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MISTERIO DE INIQUIDAD EN FÁTIMA (Parte I)

“20. Entonces se puso a maldecir a las ciudades en las que se habían realizado la mayoría de sus milagros, porque no se habían convertido: 21. «¡Ay de ti, Corazín! ¡Ay de ti, Betsaida! Porque si en Tiro y en Sidón se hubieran hecho los milagros que se han hecho en vosotras, tiempo ha que en sayal y ceniza se habrían convertido. 22. Por eso os digo que el día del Juicio habrá menos rigor para Tiro y Sidón que para vosotras. 23. Y tú, Cafarnaúm, ¿hasta el cielo te vas a encumbrar? ¡Hasta el Infierno te hundirás! Porque si en Sodoma se hubieran hecho los milagros que se han hecho en ti, aún subsistiría el día de hoy. 24. Por eso os digo que el día del Juicio habrá menos rigor para la tierra de Sodoma que para ti.» 25. En aquel tiempo, tomando Jesús la palabra, dijo: «Yo te bendigo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has ocultado estas cosas a sabios e inteligentes, y se las has revelado a pequeños. 26. Sí, Padre, pues tal ha sido tu beneplácito.”
Mateo, 11

PRIMERA PARTE.- LA PRÉDICA.

Estas palabras que cito son de Cristo, recogidas por los evangelistas San Mateo y San Lucas. Un Cristo enérgico, viril, que habla del infierno, que ratifica la historicidad de la destrucción de Sodoma y Gomorra, ciudades reacias a arrepentirse de sus prácticas homosexuales, ciudades por las que Abraham intercedía ante Dios y en las que no fue capaz de hallar ni siquiera diez justos por cuya buena conducta pudieran ser perdonadas. El mismo Cristo, enérgico también, que advierte a los habitantes de Su contemporánea Cafarnaúm por su falta de conversión, “porque si en Sodoma se hubieran hecho los milagros que se han hecho en ti, aún subsistiría el día de hoy”, texto cuya lectura puede actualizarse dirigida a nuestros tiempos y las ciudades de la antigua civilización cristiana, europea y americana,  parafraseando “porque si en Sodoma se hubiera hecho el milagro del sol que se hizo en Fátima, aún subsistiría el día de hoy; por eso os digo que el día del Juicio habrá menos rigor para la tierra de Sodoma que para vosotros”.

En los días precedentes al viaje del “obispo vestido de blanco” a Fátima, algunos como el sacerdote portugués Anselmo Borges, teólogo profesor de la Universidad de Coímbra, ha tenido la osadía, aprovechando la presentación de su libro  “Francisco: desafíos a la Iglesia y al mundo” (http://www.periodistadigital.com/religion/mundo/2017/05/11/anselmo-borges-nuestra-senota-no-se-aparecio-en-fatima-a-los-pastorcillos-iglesia-religion-dios-jesus-papa.shtml),  de negar la historicidad y realidad de unas apariciones aprobadas por la Iglesia, reduciéndolas a meras experiencias subjetivas interiores de los niños, llegando a decir que “una aparición es objetiva  cuando, por ejemplo, estamos hablando con una persona y llega otra, ambos vemos a la tercera persona que llega. Si estuviéramos cuatro o cinco personas, seríamos cuatro o cinco a ver y constatar la llegada objetiva de esa otra persona. Evidentemente, no fue eso lo que sucedió en Fátima, y en este sentido, está claro que Nuestra Señora no se apareció en Fátima a los pastorcillos. Si fuera una aparición, todos los presentes verían y constatarían su presencia, algo que no sucedió ni podía suceder, pues María no tiene un cuerpo físico que pueda mostrarse empíricamente”. Anteriormente, en la misma entrevista, a la pregunta “¿La Virgen se apareció en Fátima? ¿Cree usted en las apariciones de Fátima?”, responde impecablemente que “Fátima no es un dogma de fe. Por lo tanto, se puede ser un buen católico, sin creer en Fátima”, (reduciendo luego los hechos a una mera experiencia subjetiva de los niños inducida por el ambiente religioso de la época). Por ello, no se espera uno hallar en la entrevista ninguna negación de algún dogma de fe, cuando el mismo entrevistado ha establecido como criterio de aceptación y de creencia el dogma de fe; de ahí que sea mayúscula la sorpresa del lector al leer la respuesta del ilustre entrevistado a la pregunta inmediata “¿María, la madre de Jesús, se apareció en Fátima?”, que contesta negando las apariciones “pues María no tiene un cuerpo físico que pueda mostrarse empíricamente”, con lo que a su vez niega el dogma de la asunción de la Virgen María al Cielo en cuerpo y alma, que fue definido ex cathedra por el papa Pio XII el 1 de noviembre de 1950, lo que era creído y defendido desde hacía siglos. Dado que Benedicto XV afirmó en su encíclica “Ad beatissimi apostolorum” (1914) que “la fe católica es de tal índole y naturaleza que nada se le puede añadir ni quitar, o se profesa por entero, o se rechaza por entero”, podemos nosotros decir con el papa que este ilustre entrevistado al negar el dogma de la Asunción, rechaza implícitamente toda la fe católica.

