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ECCE HOMO (He aquí al Hombre)

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1 ¿Quién dio crédito a nuestra noticia? Y el brazo de Yahveh ¿a quién se le reveló? 2 Creció como un retoño delante de él, como raíz de tierra árida. No tenía apariencia ni presencia; (le vimos) y no tenía aspecto que pudiésemos estimar. 3 Despreciable y desecho de hombres, varón de dolores y sabedor de dolencias, como uno ante quien se oculta el rostro, despreciable, y no le tuvimos en cuenta. 4 ¡Y con todo eran nuestras dolencias las que él llevaba y nuestros dolores los que soportaba! Nosotros le tuvimos por azotado, herido de Dios y humillado. 5 El ha sido herido por nuestras rebeldías, molido por nuestras culpas. El soportó el castigo que nos trae la paz, y con sus cardenales hemos sido curados. 6 Todos nosotros como ovejas erramos, cada uno marchó por su camino, y Yahveh descargó sobre él la culpa de todos nosotros. 7 Fue oprimido, y él se humilló y no abrió la boca. Como un cordero al degüello era llevado, y como oveja que ante los que la trasquilan está muda, tampoco él abrió la boca. 8 Tras arresto y juicio fue arrebatado, y de sus contemporáneos, ¿quién se preocupa? Fue arrancado de la tierra de los vivos; por las rebeldías de su pueblo ha sido herido; 9 y se puso su sepultura entre los malvados y con los ricos su tumba, por más que no hizo atropello ni hubo engaño en su boca. 10 Mas plugo a Yahveh quebrantarle con dolencias. Si se da a sí mismo en expiación, verá descendencia, alargará sus días, y lo que plazca a Yahveh se cumplirá por su mano. 11 Por las fatigas de su alma, verá luz, se saciará. Por su conocimiento justificará mi Siervo a muchos y las culpas de ellos él soportará. 12 Por eso le daré su parte entre los grandes y con poderosos repartirá despojos, ya que indefenso se entregó a la muerte y con los rebeldes fue contado, cuando él llevó el pecado de muchos, e intercedió por los rebeldes. (Is. 53)

“He aquí al Hombre”, Ecce Homo, son las palabras que pronuncia Pilatos cuando hace salir a Cristo al Balcón del Pretorio, azotado, coronado de espinas y cubierto con el manto escarlata que a modo de burla le ponen los soldados romanos… Vemos a Cristo, el Hijo unigénito de Dios Padre, Dios Él mismo, Segunda persona de la Santísima Trinidad, que vino al mundo encarnado en las entrañas purísimas de la Virgen María, abandonado y maltratado por todos, torturado por mano de los gentiles, por instigación de los suyos, los judíos. Despreciable y desecho de hombres, varón de dolores y sabedor de dolencias, como uno ante quien se oculta el rostro, despreciable, y no le tuvimos en cuenta (Is., 53, 3).

Podemos hacernos una idea de la apariencia este vir dolorum, de Cristo, en ese momento supremo en que se presenta al mundo: bañado en sangre, encorvado por el peso de los terribles azotes romanos (el flagrum de tres puntas de plomo), con la carne desgarrada por todo su cuerpo, de frente y de espaldas, los hilos de sangre corriendo también por su rostro por las heridas causadas en su cabeza por las púas. Lejos queda aquélla su primera presentación ante el mundo, en el Templo, a los 40 días de su nacimiento, en manos de Simeón, con su cuerpo desnudo, momento en que el anciano y Hannah profetizan que éste es el Mesías, el Salvador (Jesús) de las Naciones y gloria de Israel:

29 «Ahora, Señor, puedes, según tu palabra, dejar que tu siervo se vaya en paz; 30 porque han visto mis ojos tu salvación, 31 la que has preparado a la vista de todos los pueblos, 32 luz para iluminar a los gentiles y gloria de tu pueblo Israel.» (Lc. 2, 29-32)

Cristo, que nació en el pleno rechazo de todos (nadie le dio posada a su Madre ni a su esposo San José) está a punto de ser sacrificado por todos.
Siempre me ha conmovido esta imagen de nuestro Señor, con toda su dignidad, siendo objeto del escarnio de los de su misma raza. Hay un profundo misterio en ella. Si en Adán todos pecamos, porque todos los hombres estábamos, in fieri, dentro de su cuerpo, también por un solo hombre, por el Hombre, el Hijo del Hombre, todos recibimos la gracia, la oferta de la salvación (Rom, 5, 15). Pero a pesar de su apariencia risible y miserable, el misterio de Cristo se hace patente: en la burla los romanos y los judíos no pudieron evitar que apareciera ante todos como el Rey que era: con el manto de púrpura (el color de los reyes, en el Antiguo Testamento, Esther 8, 1, 5; Jueces 8,26), con la corona de su reyecía, aunque corona de sangre, con la caña en la mano, a modo de cetro real. Su Reino no es aún de este mundo, pero lo será, cuando venga en su Parusía. Ahora, por el momento, parece un gusano machacado, de imagen tan vil que la gente gira el rostro para no verlo (“Y yo, gusano, que no hombre, vergüenza del vulgo, asco del pueblo, todos los que me ven de mí se mofan, tuercen los labios, menean la cabeza”, Salmos 22, 6-7).

