No hay Resurrección sin la Cruz

Queridos Hermanos:

En este segundo Domingo de Cuaresma en el que el Evangelio de San Mateo, nos presenta la Transfiguración del Señor, podemos decir que cada uno de nosotros ha recibido una llamada que si somos obedientes a la Voz del Señor, nos llevará también un día a ser transfigurados.

En la primera lectura del libro del Génesis, vemos la llamada (vocación) de Abrán, a salir de su tierra para ir al encuentro de una Tierra que le ofrece el Señor. En este momento vemos que en el texto bíblico todavía no ha recibido el nombre nuevo: Abraham.

Abrán confía en Dios, sin saber a dónde irá, cree y se pone en camino.  Nuestra propia vida es un peregrinar desde el mismo momento en que nacemos.  Podemos mirar hacia atrás y recordar acontecimientos alegres y dolorosos, pero siempre que miramos hacia el futuro, nos encontramos antes el Misterio de Dios. No sabemos que pasará en unas horas, en día, en una semana. Podemos proyectar, soñar, pero nuestro futuro depende de Dios. Nuestra vida es peregrinación en esta vida, hacia la verdadera vida que es la eternidad.

Nuestra vida está marcada por el sufrimiento. Cada persona en la vida lleva tantos dolores, cada uno diferente. En unos falta de trabajo, salud, soledad, incomprensiones en la familia…

Pero nos dice hoy San Pablo en la segunda lectura, que debemos sufrir con la fuerza de Dios por el Evangelio. El mensaje maravilloso  de esta lectura, es que hemos recibido una vocación santa que ha sido un proyecto de Dios para nosotros, desde antes de la creación del mundo.

El relato de la Transfiguración del Señor, lo encontramos en los tres Evangelios sinópticos, esto quiere decir, que fue una experiencia tan importante para los apóstoles, que viene narrada por los tres evangelistas.

Comienza diciendo hoy San Mateo:

Seis días después…

Tiene sentido esta frase si nos vamos a mirar los versículos precedentes en los que el Señor Jesús está instruyendo a sus discípulos, sobre las condiciones del seguimiento: Negarse a sí mismo y tomar la cruz de cada día. Ahí está la unión entre cruz y transfiguración que será un adelanto de la resurrección.

Jesús tiene doce apóstoles pero toma consigo sólo a tres: Pedro, Santiago y Juan.  Estos tres apóstoles, pertenecen a los cuatro primeros llamados por el Señor. Están también siempre encabezando la lista de los doce.

Fueron escogidos por el Señor para presenciar la resurrección de la hija de Jairo. Y en un momento de mucha tristeza y angustia del Señor, también quiso que estuvieran con Él, en el Huerto de los Olivos. Pensando en este pasaje del Jueves Santo, creo que el Señor primero les permitió vivir ese momento de Cielo en el Monte Tabor para que pudieran al menos resistir en ese momento tan doloroso de ver a Jesús tan angustiado.

Los llevó aparte en un monte alto: El monte en la Biblia siempre es un lugar privilegiado para las Teofanías, es decir, para las manifestaciones de Dios. Recordemos por ejemplo el Monte Sinaí, el Horeb.

La tradición siempre nos ha dicho que ese monte es el Tabor, que se encuentra a unas tres horas de camino de Nazaret y desde donde se divisa la hermosa llanura del Esdrelón. Pero los evangelios no nos dicen el nombre del monte. Creo que así deja abierto el evangelista el que podamos pensar al monte como todo lugar alto para que Dios se manifieste.  Al final del evangelio en Mateo 28, 16, Jesús encontrará a sus  discípulos ya resucitado para encargarles la misión de ir a bautizar en su nombre a todos los pueblos,

Se transfiguró delante de ellos: Los hizo partícipes y eso me hace pensar que a nosotros aunque aún estemos en este cuerpo mortal, el Señor nos puede hacer ver tantas cosas. Pienso a los momentos intensos de oración en los que hemos entendido con tanta claridad muchas cosas.

El rostro del Señor se puso brillante como el sol. Nosotros no somos capaces de resistir sin quedar ciegos, la potente luz del sol. Sabemos como es de alta la velocidad de la luz y lo lejos que está el sol de nuestro planeta. Me quedo pensando en los discípulos que estaban ahí tan cerca viendo al Señor. Cuando estemos en el Cielo no necesitaremos de luz de lámpara ni de sol porque Él será nuestra eterna luz con su precioso Rostro.

Cuando Moisés bajaba del monte Sinaí después de hablar con el Señor, el pueblo lo veía con el rostro resplandeciente. También el libro de Daniel, nos dice que los justos brillarán como las estrellas por toda la eternidad.

Moisés y Elías que aparecen junto a Jesús, nos recuerdan la Ley y los profetas. Moisés como legislador y Elías como el profeta más grande del Antiguo Testamento y que según las profecías, debía venir como precursor antes de la llegada del Mesías. Nos dice la Palabra de hoy Moisés y Elías, conversaban con Jesús.  Ellos también hablaban con Dios en el Antiguo Testamento.

Pedro se siente muy bien en aquel lugar y propone hacer tres tiendas. Interesante ver que no obtiene ninguna respuesta pues el Señor les hace entender, al igual que a nosotros que la experiencia cristiana no es sólo gozar de los consuelos de Dios que nos vienen a veces en la oración sino que debemos vivir la realidad del sufrimiento en esta vida con su cruz, antes de la resurrección. Antes del Tabor, debemos subir al Gólgota. Por eso luego bajan de la montaña.

La nube que los cubre nos recuerda la nube que se posaba sobre la Tienda del Encuentro donde estaba la presencia del Señor en el Exodo.

La voz del Padre nos invita a reconocer en Jesús, el Hijo Único y predilecto de Dios en quien se complace y al que debemos escuchar.  Este es el corazón del evangelio de hoy.  Son las mismas palabras que se escucharon cuando se rasgaron los cielos, el día del Bautismo del Señor.

Hermanos que en esta cuaresma de manera especial escuchemos la voz del Señor en la meditación de la Palabra de Dios.

Caigamos rostro en tierra en adoración al Señor Jesús ante la majestad de su divinidad y dejemos que sea el Señor con su voz que nos invite a no tener miedo aunque caminemos sin verlo. Ya llegará el momento en el que lo veremos y lo conoceremos como Él nos conoce a nosotros.

Padre Elías

 

 

 

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Padre Elías

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