Tan triste ejemplo de apostasía pública y publicada por parte de un sacerdote que, además, tiene cátedra de Teología en una universidad, ha precedido en el tiempo al viaje realizado a Fátima por el “obispo vestido de blanco” (él mismo se autodenominó así), que en su primer discurso por el centenario de las apariciones, dijo (los subrayados son nuestros):

Peregrinos con María… ¿Qué María? ¿Una maestra de vida espiritual, la primera que siguió a Cristo por el «camino estrecho» de la cruz dándonos ejemplo, o más bien una Señora «inalcanzable» y por tanto inimitable? ¿La «Bienaventurada porque ha creído» siempre y en todo momento en la palabra divina (cf. Lc 1,45), o más bien una «santita», a la que se acude para conseguir gracias baratas? ¿La Virgen María del Evangelio, venerada por la Iglesia orante, o más bien una María retratada por sensibilidades subjetivas, como deteniendo el brazo justiciero de Dios listo para castigar: una María mejor que Cristo, considerado como juez implacable; más misericordiosa que el Cordero que se ha inmolado por nosotros?

Cometemos una gran injusticia contra Dios y su gracia cuando afirmamos en primer lugar que los pecados son castigados por su juicio, sin anteponer —como enseña el Evangelio— que son perdonados por su misericordia. Hay que anteponer la misericordia al juicio y, en cualquier caso, el juicio de Dios siempre se realiza a la luz de su misericordia. Por supuesto, la misericordia de Dios no niega la justicia, porque Jesús cargó sobre sí las consecuencias de nuestro pecado junto con su castigo conveniente. Él no negó el pecado, pero pagó por nosotros en la cruz. Y así, por la fe que nos une a la cruz de Cristo, quedamos libres de nuestros pecados; dejemos de lado cualquier clase de miedo y temor, porque eso no es propio de quien se siente amado (cf. 1 Jn 4,18). «Cada vez que miramos a María volvemos a creer en lo revolucionario de la ternura y del cariño. En ella vemos que la humildad y la ternura no son virtudes de los débiles sino de los fuertes, que no necesitan maltratar a otros para sentirse importantes. […] Esta dinámica de justicia y ternura, de contemplar y caminar hacia los demás, es lo que hace de ella un modelo eclesial para la evangelización» (Exhort. Ap. Evangelii gaudium, 288). Que seamos, con María, signo y sacramento de la misericordia de Dios que siempre perdona, perdona todo (http://w2.vatican.va/content/francesco/es/speeches/2017/may/documents/papa-francesco_20170512_benedizione-candele-fatima.html)

Como digo, los subrayados son nuestros, las destacamos porque tales palabras son, las primeras subrayadas, una falsa imputación a Dios de una cualidad negativa que no tiene: Dios es justo, pero no justiciero, (si esta palabra se entiende o toma como sinónimo de arbitrario, vengativo o implacable); y son además, una negación de la verdad bíblica relativa a que Dios acepta la mediación e intercesión de algunas personas predilectas suyas en favor de los pecadores; y las segundas subrayadas, una profesión de fe luterana. Iré por partes.

