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Un Papa “de baja intensidad”, como dictan los tiempos

Visto en Settimo Cielo de Sandro Magister

Los diagnósticos más actualizados del fenómeno religioso en Occidente convergen al definirlo “de baja intensidad”. Líquido, sin dogmas, sin autoridades vinculantes. Muy visible, pero irrelevante en la escena pública.

También el catolicismo está siguiendo este modelo. Y el pontificado de Francisco se adapta espectacularmente a esta nueva fenomenología, tanto en sus éxitos como en sus límites.

Como buen jesuita, Jorge Mario Bergoglio instintivamente favorece los signos de los tiempos. Ni siquiera intenta detener la creciente diversificación existente dentro de la Iglesia. Más bien al contrario, la anima.

No responde a los cardenales que le someten los “dubia” y le piden que clarifique.

Deja que se difundan las opiniones más temerarias, como las del nuevo general de los jesuitas, el venezolano Arturo Sosa Abascal, según el cual no se puede saber qué dijo exactamente Jesús “porque no había grabadoras”.

Y él mismo las dice, sin temor a causar el tambaleo de los artículos fundamentales del Credo.

El pasado 17 de marzo, en una audiencia en el Palacio Apostólico, para explicar qué entiende él por “unidad en la diferencia”, dijo que “también dentro de la Santísima Trinidad todos están peleándose a puerta cerrada, mientras que fuera la imagen es de unidad”.

El 19 de abril, en una audiencia general la plaza de San Pedro, dijo que la muerte de Jesús es un hecho histórico, pero que su resurrección no lo es; es sólo un acto de fe.

El 4 de abril, en una homilía en Santa Marta, dijo que Jesús, en la cruz, “se hizo diablo, serpiente”.

Y estas son sólo las últimas de una serie, no pequeña, de frases osadas que, sin embargo, resbalan como agua sobre el mármol, que no tienen ningún efecto en la pública opinión, católica o no, para la que este Papa sigue siendo popular también porque dice de todo, y con toda tranquilidad.

Luca Diotallevi, uno de los más diligentes sociólogos de la religión, ha individuado diversas similitudes entre el pontificado de Francisco y el fenómeno Donald Trump, entre ellos el común resentimiento contra el establishment.

Quien sufre las consecuencias es la curia romana, sobre todo la congregación para la doctrina de la fe, que actualmente es la sombra de lo que era, cuando vigilaba sobre la más mínima palabra que salía de la pluma o de los labios de un Papa. Francisco la ignora totalmente.

También han desaparecido los episcopados nacionales, empezando por la conferencia episcopal italiana, antes poderosa y ahora aniquilada.

La metamorfosis de este catolicismo “de baja intensidad” es clamorosamente evidente en la escena política. Los Estados Unidos e Italia son dos ejemplos de ello.

En ambos países, los católicos tienen una mayor presencia numérica, también en los vértices del país, respecto al pasado. En los Estados Unidos son católicos el vicepresidente, Mike Pence, y el jefe de estrategia política de Trump, Steve Bannon. Son católicos cinco de los nueve jueces del tribunal supremo, como también el 38 por ciento de los gobernadores. Son católicos el 31,4 por ciento de los miembros del congreso, diez puntos más que los ciudadanos adultos de todo el país.

Sin embargo, a pesar de este fuerte presencia de los católicos en política, los principios irrenunciables de la Iglesia en materia de divorcio, aborto, eutanasia y homosexualidad no inciden con igual fuerza sobre las leyes. Al contrario, cada vez se alejan más.

En Italia pasa lo mismo. Los últimos primeros ministros, desde Mario Monti a Enrico Letta, Matteo Renzi o Paolo Gentiloni, son todos católicos practicantes, como lo es también el actual presidente de la república, Sergio Mattarella. Y son católicos un gran número de los miembros del gobierno y de los diputados de todos los partidos.

Pero la influencia de la Iglesia en campo político actualmente es casi nula, como demuestran las leyes sobre las uniones homosexuales y el final de la vida.

Hace tiempo que no existe un “catolicismo político” del nivel de un don Sturzo o un De Gasperi. Pero también hay un Papa cuya voluntad deliberada es evitar que él o la Iglesia se impliquen en compromisos de alta intensidad sobre cuestiones políticas que dividen las conciencias. Y también por esto es tan popular.

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En la foto,  la primera persona a la derecha es la teóloga argentina Emilce Cuda, docente en la Pontificia Universidad Católica de Buenos Aires, muy cercana al arzobispo Víctor Manuel Fernández, rector de la misma universidad y escuchado consejero y escritor fantasma del Papa Francisco.

Ha sido ella la que ha referido las palabras del Papa acerca de la Santísima Trinidad, dentro de la cual “todos están peleándose a puerta cerrada, mientras que fuera la imagen es de unidad”, pronunciadas el 17 de marzo durante una audiencia en el Catholic Theological Ethics in The World Church, del que forma parte, y que hizo públicas el vaticanista inglés Austen Ivereigh, biógrafo de confianza de Jorge Mario Bergoglio.

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Para la categoría de “low-intensity religion”, religión de baja intensidad, aplicada a las nuevas formas del fenómeno religioso, leer los ensayos de  Bryan S. Turner, “Religion and Modern Society“, Cambridge University Press, 2011, y de Luca Diotallevi: “Fine corsa. La crisi del cristianesimo come religione confessionale“, Edizioni Dehoniane, Bologna, 2017; este último incluye un capítulo sobre  “Il cattolicesimo italiano al tempo di Francesco”.

Esta nota ha sido publicada en “L’Espresso” n. 17 del 2017, en los kioscos el 30 de abril, en la página de opinión titulada “Settimo Cielo” confiada a Sandro Magister.

Artículo original: http://magister.blogautore.espresso.repubblica.it/2017/04/30/un-papa-a-bassa-intensita-come-i-tempi-comandano/

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  • A decir verdad -que es lo mismo que decir, “aquí y ahora”, en mi opinión-, teológicamente hablando no alcanzo a aprehender qué pudo haber querido significar el papa Francisco con esa expresión suya de “las tres personas de la Santísima Trinidad en realidad se pelean de ‘puertas adentro’, aunque ‘hacia afuera’ den una imagen de unidad, fraternidad”. Porque hasta el mismísimo Leonardo Boff, teólogo mundano, heterodoxo y diletante donde los haya, nada sospechoso, así pues, de rectitud doctrinal, publicó hace algunos lustros un ensayo con el nada despreciable título de “Santísima Trinidad, la mejor comunidad”.

    Es como si esas palabras de Jorge Mario Bergoglio no fuesen más que una gracia, una broma, un juego verbal, un chiste, un querer hacer prosaico y así por tanto asequible a las mayorías el comúnmente abstruso registro de la teología, solo que hacer bromas y juegos verbales lúdicos o graciosos con las cosas santas de Dios, ¿cómo puede ser esto, y nada menos que por parte de quien está sentado en la Cátedra de Pedro? O dicho de otro modo: para volver más “dijerible por comprensible” una verdad teológica que se supone difícil de entender por la generalidad de los fieles católicos, que no son teólogos, ¿hace falta recurrir a expresiones que parecen entre groseras y heterodoxas?

    Es que, desde luego, se dice y no se cree lo que está pasando en esta Iglesia demolida y corrompida por la más demoniaca de las apostasías; vamos, no en balde asediada, demolida y despellejada viva por la Gran Apostasía profetizada.

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