No se puede cambiar ni una iota a la ley de Dios

En este VI Domingo del tiempo ordinario, nos encontramos con parte del sermón de la Montaña. Hoy el Señor Jesús nos habla de las leyes de Dios y que ninguno de nosotros tenemos el poder de cambiarlas.

En la primera lectura del Libro del Eclesiástico, vemos como Dios no nos obliga a cumplir los mandamientos, porque tiene una grande respeto por nuestra libertad, pero también nos advierte de lo que nos sucede, si los cumplimos o no. Tenemos delante de nosotros, el fuego y el agua. Si metemos la mano en el fuego nos quemamos y si la metemos en el agua, podemos tomarla para calmar nuestro sed.  Es decisión nuestra. Delante de nosotros está la vida y la muerte. No la muerte física porque por esa debemos pasar todos, sino por la muerte espiritual cuando no tenemos la vida de Dios.  Cumpliendo los mandamientos tenemos vida, alegría, paz, y sobre todo vida eterna. Si no los cumplimos, experimentamos la muerte aun viviendo, la tristeza, la oscuridad.

Como en el salmo pidamos al Señor que nos enseñe el camino de sus decretos y la inteligencia para conservar sus leyes, para observarlas con todo nuestro corazón.

En la segunda lectura de san Pablo a los Corintios, se nos habla de la sabiduría pero no la de este mundo sino la que viene de Dios.  La sabiduría del mundo no sirve para nada y los que se jactan de ella terminan en nada.  La sabiduría de Dios es misteriosa y escondida. Por eso nos debemos esconder en el corazón de Dios, en el costado abierto de Cristo, como la paloma en la hendiduras de la roca del Cantar de los Cantares.  En la intimidad del encuentro de oración con el Señor. Qué alegría saber que nuestros ojos no han visto, ni nuestros oídos han oído, lo que el Señor tiene preparado para los que lo amamos.  Cuando estaremos en su presencia para siempre, lo conoceremos como él nos conoces nosotros. Esto es maravilloso hermanos. Sólo pensemos que dos personas que han compartido toda la vida juntos y se conocen sus defectos y virtudes, siempre uno será un misterio para el otro porque hay una parte en lo más íntimo del otro, donde no podemos entrar. Con Dios será diferente, seremos unidos totalmente a Él.

Hoy mucha gente se hace un dios a su medida y de la religión escoge solo lo que más le gusta y hace un sincretismo de todo. De Jesús tenemos una imagen solo de amor, de ternura, de comprensión. Pero hoy el Señor nos deja claro que es más exigente de lo que nosotros pensamos.

Muchos quieren cancelar todos los preceptos del Antiguo Testamento y pretender decir que Jesús no se parece nada al Padre Dios que es justiciero.  Jesús nos dice que no vino a abolir la ley sino a darle cumplimiento. Ni una iota de la ley se puede cambiar. La iota es la letra más pequeña del alfabeto griego, es decir, que ni el más mínimo precepto se puede cambiar. ¡¡¡ Ay de los que lo hagan!!!

Jesús es más exigente aún. Si antes se decía que no se podía cometer adulterio, ahora el Señor nos dice que no se puede mirar a la mujer con deseo porque ya se cometió adulterio en el corazón.  Muchos podían pensar que si no se cometía adulterio con un acto concreto, mirar era posible y tenemos pensamientos impuros no era un pecado.  Jesús nos dice que no sólo se mata quitando la vida a otro, sino cuando se maltrata al hermano aunque sea con palabras.

Sobre el adulterio que hoy parece que esa palabra la quieren hacer desaparecer del léxico de la Iglesia, hablando mejor de situaciones irregulares, -y cuando ya no se dice asesinato de niños, aborto, sino interrupción del embarazo- Jesús es claro, es un pecado y nadie lo puede cambiar.

Es verdad que el Señor perdonó a la mujer adúltera, pero no podemos cortar el Evangelio , porque es claro que Jesús le dice: “Yo tampoco te condeno, vete y NO PEQUES MAS”.  Si no le hubiera dicho lo último, podríamos interpretar que se puede pecar siempre y siempre seremos perdonados.

No tiene sentido darnos el signo de la paz con la persona del lado porque no la conocemos o porque no nos ha ofendido, si no somos capaces de hacer la paz y la reconciliación con el que nos ha hecho daño o le hemos hecho daño. Seamos humildes para pedir perdón y para darlo.

Qué nuestras palabras sean siempre: Sí,Sí, No, No, lo demás viene del demonio.  La doctrina es clara, no podemos ser ambiguos.

Padre Elías

 

 

 

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Padre Elías

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