Conocido es el pasaje aquél en que Abraham intercede ante Dios para que perdone a las ciudades de Sodoma y Gomorra (Gn., 18, 20 – 32), para que no destruya a las ciudades por sus prácticas homosexuales. Abraham interpela a Dios una vez y otra, rogándole que perdone a las ciudades si se encuentran primero, cincuenta justos, luego, cuarenta, luego treinta, y así sucesivamente, en una suerte de regateo con Dios, hasta llegar a sólo diez justos como condición para perdonar a las dos ciudades. Pero no fueron hallados ni siquiera diez, por lo que ambas ciudades fueron destruidas.  

Por tanto, si Dios se dejó interpelar por un hombre justo en favor de unas ciudades pecadoras que merecían el castigo por su conducta abominable,  -y fueron castigadas porque no se halló ningún justo-  ¿por qué ha de extrañar que, habiendo constituido Cristo en la cruz a María como madre e intercesora por todos los cristianos, Ella tenga el poder de intervenir cerca de Dios Padre y cerca de Dios Hijo en favor de una humanidad pecadora? ¿No es acaso Nuestra Señora conocida como la omnipotencia suplicante, según la definieron muchos santos? ¿Acaso no confirmó Ella misma su condición de mediadora universal de todas las gracias en sus apariciones de La Salette, aprobadas por la Iglesia, al decir que “si mi pueblo no quiere someterse, me veré obligada a dejar caer el brazo de mi Hijo; es ya tan fuerte y pesado, que no puedo contenerlo más”?

María no es “mejor que Cristo”, considerado éste como “juez implacable”, cuyo brazo justiciero la Virgen contiene, como si las voluntades de una y otro fueran opuestas. Nunca se ha creído eso en la Iglesia, ni es ese el “sensus fidelium”. La Virgen no es “mejor que Cristo” porque ello es sencillamente imposible. María es, desde luego, la Inmaculada, la concebida sin mancha, jamás cometió pecado alguno al igual que Cristo tampoco, pero Cristo es Dios, y María no. Ella es criatura al igual que nosotros, privilegiada por Dios al exceptuarla del pecado original, pero la diferencia cualitativa y de naturaleza entre uno y otra se ha tenido siempre clara en la Iglesia y por cualquiera que sepa el catecismo.

En segundo lugar, Cristo sí es juez. Esta es la enseñanza de los apóstoles (“Él nos ordenó predicar al pueblo y dar testimonio de que Dios lo ha constituido juez de vivos y muertos”, Hch., 10, 42), y es uno de los artículos de fe confesados en el Credo (“De nuevo vendrá con gloria para juzgar a vivos y muertos”). Pero no es un juez implacable, al contrario, se deja aplacar. Desde el libro del Génesis hasta el Apocalipsis hay multitud de pasajes en que queda claro el atributo de la justicia en relación con Dios, unido a su compasión. Basta citar, por conocido, el episodio aquél en que el profeta Jonás predicó en la ciudad de Nínive, sobre la que pesaba la justa sentencia de condena divina por sus pecados. Pero la ciudad se arrepintió, hizo penitencia, y fue perdonada:

“4. Jonás comenzó a adentrarse en la ciudad, e hizo un día de camino proclamando: «Dentro de cuarenta días Nínive será destruida.» 5. Los ninivitas creyeron en Dios: ordenaron un ayuno y se vistieron de sayal desde el mayor al menor. 6. La palabra llegó hasta el rey de Nínive, que se levantó de su trono, se quitó su manto, se cubrió de sayal y se sentó en la ceniza. 7. Luego mandó pregonar y decir en Nínive: «Por mandato del rey y de sus grandes, que hombres y bestias, ganado mayor y menor, no prueben bocado ni pasten ni beban agua. 8. Que se cubran de sayal y clamen a Dios con fuerza; que cada uno se convierta de su mala conducta y de la violencia que hay en sus manos. 9. ¡Quién sabe! Quizás vuelva Dios y se arrepienta, se vuelva del ardor de su cólera, y no perezcamos.» 10. Vio Dios lo que hacían, cómo se convirtieron de su mala conducta, y se arrepintió Dios del mal que había determinado hacerles, y no lo hizo.”
Jonás, 3