He aquí al Hombre. En Él se ve el Hombre en su naturaleza inclinada hacia el pecado, en sus heridas y llaga se ve la triste condición del hombre herida por el pecado original (amartia). Pero también en Cristo se resumen todos los justos desde Abel hasta el último hombre en el fin de los tiempos, los que han padecido bajo el poder y la maldad de los injustos que, desde Caín hasta último malvado habitarán sobre este segundo mundo (el inaugurado con el Diluvio, que acabará por el fuego, antes de la Parusía). En el huerto de los Olivos Cristo recibe sobre sí el peso de todos los pecados de la humanidad, desde Abel hasta la segunda Venida), y recibe en su cuerpo todo el daño del mal, al que no conoció pecado, le hizo pecado por nosotros, para que fuéramos hechos justicia de Dios en Él (2 Cor. 5, 21). El cordero inmaculado que se inmola por nosotros, para pagar el precio de nuestra desobediencia ante el Padre.
En Cristo vemos a Abel asesinado por su hermano Caín; vemos a Noé, haciendo de carpintero, como Cristo, recibiendo las burlas de sus contemporáneos cuando construía con madera el arca de salvación, prefiguración la Cruz del Calvario; vemos al santo Melquisedec, en un mundo corrupto, ofreciendo al Padre el sacrificio del pan y del vino; vemos a Lot, perseguido por los pecadores de Sodoma; en Cristo vemos a Abrán, errante; le vemos negociando con Dios para que perdone al mundo, porque no hay ni un solo justo que compense el mal, salvo Cristo mismo; vemos a Jacob, perseguido por Esaú; vemos a Isaac, cargando con la madera de su inmolación, subiendo al monte Moriah, ahora el Calvario; vemos al cordero inmaculado al que Abrán sacrifica finalmente, porque aún no había llegado la hora de sacrificar al Hijo de Dios; en Cristo vemos a José, vendido por sus hermanos, como Judas vende a Cristo; vemos a José, en Egipto, como a Cristo; le vemos salvar el mundo, como José salvó Egipto (a José le llamaron los egipcios Zafnat Paneaj, el Salvador, como Cristo, Jeoshua); vemos en Cristo a Moisés, salvado en su infancia de la muerte de los infantes judíos decretada por el Faraón, como Cristo lo fue de la muerte decretada por Herodes; vemos en Él los corderos sacrificados ante la última plaga de Egipto, cuya sangre pascual en los dinteles y jambas de las puertas representa la sangre en la cruz, que nos ofreció la salvación a todos; vemos en Él la santa ira de Gedeón destruyendo los ídolos de Baal, como Cristo destruyó la idolatría del dinero de los cambistas en el Templo; vemos a la hija de Jefté, sacrificada por una promesa, tan dolorosa, de su padre; vemos a Sansón sacrificándose y aplastando el mal en su muerte; vemos a Samuel corrigiendo a los sacerdotes corruptos y gimiendo por ellos; vemos a Saúl, luchando contra los filisteos; vemos, en fin, al Rey David, pequeño y humilde, derrotando a Goliath, la prefiguración del Demonio, con las 5 piedras del rosario, la honda con la que los católicos derrotamos una y otra vez al maligno; vemos también a David, perseguido por Saúl; vemos a Absalón, llorado por su padre David, sacrificado en un árbol, del que pendía; vemos la prudencia de Salomón; vemos a todos los profetas (Isaías, Ezequías, Elías, Eliseo, Jeremías, Daniel…) maltratados y asesinados por el pueblo israelita infiel; le vemos asesinado injustamente como a Nabot; le vimos en aquel cuarto hombre que misteriosamente no ardía en el horno de fuego de Sidrac, Misac y Abdénago); le vimos como a Esther, mediando por su pueblo; como a Jonás, predicando la conversión y tragado por la ballena durante tres días; le vemos como al Jordán, limpiando las heridas de Naamán, el pecado del hombre…
He aquí al Hombre, he aquí al Hijo del Hombre, en todo igual al hombre menos en el pecado, vemos la sustancia divina del hombre, su alma, opacada ante su pecado al igual que la naturaleza divina de Cristo aparecía oculta ante su apariencia de hombre miserable y torturado.
Tengamos, pues, hermanos, bien presente esta enseñanza misteriosa: nosotros somos ese hombre al que los israelitas, poseídos por el Demonio, gritaban “Crucifícalo”, porque el Demonio quiere siempre el asesinato del hombre, la criatura tan débil y amada de Dios. Quiere nuestra condenación y nuestra perdición. Pero consolémonos con esta idea: Cristo, encarnándose en María la Virgen, adoptando nuestra naturaleza humana, padeciendo y resucitando, restauró nuestra naturaleza pecadora y la elevó a la gracia del Padre para que, con ella y nuestros esfuerzos, podamos ser salvos, por su infinita misericordia. No desprecies, pues, hermano, el sacrificio y la pasión de Jesús por ti. No pisotees su sangre sagrada, que derramó por tus pecados y los míos, no colaboremos con el Demonio en la destrucción del hombre y de la obra redentora del Hijo del Hombre. Antes bien, vístete de traje de fiesta y conserva su gracia, para que, cuando llegue, pronto, puedas levantar tu cabeza y rezar “bendito el que viene en el nombre del Señor”.
He aquí al Hombre.

Antonio José Sánchez Sáez
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Antonio José Sánchez Sáez

Católico. Padre de familia. Profesor Titular de Derecho de la Universidad de Sevilla.
antonio.jose@comovaradealmendro.es

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1 Comment

  • Esta excelente contemplación y oración es muy inspirada, salida de un alma verdaderamente movida por amor de Dios, dijo todo que de mi parte no expresaría ni mejor ni más completo! Jesus! No bajes de la Cruz! Nos quedamos Contigo! Yo también… Gracias Montse.

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