la Universidad de Sevilla.
antonio.jose@comovaradealmendro.es

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