Este pasaje del perdón de Nínive ilustra perfectamente sobre aquello que ha sido omitido por el “obispo vestido de blanco” en su discurso del 12 de mayo. En el libro de Jonás aparece referida la penitencia, la conversión, desde el rey de la ciudad hasta el último de sus súbditos, como requisito necesario para alcanzar la misericordia de Dios. Es falso y es un fraude presentar la misericordia como una suerte de derecho que se tiene.  La misericordia es ineludiblemente obtenida por el arrepentimiento, por la conversión (“Si tu corazón se endurece y te niegas a cambiar, te estás preparando para ti mismo un gran castigo para el día del juicio, cuando Dios se presente como justo Juez. (Carta a los Romanos 2, 5)” . Cierto es que el sacrificio de Cristo en la cruz ha vencido al pecado y a la muerte, y que nos ha abierto las puertas del Cielo, pero ello no es un automatismo que se derive o desprenda de una mera fe intelectual en Cristo, sin ser necesaria la conversión, ni el arrepentimiento. Las primeras palabras de Cristo al inicio de su predicación fueron: “Arrepentíos, porque está cerca el reino de los Cielos” (Mt., 4, 17). Es ya Él mismo Quien habla de arrepentimiento, de conversión, no sólo Sus profetas -también Su precursor San Juan bautista aparece en los Evangelios predicando el arrepentimiento antes que nada- ,  por lo que las palabras “Y así, por la fe que nos une a la cruz de Cristo, quedamos libres de nuestros pecados” son la doctrina errónea y herética de Lutero relativa a que la sola fe justifica los pecados porque Cristo ya pagó por nosotros en la cruz. Para que no se diga que descontextualizo las palabras del “obispo vestido de blanco”, haga el lector el favor de consultar los párrafos completos citados anteriormente y, si quiere, el discurso completo que puede hallar en el enlace indicado en la cita de dichos párrafos. Y contrástelo luego con la enseñanza católica, aquí expuesta.

Se puede añadir, por si cabe duda de que el “obispo vestido de blanco” predicó la doctrina luterana solafideísta en Fátima, que sea tenida en cuenta su -digámoslo así- “debilidad” por Lutero, a quien ha ensalzado de palabra y de obra, principalmente cuando viajó a Suecia el año pasado para conmemorar con los luteranos el quinto centenario de la “reforma” (del cisma, es lo correcto decir), y cuando instaló una imagen suya en el mismo Vaticano, como si fuera un santo al que encomendarse. Sólo faltaría que ya tuviera velitas y exvotos, si es que sigue allí la imagen de Lutero.

Permítame el lector detenerme un poco en este punto del solafideísmo luterano predicado por el “obispo vestido de blanco” en Fátima, y permítame que me adorne usando de cierta ironía. Citemos de frente, en los medios y al natural, leyendo de nuevo la prédica. Dice así:

“Por supuesto, la misericordia de Dios no niega la justicia, porque Jesús cargó sobre sí las consecuencias de nuestro pecado junto con su castigo conveniente. Él no negó el pecado, pero pagó por nosotros en la cruz. Y así, por la fe que nos une a la cruz de Cristo, quedamos libres de nuestros pecados; dejemos de lado cualquier clase de miedo y temor, porque eso no es propio de quien se siente amado

Pregunto: ¿Cree el lector que en la mente de Francisco, “obispo vestido de blanco”, eso que dice es aplicable a cualquier pecado que contravenga la ley de Dios, o sólo a algunos pecados sí y a otros no? Dicho de otra manera, ¿cuál cree el lector que sería la respuesta de Francisco, “obispo vestido de blanco”, si ingenuamente se le pregunta que, “entonces, ¿da igual que un empresario acostumbrado a pagar en negro a sus obreros, acostumbrado a sobornar a los políticos, y acostumbrado a contaminar acuíferos cuando desecha las basuras de sus fábricas, se arrepienta o no se arrepienta de sus pecados para alcanzar a salvación?” Sabemos de sobra que su respuesta será un NO rotundo, pues ha hablado de la necesidad de arrepentimiento -ahí no basta la sola fe- para obtener el perdón de Dios cuando se trata de los pecados relacionados con la corrupción política y económica. Sabemos que ha sido duro, muy duro, en homilías, en discursos, en entrevistas, con los pecados de índole social y económica, con los políticos y empresarios corrompidos. Ahora mismo, a título de ejemplo, puedo mencionar una homilía cuyo recuerdo me viene a la sesera,  en la que se refiriere con dureza a los empresarios avariciosos, y a los políticos sin escrúpulos. Dice que si no se arrepienten acabarán condenándose “y los perros del infierno se beberán su sangre”.  En este enlace puede verse y oírse:

