Velad, esperando la Venida del Señor

Queridos Hermanos:

Con gran gozo e ilusión comenzamos este nuevo Año Litúrgico del Ciclo A, con el I Domingo de Adviento.

En este tiempo nos preparamos para la Venida del Señor, no solo recordando el grande Misterio de la Encarnación, cuando el Verbo de Dios puso su tienda en medio de nosotros, sino que nuestro corazón se prepara para la Segunda Venida del Señor en la Parusía.

Hoy en Carta a los Romanos, se nos invita a tener en cuenta el momento que vivimos y a espabilarnos del sueño. Los días van pasando y no nos damos cuenta, la vida se nos enreda en tantas cosas y vamos descuidando el encuentro personal con el Señor a través de la oración y la escucha atenta de su Palabra.

“La salvación está más cerca de nosotros que cuando abrazamos la fe”. Estas palabras nos tienen que acelerar los latidos de nuestro corazón, sintiendo que en medio de tanto dolor y sufrimiento, cada día nos vamos acercando más al encuentro definitivo con el Señor.

Pero para ese encuentro nos tenemos que preparar despojándonos de las obras de las tinieblas, es decir, del pecado, y revistiéndonos de las armas de la luz.  Esas armas nos las ofrece la Iglesia que como madre nos cuida. Esas armas, son los sacramentos que nos ayudan en el camino de la fe.

“Vivamos con decoro, como en pleno día”. Todo un día se descubrirá, porque no hay nada oculto entre cielo y tierra.  Cuando hacemos la voluntad de Dios no tenemos nada que esconder. En este memento reflexiona si estás viviendo alguna situación en tu vida, que la tienes oculta a los ojos de los demás.  Cuando te tienes que esconder para hacer algo, es porque no estás haciendo la voluntad de Dios.  El pecado no resiste la luz de la Verdad. Nos tenemos que revestir del Señor mismo, tenemos que ser como nos dice San Pablo, el buen olor de Cristo.

En el Evangelio de hoy, el Señor nos pone en guardia para estar atentos al día de su venida. Será en cualquier momento y cuando menos lo estemos esperando.  Será como un ladrón en la noche.

Han pasado los siglos, pero el mundo sigue repitiendo muchas cosas en su cotidianidad.  Se come, se bebe, se duerme, se trabaja…  Los tiempos de Noé son como los de hoy, por eso tenemos que estar atentos, porque así como a ellos les llegó el diluvio, a nosotros también nos puede cambiar la vida en un momento.

Pensemos por ejemplo que hoy estamos bien  pero un día vamos al médico y nos dice que tenemos una grave enfermedad.  Todo puede cambiar en un minuto.

El Evangelista Mateo nos cuenta que dos hombres pueden estar haciendo el mismo trabajo pero cada uno tendrá un final diferente. Lo mismo pasa con las mujeres, una será tomada y la otra dejada. Esto me hace pensar a los dos ladrones junto a Jesús en la Cruz.  Uno salvado y el otro no.  Aquí entra en arrepentimiento pero no significa que lo debemos dejar para el último momento.  Debemos vivir ya haciendo la voluntad del Señor.

Que en este tiempo de Adviento, nos preparamos de corazón para el encuentro con el Señor.

Dios los bendiga siempre.

Padre Elías

 

 

 

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Padre Elías

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