La homilía es en italiano. Esta es la transcripción de los subtítulos que aparecen en el video, por si algún lector no puede verlo:

“Cuando leemos en los periódicos que este es un corrupto, y que este otro también, que ha cometido un acto corrupto, y que la comisión ilegal va de aquí para allá… Y tantas cosas, también de algunos prelados…  Como cristianos nuestro deber es pedir perdón por ellos y pedir que el Señor les dé la gracia de arrepentirse, para que no mueran con el corazón corrupto, porque si no los perros del infierno se beberán su sangre.”

Conste que está muy bien ese fustigamiento de los pecados sociales y económicos, algunos de ellos claman justicia al Cielo: la opresión del pobre, del huérfano y de la viuda, y la defraudación del salario justo debido al trabajador. Estos pecados se cometen abundante y profusamente, es más, el sistema hegemónico favorece su comisión y es deber de la Iglesia denunciar los pecados justo como en esa homilía hace Francisco: advirtiendo del riesgo de condenación, y excitar el celo cristiano para que pidan perdón por esos pecadores e impetren de Dios la gracia de su arrepentimiento. Muy católica esa homilía, inequívocamente católica, pues tras denunciar el pecado, advierte de sus consecuencias sobrenaturales -sin quedarse en las inmanentes, como hace la mayoría de las veces-  , menciona el peligro de condenación recurriendo a imágenes muy expresivas, que parecen haberse fugado de un auto sacramental medieval (“los perros del infierno se beberán su sangre”), y traídas a la homilía para infundir temor de Dios.

 No ha recurrido a una prédica solafideísta, desde luego, respecto de estos pecados socio-económico-políticos. No consuela a los corruptos con que “Él (Cristo) no negó el pecado, pero pagó por nosotros en la cruz. Y así, por la fe que nos une a la cruz de Cristo, quedamos libres de nuestros pecados; dejemos de lado cualquier clase de miedo y temor, porque eso no es propio de quien se siente amado”,  sino que les ha “amenazado”  con el infierno, les ha metido temor respecto de Dios que puede castigarles; lo que demuestra que Francisco, “obispo vestido de blanco”, es “inmisericorde”, “rígido”, “integrista”,  “amargado”, “pepinillo en vinagre” y “cerrado a las sorpresas del Espíritu”  (epítetos que él aplica a los católicos que creen y sostienen la doctrina completa y procuran cumplir los mandamientos) con cierta especie de pecados y muy tranquilizador con otra cierta especie de pecados. Sí, el perspicaz lector lo habrá adivinado: los pecados respecto de los cuales no hay que advertir del riesgo de condenación, ni meter temor de Dios, ni “amenazar” con que “los perros del infierno se beberán su sangre” a los pecadores impenitentes son aquellos de índole sexual, de la fornicación, del adulterio, de las prácticas homosexuales, de la anticoncepción, del aborto. Ya lo dijo en una entrevista con Spadaro, hace cuatro años:

«No podemos seguir insistiendo sólo en cuestiones referentes al aborto, al matrimonio homosexual o al uso de anticonceptivos. Es imposible. Yo no he hablado mucho de estas cuestiones y he recibido reproches por ello. Pero si se habla de estas cosas hay que hacerlo en un contexto. Por lo demás, ya conocemos la opinión de la Iglesia y yo soy hijo de la Iglesia, pero no es necesario estar hablando de estas cosas sin cesar» (fuente: https://w2.vatican.va/content/francesco/es/speeches/2013/september/documents/papa-francesco_20130921_intervista-spadaro.html)

Este pasar de puntillas sobre estos pecados  -algunos de los cuales, como las prácticas homosexuales, y el aborto, también claman justicia al Cielo- , que fueron denunciados por la Virgen María precisamente en Fátima, advirtiendo que son causa de la condenación de la mayoría de las almas, además de dejar a Nuestra Señora en la estacada, obedece a tres razones: primera, fue la misma conclusión a la que llegó Lutero  -el pobre hombre no podía con su flojera de bragueta, ni quiso recurrir a la Virgen María para impetrar la gracia de verse libre de esa esclavitud-  que consideraba invencible la concupiscencia sexual y para librarse de sus escrúpulos de conciencia pergeñó la herejía solafideísta; y segunda, a Francisco, “obispo vestido de blanco”, le complace en realidad predicar sus propias ideas, no la fe católica. Si alguna vez dice algo católico es porque el Espíritu Santo sopla donde quiere y puede impeler a decir la Verdad incluso a todo un Caifás en el momento de convencer a los demás para apresar a Cristo. En cuanto al último argumento que utiliza (“hay que hacerlo en un contexto”, “ya conocemos la opinión de la Iglesia”) puede aplicarse también para dejar de criticar los pecados de los corruptos o guardar un clamoroso silencio, porque respecto de esos temas “ya conocemos la opinión de la Iglesia”: está en la Biblia, y está en muchas encíclicas de papas -también preconciliares- que fustigaron los pecados sociales y económicos.  Ahí está la doctrina sobre el tema, “no es necesario estar hablando de estas cosas sin cesar”.

La tercera razón a la cual obedece que el “obispo vestido de blanco” denuncie sólo los pecados económicos y sociales, y calle sobre los sexuales, estriba no sólo en su ideología, sino también en que quiere agradar al mundo. Es grato al mundo, a los medios de comunicación y a las masas cretinizadas -permítame el lector que tome prestada esta expresión de Juan Manuel de Prada-  el fustigamiento de los pecados económicos y la corrupción de los políticos. De hecho, si hay un tema en relación con el cual no hace tanta falta ponerse estupendo, es precisamente este, pues sale en la prensa todos los días, y todos los días los corruptos reciben andanadas desde babor y desde estribor.  Pero es muy ingrato al mundo y las masas cretinizadas que los pecados sexuales sean fustigados, porque éstos están muchísimo más generalizados que las corrupciones políticas y económicas, ya que el común de la gente no tiene a su alcance hacer circular comisiones ilegales de aquí para allá, ni pagar en negro, ni sobornar políticos; sin embargo, el común de la gente sí tiene a su alcance ponerse pornografía en internet, “tienen sus ojos llenos de adulterio y no se hartan de pecar” (2 Pedro, 2, 14), mirar lascivamente a la vecina o al vecino, según el caso, acostarse con la “follamiga”… Pecados en los que muchos hemos caído. Quien esto escribe también. Y por su generalización unida a su banalización, son causa de la condenación de tantas almas, como dijo Nuestra Señora en Fátima.

Y es precisamente en relación con estos pecados que en  nuestro tiempo se ha alcanzado la mayor de las corrupciones morales, o sea, poner lo bueno por malo y viceversa, al tildar de “matrimonio” la abominación de las prácticas homosexuales, y al tildar de “derecho” el aborto, homicidio de los inocentes, como clamaba Isaías:

“¡Ay de aquellos que llaman bien al mal y mal al bien, que cambian las tinieblas en luz y la luz en tinieblas, que dan lo amargo por dulce y lo dulce por amargo!” (…)  “Así como las llamas queman el rastrojo y como el pasto seco se consume en el fuego, así se pudrirá su raíz y el viento se llevará su flor junto con el polvo. Pues han rechazado la ley de Yavé Sabaot y han despreciado la palabra del Santo de Israel.”
Isaías, 5

Y también estos, sodomitas, fornicarios, abortistas, “que llaman bien al mal y mal al bien”,  si mueren sin arrepentimiento, irán a hacer compañía a los políticos corruptos, “y los perros del infierno se beberán su sangre”.

Rafael de Isaba y Goyeneche 
Escrito
para Como Vara de Almendro

 

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  • Lo mismo que ha dicho unos dias antes del 13 de Mayo bergogliano el diario masonico expañol EL PAIS. El puerco porteño ha ido a poner sus sucias manos luciferinas sobre los niños de Fatima, pero como no sabe lo que es Dios, no puede hacer más que lo que le es permitido, Y LA BORREGADA GOGlioPAPOLATRICA con el usurpante jesuita le jalea y le pide en todo acto y eucaristeta, con razón Dios no nos libra de tal demente impostor romano.

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